Mi diario hoy


MoscĂș, domingo 8 de marzo de 2026

Querido diario,

Hoy me levanté antes de que el sol terminara de asomarse por encima de los tejados. El aire estaba frío, como siempre en marzo, pero había algo en él ,una cierta electricidad, un perfume colectivo de anticipación, que hacía que el frío no importarå tanto. Salí corriendo a buscar un ramo de flores para mi amada Natasha. Los tulipanes amarillas y los claveles rojos estaban en cada esquina, en manos de vendedores que habían madrugado tanto como yo. Elegí los mås bonitos, los envolví con cuidado, y mientras caminaba de regreso a casa, me puse a pensar en lo profundo que es este día aquí, en estas tierras que una vez fueron la URSS.

Porque el 8 de marzo no es aquí un simple recordatorio en el calendario. Es algo que se lleva en los huesos, algo que viene de muy lejos, de décadas en las que este día tenía un peso político, social y emocional que el mundo occidental difícilmente llegó a comprender del todo.

En la Unión Soviética, el Día Internacional de la Mujer era una celebración de Estado, sí, pero también era algo mucho mås íntimo y humano. La Union Soviética lo adoptó con fervor desde los primeros años de la revolución, pues el 8 de marzo tenía ya una historia de lucha obrera y feminista que encajaba perfectamente con la retórica marxista-leninista de la igualdad entre hombres y mujeres. Se decía ,y se proclamaba en cada discurso oficial, que la mujer soviética era libre, igual al hombre, compañera en la construcción del socialismo. Y aunque la realidad era, como siempre, mås compleja y mås dura, el día en sí se convirtió en algo genuinamente querido por la gente.

Desde la mañana temprana, las fåbricas, las oficinas y las escuelas se transforman. Los hombres ,los maridos, los hijos, los compañeros de trabajo, llegaban con flores. Siempre flores. El clavel era el símbolo por excelencia, pero también el mimosa, esa plantita amarilla y delicada que florecía justo en esta época y que se convirtió en el emblema mås tierno del día. Las calles se llenaban de hombres cargando ramos, un poco torpes, un poco orgullosos, como si llevar flores fuera el acto mås revolucionario y mås sencillo del mundo al mismo tiempo.

En las escuelas, los niños preparaban con dĂ­as de antelaciĂłn pequeños regalos para sus madres y sus maestras: dibujos, poemas escritos a mano con letras torcidas, manualidades que olĂ­an a pegamento y a esfuerzo sincero. Era uno de esos rituales de la infancia soviĂ©tica que quedaban grabados para siempre en la memoria, como la nieve de enero o el olor del pan negro. Las maestras llegaban a clase y encontraban sus escritorios cubiertos de papelitos doblados y flores silvestres recogidas en algĂșn jardĂ­n cercano.

En las empresas y fåbricas, los directores ,casi siempre hombres, pronunciaban discursos en honor a las trabajadoras. Se organizaban pequeños banquetes, se servía champån soviético, el famoso "Sovetskoe shampanskoye", y se brindaba por las mujeres del colectivo. Había conciertos, actuaciones de aficionados, canciones. La televisión estatal emitía durante todo el día programas especiales: ballet del Bolshói, películas romånticas, actuaciones de las grandes cantantes de la época. Todo el país se detenía un instante para mirar hacia las mujeres que lo sostenían.

Y es que, en el fondo, eso era lo mĂĄs verdadero del dĂ­a: el reconocimiento tĂĄcito, entre tanta propaganda y tanto discurso oficial, de que eran las mujeres quienes cargaban con el peso real de la vida cotidiana. HabĂ­an trabajado en las fĂĄbricas durante la guerra, habĂ­an reconstruido ciudades entre escombros, habĂ­an criado a sus hijos solas cuando los hombres no volvĂ­an del frente. El 8 de marzo era, en cierto modo, la Ășnica jornada del año en que esa deuda enorme e impagable se reconocĂ­a en voz alta, aunque fuera con un clavel y un brindis.

Cuando la URSS se disolviĂł, el dĂ­a no desapareciĂł. Al contrario, sobreviviĂł con una tenacidad sorprendente en todos los paĂ­ses que la habĂ­an conformado, Rusia, Ucrania, Georgia, Armenia, KazajistĂĄn, y tantos otros. Se quedĂł en el calendario, se quedĂł en las costumbres, se quedĂł en el corazĂłn de la gente. Hoy sigue siendo feriado oficial en la mayorĂ­a de estos paĂ­ses, y las flores siguen llenando las calles de marzo con la misma intensidad de siempre.

Por eso esta mañana, mientras buscaba el ramo perfecto para Natasha entre los puestos del mercado, sentí que no estaba haciendo solo un gesto de amor personal. Estaba participando de algo mucho mås antiguo y mås grande: una cadena ininterrumpida de hombres que madrugan en marzo, que eligen con cuidado las flores mås bonitas, que caminan de regreso a casa con ese ramo en los brazos como si llevaran algo sagrado.

Natasha sonriĂł cuando abriĂł la puerta y me vio ahĂ­ parado, con las mejillas rojas del frĂ­o y los claveles en la mano. No dijo nada. No hacĂ­a falta.

Feliz DĂ­a de la Mujer.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y mĂĄs allĂĄ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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