Mi diairo hoy, Miercoles 27 de mayo


Miercoles 27 de mayo 

Querido Diario,
Necesitaba desahogarme.

Hoy el alma me pesa más de lo habitual.

Hay una distancia que no se mide en kilómetros. Es esa distancia que duele en el pecho cuando uno piensa en casa, en la tierra que te formó, en el aire que llenó tus pulmones antes de tener conciencia de ello. Venezuela está lejos, sí, pero nunca ausente. Vive en mí con una fidelidad que, paradójicamente, ella misma ya no encuentra entre quienes la gobiernan.

Y eso es lo que más me destroza.

No es la distancia. Es la traición. Es ver cómo aquellos que se vistieron de redentores resultaron ser los verdugos más despiadados. Hombres y mujeres que tomaron la palabra "pueblo" en la boca como si fuera un sacramento, y la usaron de escudo mientras vaciaban todo lo que ese pueblo había construido con sudor y dignidad. La lealtad, esa virtud tan sencilla y tan necesaria, se evaporó. No quedó ni en el discurso, ni en los actos, ni en la más mínima señal de conciencia.

Me pregunto si alguna vez la tuvieron. Me pregunto si todo fue siempre una gran actuación.

La perversión no llegó de golpe. Fue entrando despacio, como el agua que se filtra por las grietas, hasta que un día uno mira y ya no reconoce nada. Se adueñó de las instituciones, de las leyes, de las palabras mismas. Y lo más amargo es que se instaló precisamente en quienes prometieron proteger a los más frágiles, a los que menos tienen, a los que más necesitaban que alguien fuera honesto con ellos. Los usaron de bandera y los abandonaron a su suerte.

Esta crisis desmanteló todo desde la raíz. Destruyó lo más sagrado que teníamos: la familia. Nos convertimos en una nación fracturada, un país de hogares pulverizados, de niños que crecen viendo a sus padres a través de una pantalla y de abuelos que caminan en la soledad de casas vacías. No ha sido solo un colapso del dinero; ha sido una degradación humana donde el hambre y la urgencia de sobrevivir nos obligaron a desvincularnos de los que amamos, hipotecando el futuro de generaciones enteras solo para garantizar el sustento del día a día.

No hay moral que los sostenga. No hay ética que los ampare. Porque la vergüenza, esa brújula interna que nos recuerda quiénes debemos ser, simplemente no existe en ellos. Son ladrones, sí, pero no solo de dinero. Han robado esperanza, han robado tiempo, han robado el futuro de generaciones enteras. Oportunistas que encontraron en el caos su mejor negocio. Malhechores que duermen tranquilos mientras el país que dicen amar se desangra.

Y sin embargo, esta noche pienso en Venezuela con amor. Con un amor que no cede, que no negocia, que no se deja contaminar por la rabia que también siento. Pienso en su gente buena, en sus manos trabajadoras, en su risa imposible de apagar del todo. En que la dignidad verdadera no vive en los palacios ni en los despachos. Vive en la gente de a pie, que resiste, que recuerda, que no se rinde.

Yo tampoco me rindo.

Aunque duela. Aunque la distancia pese. Aunque la indignación a veces quite el sueño.

Hasta mañana.


 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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