Por: Ricardo Abud
Venezuela volvió a llorar con un dolor que no cabe en las palabras. La tierra estremeció montañas y ciudades, pero también quebró el alma de un pueblo que parecía haber agotado todas las formas posibles de sufrir. Entre el polvo, los escombros y el llanto quedó suspendida una pregunta que nadie sabe responder: ¿por qué tanta desgracia sobre una nación que ya venía cargando una cruz demasiado pesada?
Cuando el sufrimiento alcanza dimensiones tan profundas, la razón suele caminar de la mano con la incertidumbre. Entonces aparecen las dudas, las sospechas y las teorías que buscan darle un rostro a lo inexplicable. Muchos hablan de intereses ocultos, de poderes económicos extranjeros que han esperado pacientemente el momento en que un país vulnerable pueda convertirse en una presa fácil para apropiarse de sus inmensas riquezas. Otros vuelven la mirada hacia teorías como las relacionadas con HAARP, convertidas para algunos en el símbolo de fuerzas invisibles capaces de alterar el destino de las naciones. Nada de ello ha sido probado, pero el simple hecho de que millones de personas contemplen esas posibilidades revela hasta qué punto la confianza ha sido herida y cuánto miedo habita en el corazón de un pueblo golpeado una y otra vez.
Porque las tragedias no solo destruyen edificios. También derrumban certezas. Y cuando las certezas desaparecen, el dolor comienza a construir preguntas que el tiempo, y solo el tiempo, podrá responder.
Mientras Venezuela recoge los pedazos de su propia existencia, resulta imposible no pensar que siempre hay quienes observan las desgracias desde la distancia con los ojos puestos en el petróleo, el oro, el hierro, el coltán y cada riqueza escondida bajo esta tierra bendita. La historia ha enseñado demasiadas veces que, donde un pueblo llora, otros hacen cálculos; donde una madre abraza los restos de su hijo, otros dibujan mapas de negocios; donde nace una tragedia humana, algunos solo alcanzan a ver una oportunidad económica.
Pero ninguna riqueza del mundo podrá comprar el beso que quedó pendiente. Ningún poder podrá devolver la sonrisa del niño que ya no correrá por las calles. Ninguna fortuna podrá reconstruir el corazón de una madre que todavía espera escuchar una voz que el silencio le arrebató para siempre.
Esta vez la migración adquirió un significado diferente. No hubo largas filas en una frontera. No hubo maletas cargadas de ropa ni documentos guardados con esperanza. No hubo despedidas entre lágrimas prometiendo un pronto regreso.
Hubo manos que dejaron de aferrarse a otras manos.
Hubo abrazos interrumpidos.
Hubo oraciones que quedaron suspendidas entre el cielo y la tierra.
Y hubo miles de almas que emprendieron el viaje más doloroso de todos.
Migraron al cielo.
Qué inmenso vacío deja esa migración. Qué insoportable resulta aceptar que tantos venezolanos partieron sin elegir el destino, sin despedirse de sus padres, de sus hijos, de sus hermanos. Se fueron envueltos en el estruendo de una tragedia que cambió para siempre la historia de quienes permanecen respirando con el peso de la ausencia.
Desde hoy habrá mesas donde faltará una silla. Habrá cumpleaños que ya no volverán a celebrarse completos. Habrá madres que seguirán preparando, por costumbre, el plato favorito de quien jamás cruzará nuevamente la puerta. Habrá niños preguntando cuándo regresará papá. Habrá ancianos mirando una fotografía mientras las lágrimas les recuerdan que existen dolores para los cuales Dios aún no ha inventado palabras.
Migrar al cielo es la forma más desgarradora de partir. Es abandonar este mundo sin equipaje, llevando únicamente los sueños que quedaron inconclusos y el amor inmenso de quienes nunca dejarán de esperar un milagro imposible.
Quizá los mapas continúen mostrando las mismas fronteras, pero Venezuela ya no será la misma. Cada rincón guardará el eco de una vida apagada. Cada amanecer recordará que el país perdió una parte de sí mismo. Cada campana, cada bandera ondeando al viento, cada oración pronunciada en silencio hablará de aquellos que un día caminaron entre nosotros y que ahora viven solamente en el recuerdo, en la memoria y, para quienes tienen fe, en la eternidad.
Dicen que los pueblos se levantan después de las catástrofes. Es cierto. Las paredes vuelven a construirse. Las calles vuelven a abrirse. Las ciudades renacen.
Pero nadie habla de los corazones que jamás vuelven a levantarse.
Porque existen heridas que no cicatrizan. Solo aprenden a sangrar en silencio.
Y mientras el mundo sigue su camino, Venezuela quedará mirando al cielo, no buscando respuestas, sino buscando rostros. Buscando sonrisas. Buscando voces. Buscando a quienes emprendieron la migración más triste de todas.
La que no cruza océanos.
La que no necesita pasaporte.
La que no conoce regreso.
La que convierte las estrellas en hogares y las lágrimas en memoria.
La de quienes, en medio del dolor de una nación entera, migraron para siempre al cielo.

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