Por: Ricardo Abud
Domingo. Las calles parecen moverse con una alegría distinta, los teléfonos se llenan de mensajes, las mesas familiares se preparan para las fotografías y las palabras “feliz día” aparecen repetidas una y otra vez. Sin embargo, para quienes han perdido a una madre, la fecha no siempre llega como celebración. A veces llega como un silencio pesado. Como un recuerdo que no necesita invitación porque jamás se ha ido.
Intentar vivir este día como cualquier otro resulta imposible. La memoria tiene sus propios calendarios y el corazón reconoce fechas que la razón quisiera ignorar. No se trata únicamente de recordar a una madre durante una jornada especial; la verdadera ausencia funciona de otra manera. Una madre no aparece solamente en un pensamiento aislado de mayo. Vive en los hábitos, en ciertas palabras aprendidas, en la forma de mirar el mundo, en el sonido de una carcajada que sigue viajando por la memoria incluso después de muchos años.
Quien ha amado profundamente a su madre entiende que el duelo no desaparece. Cambia de forma. Se vuelve más silencioso, más íntimo, menos visible para los demás. Existen días en que la vida avanza con normalidad y otros en que una canción, un aroma o una fotografía abren de golpe una puerta hacia el pasado. Entonces regresa la necesidad de escuchar nuevamente aquella voz que sabía calmar el miedo, ordenar el caos y convertir los momentos simples en refugios eternos.
Muchas personas creen que el dolor siempre se expresa con lágrimas. No siempre ocurre así. También existe tristeza en el esfuerzo de mantenerse fuerte. En el intento de sonreír para no caer en la oscuridad. En escuchar una risa guardada en la memoria para evitar que la nostalgia termine convirtiéndose en depresión. Porque recordar a una madre no significa únicamente sufrir su ausencia; significa también proteger lo más hermoso que dejó: la capacidad de seguir viviendo.
La figura materna ocupa un lugar imposible de reemplazar. Ningún afecto reproduce exactamente la ternura de unas manos que cuidaron sin descanso ni la forma en que una madre podía entender silencios que nadie más comprendía. Por eso, cuando ya no está físicamente, la vida aprende a convivir con una especie de vacío lleno de presencia. Parece contradictorio, pero así funciona el amor verdadero: alguien puede partir y aun así continuar habitando cada rincón del alma.
Detrás de cada hijo que extraña profundamente a su madre existe una conversación inconclusa. Palabras que quedaron pendientes. Abrazos que habrían querido durar un poco más. Preguntas que ya nunca tendrán respuesta. Pero también existe gratitud. Gratitud por haber conocido un amor que no necesitaba perfección para ser inmenso. Gratitud por las enseñanzas sencillas que terminaron sosteniendo la vida entera.
Quizás por eso el verdadero homenaje no consiste solamente en llorar. También consiste en seguir adelante sin olvidar. En conservar viva la risa que todavía acompaña desde la memoria. En hablar de ella con amor y no únicamente con tristeza. Porque algunas personas no desaparecen nunca del todo. Se transforman en una presencia invisible que acompaña cada paso, cada caída y cada momento importante.
Las madres que ya partieron siguen viviendo en la forma en que sus hijos aman, resisten y recuerdan. Ninguna distancia puede borrar aquello que fue sembrado desde el corazón.
A mi amada mamá Aura
Tu nombre todavía enciende la casa
aunque el tiempo haya cerrado puertas
y el calendario insista en avanzar
como si la ausencia pudiera acostumbrarse.
Todavía escucho tu risa
rompiendo la tristeza de los días grises,
como una luz pequeña
negándose a morir dentro del pecho.
No fuiste solamente madre.
Fuiste refugio,
la voz que calmaba tormentas
cuando el mundo parecía derrumbarse.
A veces la memoria duele,
pero también salva.
Porque en medio del silencio
aparece tu recuerdo tomándome de la mano.
Muchos hablan del tiempo como remedio,
pero el amor verdadero no se cura.
Aprende a vivir distinto,
aprende a respirar entre nostalgias.
Hoy no quiero buscarte en la tristeza.
Prefiero encontrarte en las cosas simples:
en una canción,
en una tarde tranquila,
en el eco eterno de tu ternura.
Aura…
amada mamá,
ninguna despedida pudo borrarte.
Sigues aquí,
en cada latido que aún pronuncia tu nombre
como quien pronuncia un hogar.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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