Querido diario,
Hoy me levantĂ© antes de que el sol terminara de asomarse por encima de los tejados. El aire estaba frĂo, como siempre en marzo, pero habĂa algo en Ă©l ,una cierta electricidad, un perfume colectivo de anticipaciĂłn, que hacĂa que el frĂo no importarĂĄ tanto. SalĂ corriendo a buscar un ramo de flores para mi amada Natasha. Los tulipanes amarillas y los claveles rojos estaban en cada esquina, en manos de vendedores que habĂan madrugado tanto como yo. ElegĂ los mĂĄs bonitos, los envolvĂ con cuidado, y mientras caminaba de regreso a casa, me puse a pensar en lo profundo que es este dĂa aquĂ, en estas tierras que una vez fueron la URSS.
Porque el 8 de marzo no es aquĂ un simple recordatorio en el calendario. Es algo que se lleva en los huesos, algo que viene de muy lejos, de dĂ©cadas en las que este dĂa tenĂa un peso polĂtico, social y emocional que el mundo occidental difĂcilmente llegĂł a comprender del todo.
En la UniĂłn SoviĂ©tica, el DĂa Internacional de la Mujer era una celebraciĂłn de Estado, sĂ, pero tambiĂ©n era algo mucho mĂĄs Ăntimo y humano. La Union SoviĂ©tica lo adoptĂł con fervor desde los primeros años de la revoluciĂłn, pues el 8 de marzo tenĂa ya una historia de lucha obrera y feminista que encajaba perfectamente con la retĂłrica marxista-leninista de la igualdad entre hombres y mujeres. Se decĂa ,y se proclamaba en cada discurso oficial, que la mujer soviĂ©tica era libre, igual al hombre, compañera en la construcciĂłn del socialismo. Y aunque la realidad era, como siempre, mĂĄs compleja y mĂĄs dura, el dĂa en sĂ se convirtiĂł en algo genuinamente querido por la gente.
Desde la mañana temprana, las fĂĄbricas, las oficinas y las escuelas se transforman. Los hombres ,los maridos, los hijos, los compañeros de trabajo, llegaban con flores. Siempre flores. El clavel era el sĂmbolo por excelencia, pero tambiĂ©n el mimosa, esa plantita amarilla y delicada que florecĂa justo en esta Ă©poca y que se convirtiĂł en el emblema mĂĄs tierno del dĂa. Las calles se llenaban de hombres cargando ramos, un poco torpes, un poco orgullosos, como si llevar flores fuera el acto mĂĄs revolucionario y mĂĄs sencillo del mundo al mismo tiempo.
En las escuelas, los niños preparaban con dĂas de antelaciĂłn pequeños regalos para sus madres y sus maestras: dibujos, poemas escritos a mano con letras torcidas, manualidades que olĂan a pegamento y a esfuerzo sincero. Era uno de esos rituales de la infancia soviĂ©tica que quedaban grabados para siempre en la memoria, como la nieve de enero o el olor del pan negro. Las maestras llegaban a clase y encontraban sus escritorios cubiertos de papelitos doblados y flores silvestres recogidas en algĂșn jardĂn cercano.
En las empresas y fĂĄbricas, los directores ,casi siempre hombres, pronunciaban discursos en honor a las trabajadoras. Se organizaban pequeños banquetes, se servĂa champĂĄn soviĂ©tico, el famoso "Sovetskoe shampanskoye", y se brindaba por las mujeres del colectivo. HabĂa conciertos, actuaciones de aficionados, canciones. La televisiĂłn estatal emitĂa durante todo el dĂa programas especiales: ballet del BolshĂłi, pelĂculas romĂĄnticas, actuaciones de las grandes cantantes de la Ă©poca. Todo el paĂs se detenĂa un instante para mirar hacia las mujeres que lo sostenĂan.
Y es que, en el fondo, eso era lo mĂĄs verdadero del dĂa: el reconocimiento tĂĄcito, entre tanta propaganda y tanto discurso oficial, de que eran las mujeres quienes cargaban con el peso real de la vida cotidiana. HabĂan trabajado en las fĂĄbricas durante la guerra, habĂan reconstruido ciudades entre escombros, habĂan criado a sus hijos solas cuando los hombres no volvĂan del frente. El 8 de marzo era, en cierto modo, la Ășnica jornada del año en que esa deuda enorme e impagable se reconocĂa en voz alta, aunque fuera con un clavel y un brindis.
Cuando la URSS se disolviĂł, el dĂa no desapareciĂł. Al contrario, sobreviviĂł con una tenacidad sorprendente en todos los paĂses que la habĂan conformado, Rusia, Ucrania, Georgia, Armenia, KazajistĂĄn, y tantos otros. Se quedĂł en el calendario, se quedĂł en las costumbres, se quedĂł en el corazĂłn de la gente. Hoy sigue siendo feriado oficial en la mayorĂa de estos paĂses, y las flores siguen llenando las calles de marzo con la misma intensidad de siempre.
Por eso esta mañana, mientras buscaba el ramo perfecto para Natasha entre los puestos del mercado, sentà que no estaba haciendo solo un gesto de amor personal. Estaba participando de algo mucho mås antiguo y mås grande: una cadena ininterrumpida de hombres que madrugan en marzo, que eligen con cuidado las flores mås bonitas, que caminan de regreso a casa con ese ramo en los brazos como si llevaran algo sagrado.
Natasha sonriĂł cuando abriĂł la puerta y me vio ahĂ parado, con las mejillas rojas del frĂo y los claveles en la mano. No dijo nada. No hacĂa falta.
Feliz DĂa de la Mujer.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mĂĄs allĂĄ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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