Salir del juego: La verdadera victoria


Por: Ricardo Abud 

Uno juega el juego para dejar de jugarlo. Parece una contradicción, pero quizá ahí está una de las verdades más incómodas de la vida: muchas veces entramos en determinados juegos creyendo que queremos ganar, cuando en realidad lo que necesitamos es llegar al punto en que ya no nos interese seguir jugando.

Durante mucho tiempo pensé que ganar significaba llegar más lejos que los demás, tener más conquistas, provocar más miradas, demostrar que podía conseguir aquello que otros no podían. Me acostumbré a medir mis victorias en personas, noches, mensajes, deseos y oportunidades. Y mientras más ganaba, más necesitaba seguir jugando.

Uno entra al juego del ego, de las conquistas, de demostrar que puede tener a cualquiera. Entra buscando validación, coleccionando nombres, confundiendo cantidad con valor y atención con afecto. Cada victoria alimenta algo por dentro, pero nunca termina de llenarlo. Entonces necesita otra partida, otra persona, otra noche, otra prueba de que todavía puede hacerlo.

Y así pasan los años.

Hasta que un día sucede algo extraño: deja de importar ganar.

Ese día comienza la verdadera victoria. Porque mientras necesitas demostrar que eres irresistible, todavía eres prisionero del juego. Mientras necesitas que alguien te desee para sentirte valioso, sigues jugando. Mientras una conquista te levanta y un rechazo te destruye, entregaste el control de tu autoestima a las reglas de otro tablero. Mientras dependa de una nueva conquista para alimentar mi ego, el juego sigue teniendo poder sobre mí.

Ganar no siempre significa conseguir más. A veces significa necesitar menos.

Yo no entré al juego porque tuviera todas las respuestas. Entré porque tenía carencias que no sabía nombrar. Confundí atención con afecto. Confundí deseo con conexión. Confundí tener muchas opciones con tener una vida plena. Llegué a creer que mientras más personas pudiera conquistar, más valor tendría. Qué equivocado estaba.

Con el tiempo descubrí que uno puede tener muchas personas alrededor y sentirse profundamente solo. Puede recibir cientos de miradas y seguir sin sentirse visto. Puede acostarse con alguien y levantarse al día siguiente con el mismo vacío que intentaba llenar.

Yo creo que uno empieza a madurar cuando comprende que no todas las puertas que puede abrir merecen ser atravesadas. Que no toda persona que puede quedarse merece quedarse. Que no toda batalla que puede ganar merece ser peleada.

También aprendí que abandonar un juego no significa haber sido derrotado. Al contrario. Puede significar que finalmente entendiste las reglas.

El mujeriego que consigue dejar de perseguir mujeres no perdió su capacidad de conquistar; ganó la libertad de no necesitar hacerlo. El que vivía buscando aprobación y un día puede caminar sin preguntarse quién lo está mirando, ganó. El que necesitaba tener siempre la última palabra y aprende a guardar silencio cuando corresponde, ganó. El que convirtió su vida en una competencia y finalmente descubre que no tiene nada que demostrarle a nadie, ganó.

Porque mientras sigues jugando compulsivamente, el juego todavía te posee. Puedes tener cien victorias y seguir siendo un perdedor si necesitas una victoria número ciento uno para sentirte suficiente. Pero puedes perder una partida y estar ganando la vida si esa derrota consigue sacarte para siempre de un juego que te estaba destruyendo.

Quizá por eso algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos a jugar y otras para enseñarnos a salir del juego. Algunas nos despiertan el ego, otras nos despiertan el corazón. Y, de vez en cuando, aparece alguien que nos mira de una manera que nos obliga a preguntarnos qué demonios estamos haciendo con nuestra propia vida.

Y quizá las personas más importantes son precisamente aquellas que consiguen hacerme mirar hacia dentro. Aquellas que me obligan a preguntarme por qué estaba persiguiendo tantas cosas que, en el fondo, ni siquiera quería.

Porque detrás de muchas de mis conquistas había miedo. Miedo a no ser suficiente. Miedo a quedarme solo. Miedo a querer de verdad y terminar herido.

Era mucho más fácil conquistar que comprometerme. Mucho más sencillo provocar deseo que mostrar vulnerabilidad. Mucho más cómodo irme antes de que alguien pudiera tener la posibilidad de abandonarme.

Así seguí jugando, hasta que el corazón se cansa. Y cuando el corazón se cansa de ganar cosas que no puede conservar, empieza a desear algo completamente diferente: paz.

Ahí cambia todo.

Ya no quieres demostrar que puedes tener a cualquiera. Quieres encontrar a alguien con quien no tengas que demostrar absolutamente nada. Ya no quieres ser elegido por muchas personas. Te basta con ser elegido de verdad por una. Ya no quieres ganar todas las partidas. Quieres dejar de vivir como si tu valor dependiera del resultado.

No porque haya perdido la capacidad de jugar, sino porque finalmente entendí que ya no necesito hacerlo.

Hoy entiendo que puedo conquistar a muchas personas y seguir sin haber conquistado nada importante. También puedo perder a alguien y, paradójicamente, encontrarme a mí mismo en esa pérdida. Porque ganar no siempre es obtener. A veces ganar es soltar. A veces ganar es decir "no". A veces ganar es dejar de buscar. A veces ganar es aceptar que aquella versión de mí que necesitaba tantas victorias ya no existe.

Yo no quiero pasarme la vida demostrando que puedo tener a cualquiera. Quiero llegar al punto en que ya no necesite tener a cualquiera. Quiero elegir. Quiero quedarme donde exista verdad. Quiero querer sin convertir el amor en una competencia. Quiero mirar a una persona y no preguntarme cuántas otras podría conseguir, sino cuánto de mí estoy dispuesto a entregar sin perderme.

Ese es el momento en que sales del juego, y quizá sea la victoria más grande de todas. Porque algunos pasan la vida entera intentando ganar un juego que jamás fue diseñado para hacerlos felices.

Cuando puedo mirar a alguien que me desea y no necesito demostrarle nada. Cuando puedo recibir una oportunidad y decidir que no la quiero. Cuando puedo dejar ir una conquista sin sentir que estoy perdiendo. Cuando puedo estar solo sin correr desesperadamente detrás de alguien que me haga sentir importante. Ese día sé que gané, porque ya no necesito que nadie confirme mi valor.

Yo prefiero pensar que la verdadera victoria consiste en reconocer cuándo ya no necesitas jugar.

Al final entendí algo que me tomó demasiado tiempo aprender: el verdadero ganador no es quien permanece jugando eternamente. Es quien consigue salir del juego sin necesitar volver.

Entraste para conquistar.
Terminaste conquistándote a ti mismo.

Y cuando finalmente puedes levantarte de la mesa sin rabia, sin nostalgia y sin necesidad de volver a demostrar nada, entiendes que nunca se trató de ganar el juego. Se trataba de llegar al día en que pudieras dejarlo atrás.

Ese día dejé de jugar. Y por primera vez, sentí que había ganado.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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