La fragilidad de la vida y el valor de la paz propia


Por: Ricardo Abud 

La vida divide nuestra existencia en dos: la persona que fuimos antes y la que comienza a gestarse después. Estos puntos de inflexión no siempre anuncian su llegada; a veces irrumpen mediante una llamada inesperada, una despedida abrupta, una enfermedad o cualquier sacudida que, de golpe, nos revela la fragilidad de nuestra realidad.

Vivimos bajo la ilusión de que el tiempo es un recurso infinito. Posponemos la felicidad, postergamos las conversaciones necesarias y postergamos el desprendimiento de nuestras preocupaciones bajo la falsa creencia de que «más adelante» habrá espacio. Mientras tanto, intentamos controlar un futuro que, en esencia, jamás nos ha pertenecido.

Cuando esa ilusión de control se rompe, comprendemos una verdad ineludible: nuestra mayor vulnerabilidad no reside en nuestros planes, sino en la brevedad de nuestra existencia. Ante la finitud, todo lo que antes parecía monumental pierde peso, forzándonos a mirar la vida con otros ojos. Descubrimos, entonces, cuánta energía hemos malgastado imaginando escenarios inexistentes o buscando respuestas a preguntas que nadie podrá contestar. Nos hemos perdido en noches eternas repasando conversaciones, tratando de descifrar por qué alguien se marchó, por qué una promesa se transformó en mentira o cómo fue posible que quien decía amarnos eligiera construir su futuro en otros brazos.

Hay heridas que la lógica no puede sanar. Tras una traición, es común caer en la trampa de buscar explicaciones hasta el agotamiento; diseccionamos cada palabra y cada gesto con la esperanza de hallar el momento exacto en que todo se quebró. En ese proceso, cometemos una injusticia contra nosotros mismos: asumir la responsabilidad por decisiones que otra persona tomó en total libertad.

Nos culpamos por no haber sido suficientes, creyendo erróneamente que, de haber actuado distinto, el desenlace habría cambiado. Pero la realidad es otra: la traición suele nacer de los vacíos, las contradicciones y las flaquezas de quien traiciona, no de nuestras carencias. Aceptar esta premisa no borra el dolor, pero nos libera de una carga que nunca nos correspondió llevar.

Resulta desgarrador entender cómo pueden coexistir los gestos de afecto con el desprecio, o las promesas con el maltrato. En relaciones donde el cariño se alterna con la humillación, la confusión es constante y, poco a poco, lo inaceptable comienza a normalizarse. Se perdonan ofensas, se justifican palabras hirientes y se toleran actitudes que jamás deberían ser permitidas. Sin darnos cuenta, terminamos creyendo que amar equivale a resistirlo todo.

Pero no es así. La vida es demasiado corta para habitar lugares donde la dignidad se desmorona día tras día. Ningún amor exige que sacrifiquemos nuestra paz, y ninguna historia vale lo suficiente como para mendigar la valoración de alguien que, aun teniéndonos enfrente, decidió no vernos.

Con el tiempo, comprendí que las preocupaciones no son soluciones. No reparan el pasado ni aceleran el futuro; solo ocupan el espacio que debería estar reservado para la serenidad, la gratitud y la belleza de lo cotidiano. Ocuparse de una situación es muy distinto a vivir consumido por ella.

Habrá preguntas sin respuesta, despedidas incomprensibles y personas que jamás ofrecerán una disculpa. Sin embargo, hay historias cuyo propósito es enseñarnos nuestro propio valor cuando finalmente decidimos alejarnos de lo que nos destruye. La verdadera paz comienza el día que dejamos de buscar explicaciones imposibles para empezar a cuidarnos a nosotros mismos.

Aun hoy, la incertidumbre y el miedo intentan regresar, pero ahora existe una diferencia fundamental: ya no les permito gobernar mi pensamiento. Cuando la fragilidad de todo me golpea y recuerdo que ningún minuto es recuperable, me formulo una pregunta poderosa: ¿Vale la pena sacrificar la tranquilidad de este instante por aquello que no puedo cambiar?

Aún sigo aprendiendo. No siempre obtengo la respuesta de inmediato, pero cada día intento vivir con menos miedo y más gratitud, sosteniendo la firme decisión de no permitir que ninguna relación, persona o angustia me haga olvidar el inmenso valor de estar vivo. La existencia es demasiado frágil como para desperdiciarla cargando culpas ajenas, esperando amores que no regresarán o permitiendo que alguien apague la luz que llevamos dentro..

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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