Por: Ricardo Abud
Venezuela no comenzó a fracturarse cuando su economía se desplomó, ni cuando millones de sus hijos emprendieron el camino de la distancia. Las grietas aparecieron mucho antes, en un lugar silencioso que rara vez ocupa los titulares: la infancia.
Cada niño llega al mundo como una semilla irrepetible; dentro de él duerme un bosque entero, un río con su propio cauce y una melodía jamás escuchada. Sin embargo, demasiadas veces esa semilla es sembrada en un terreno que solo exige obediencia, donde el valor se mide por la capacidad de encajar y no por el coraje de descubrir quién se es. Entonces, el bosque nunca nace, el río aprende a correr por cauces ajenos y la melodía termina repitiendo canciones que otros escribieron.
Un país no se construye únicamente con carreteras, edificios o instituciones; se construye, sobre todo, con personas que conocen su propósito. Cuando un niño crece sin que alguien reconozca la riqueza que habita en él, aprende a vivir esperando instrucciones: espera que le digan qué hacer, cómo pensar y hacia dónde caminar. Esa espera, repetida durante generaciones, termina convirtiéndose en una forma de vida.
Quizás por eso Venezuela se ha acostumbrado a esperar; a esperar que cambie el gobierno, que llegue un líder, que otro país abra sus puertas o que alguien venga a resolver lo que nosotros mismos olvidamos que podíamos construir. Pero ningún pueblo recupera su grandeza mientras siga convencido de que la salvación siempre viene de afuera.
La verdadera reconstrucción comienza cuando un niño descubre que dentro de sí existe una fuerza creadora más poderosa que cualquier crisis, y comprende que no vino al mundo para encajar en un molde, sino para revelar una posibilidad que nadie más puede ofrecer. Ese descubrimiento cambia un destino, y cuando miles de niños hacen lo mismo, cambia la historia de una nación.
La tragedia de Venezuela no consiste únicamente en la fuga de cerebros, sino también en la fuga de la confianza. Durante demasiado tiempo, muchos crecieron creyendo que su mayor oportunidad estaba lejos de la tierra que los vio nacer, porque nunca aprendieron a reconocer que el recurso más valioso no era el petróleo, el oro o el hierro, sino el potencial humano. Cada talento ignorado es una riqueza que se pierde, cada vocación apagada es una oportunidad menos para el país, y cada niño que deja de creer en sí mismo representa un ladrillo que jamás se colocará en la estructura de nuestros sueños.
Educar no debería significar fabricar ciudadanos idénticos. Debería asemejarse al trabajo paciente de un jardinero que conoce el misterio de la naturaleza: él no le exige a un mango dar manzanas ni a un samán florecer como un rosal. Comprende que cada especie posee una belleza distinta y que su misión es crear las condiciones necesarias para que esa belleza emerja.
Con los niños sucede lo mismo. Cuando un adulto mira a un niño desde sus posibilidades y no desde sus limitaciones, le entrega un regalo invisible: el permiso para ser quien realmente vino a ser. Ese permiso transforma vidas, y las vidas transformadas terminan transformando países.
Hay un dolor profundo en las despedidas que han marcado nuestros aeropuertos, en el vacío de tantas mesas donde hoy faltan los abuelos y en el eco de las casas que aguardan el regreso de quienes se fueron buscando un mañana distinto. Pero ese dolor, inmenso y real, puede ser la arcilla con la que moldeemos una nueva conciencia. No podemos pedirles a nuestros hijos que carguen con el peso de nuestras tristezas, pero sí podemos transmitirles la valentía de quienes, aun en la tempestad, se negaron a soltar la esperanza. Al mirarlos a los ojos, descubrimos que no son solo herederos de una crisis, sino los arquitectos de un renacer que comienza con una caricia, una palabra de aliento y la firme convicción de que su luz es, finalmente, la que iluminará nuestras sombras.
Tal vez la reconstrucción de Venezuela no empiece con un gran acuerdo político ni con una extraordinaria inversión económica. Tal vez comience en un salón de clases donde un maestro decide mirar más allá de las notas; en una madre que deja de comparar a sus hijos; en un padre que escucha antes de imponer; en un adulto que, por primera vez, reconoce en un niño un universo entero esperando florecer.
Porque un niño visto desde su singularidad no crecerá esperando un salvador; crecerá sabiendo que él mismo puede salvar, no desde el poder o el control, sino desde el don único que vino a entregar al mundo. Quizás ese sea el acto más revolucionario que Venezuela puede emprender: dejar de formar generaciones que esperan el futuro para comenzar a formar generaciones capaces de crearlo.
El país que anhelamos no está escondido detrás de una elección, una reforma o un milagro económico. Está sentado hoy en un pupitre, está jugando descalzo en un barrio o está haciendo preguntas que nadie se ha detenido a escuchar. Cuando ese niño descubra el inmenso valor que lleva dentro, Venezuela dejará de esperar que alguien venga a levantarla: será ella misma, a través de sus hijos, quien vuelva a ponerse de pie.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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