Me elegí, y ese fue el final de la historia


Por; Ricardo Abud

Hay una frase que suena simple, pero que carga con todo el peso del mundo: me elegí. Son dos palabras que, en apariencia, hablan de fortaleza y de amor propio, ese giro vital que tanto se celebra hoy en día.

Sin embargo, nadie te cuenta lo que viene después. Nadie te dice que elegirse también duele, que tiene un costo real y que, a veces, ese costo tiene la forma de una persona que ya no está.

Durante mucho tiempo, sostuve algo que debía ser de dos. Fui el hilo que mantenía unido lo que ya se había deshilachado. Insistí varias veces de esas maneras silenciosas que nadie nota: el mensaje que envié primero, la paciencia que extendí más de lo debido, la esperanza guardada en un cajón que ya no tenía llave. Cada vez que cedí un poco más, el vínculo parecía continuar. Pero no era real; era un espejismo sostenido únicamente por mis manos.

Cuando decidí soltar, sucedió lo que no esperaba: tú también te fuiste. Y eso lo dice todo. Si alguien se marcha en el momento en que dejas de perseguirlo, entonces nunca tuvo la intención de quedarse. Estaba siendo retenido, y hay una diferencia abismal entre esas dos cosas. Quedarse es un acto activo, una elección que se renueva; ser retenido es, simplemente, no irse porque alguien más está cargando con todo el peso.

Elegirse no siempre es un acto heroico rodeado de luz. A veces es una decisión que se toma en la oscuridad, con miedo y sin garantías. Es dejar de correr tras algo que ya no corre hacia ti. Es reconocer, con una honestidad que duele en el pecho, que ya no te quieren de la misma manera, o que quizás nunca lo hicieron con la misma intensidad. Y, aun así, soltar.

Lo más difícil no fue irme. Lo más difícil fue entender que, al marcharme, confirmé algo que una parte de mi ser ya sabía: que todo lo que quedaba de ese lazo lo estaba sosteniendo yo a solas. Que mi presencia no era correspondida, sino apenas tolerada. Que mi amor no era recibido como tal, sino usado como ancla por alguien que tampoco sabía hacia dónde quería ir.

Elegirse no es egoísmo. Es el acto más honesto que existe cuando el otro ya no está presente. Es dejar de traicionar lo que uno siente por seguir siendo el guardián de algo que ya murió. Y sí, duele. Duele más de lo que se admite, porque no solo pierdes a la persona; pierdes también a esa versión de ti que creía que todo mejoraría con un poco más de insistencia.

Cuando el polvo se asienta, queda algo inesperado: claridad. La certeza tranquila de que hiciste lo correcto, aunque no lo sintieras así en su momento. La historia terminó, es cierto. Pero terminó de verdad, que es la única manera en que algo puede concluir sanamente. 


Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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