Lo que se construye sobre el dolor ajeno


Por: Ricardo Abud 

Durante mucho tiempo pensé que el dolor era simplemente una consecuencia de las cosas que no salen como uno espera. Después entendí que también puede convertirse en el precio que alguien decide hacer pagar a otro para conseguir su propia felicidad, y esa diferencia lo cambia todo. 

Cuando una mujer decide construir una nueva relación mientras todavía pertenece emocionalmente a otra, cuando engaña, oculta, traiciona, miente o abandona dejando detrás a un hombre destrozado, quizá consiga aquello que estaba buscando: una nueva compañía, nuevas ilusiones, nuevas promesas y hasta esa sensación de haber comenzado de nuevo. Desde afuera puede parecer que la vida le sonrió, pero una sonrisa no siempre significa paz y una relación nueva tampoco significa necesariamente una bendición.

Yo no hablo desde el rencor, sino desde esa parte del corazón masculino que muchas veces aprende a sufrir en silencio porque pareciera que a los hombres se nos exige soportarlo todo sin quebrarnos. También nos rompen, también lloramos y también pasamos noches preguntándonos qué hicimos mal, por qué alguien que decía amarnos pudo tratarnos como si nuestros sentimientos fueran un obstáculo que debía apartarse para alcanzar su propia felicidad. Quizá lo más doloroso no sea únicamente perder a la persona que amábamos, sino descubrir que nuestro sufrimiento fue utilizado como terreno sobre el cual alguien decidió sembrar una nueva vida.

Por eso vuelvo a las palabras de Proverbios 24:12: “Porque si dijeres: Ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, Y dará al hombre según sus obras.” Ese pasaje me recuerda que Dios no mira solamente lo que hacemos, sino también aquello que habita dentro de nosotros cuando lo hacemos. Cualquiera puede fabricar una explicación para justificarse; podemos decir que el amor se había terminado, que la relación ya no funcionaba, que teníamos derecho a ser felices o que simplemente apareció otra persona y la vida debía continuar. Podemos construir una historia donde nosotros seamos siempre los buenos y donde el otro termine cargando con toda la culpa, pero delante de Dios no sirven las versiones cuidadosamente preparadas, porque Él pesa los corazones y conoce aquello que nadie más vio.

Yo sí creo que existe una diferencia enorme entre marcharse y traicionar. Uno puede dejar de amar, cambiar, equivocarse o descubrir que una relación ya no tiene futuro; incluso puede enamorarse de otra persona, porque los sentimientos humanos son complejos y no siempre obedecen a nuestra voluntad. Pero ninguna de esas circunstancias obliga a mentir, humillar, manipular o destruir. El amor puede terminar sin convertirse en crueldad, y esa es una verdad que no deberíamos olvidar. Si una relación ya terminó en el corazón, lo digno es tener el valor de reconocerlo antes de comenzar otra historia, porque nadie debería convertirse en el precio que otro está dispuesto a pagar para sentirse feliz.

Por eso tengo cuidado cuando alguien llama “bendición” a aquello que comenzó con la desgracia de otra persona. No creo que Dios condene automáticamente una nueva relación porque haya nacido después de una ruptura; sería demasiado simple juzgar historias que muchas veces desconocemos. Lo que sí creo es que resulta peligroso llamar bendición a cualquier cosa simplemente porque terminó favoreciéndonos. Una relación nueva no es necesariamente una bendición porque sea nueva, un matrimonio no es necesariamente una bendición porque luzca hermoso en fotografías y una vida aparentemente perfecta no se vuelve moralmente buena solamente porque los demás puedan admirarla. A veces conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué tuvo que perder alguien para que yo pudiera ganar esto?

Si para construir mi felicidad tuve que destruir deliberadamente la paz de otra persona, entonces debería tener el valor de mirar esa verdad de frente. Eso no significa que toda persona que rehace su vida después de una separación esté condenada, ni que todo dolor causado por una ruptura sea necesariamente una injusticia. La verdad es más compleja. Pero cuando existe engaño consciente, traición, humillación y la decisión deliberada de utilizar a otro como sacrificio para alcanzar una felicidad personal, entonces ya no estamos hablando simplemente de una relación que terminó: estamos hablando de la manera en que decidimos tratar el corazón de otro ser humano.

Yo no necesito desearle el mal a quien me hizo daño. Tampoco necesito permanecer esperando que la vida la castigue para sentir que mi historia tuvo justicia. Aprendí que vivir esperando la caída del otro es otra forma de seguir atado a esa persona, y yo no quiero pasar el resto de mi vida encadenado a alguien precisamente por aquello que hizo para liberarse de mí. Mi justicia también consiste en sanar. Perdonar no significa decir que estuvo bien, ni olvidar significa negar lo sucedido; significa dejar de permitir que aquello que alguien hizo contra mí determine quién voy a ser después.

Si alguna vez alguien tuvo que mentirme para poder ser feliz con otra persona, esa mentira pertenece a su conciencia, no a la mía. Si tuvo que humillarme para sentirse libre, esa humillación habla de sus decisiones, no de mi valor. Si necesitó convertir mi dolor en el precio de su felicidad, será ella quien tenga que responder por la forma en que consiguió aquello que deseaba. Yo no necesito cobrar esa deuda, porque hay cuentas que no me corresponde cobrar y heridas que no me corresponde vengar. Si creo verdaderamente en Dios, entonces también debo creer que hay una justicia superior a la mía, una justicia que no necesita de mi rabia para existir.

Por eso, si algún día vuelvo a amar, quiero hacerlo de una manera distinta. No quiero cargar sobre otra mujer las heridas que me dejó una anterior, ni utilizar a nadie para demostrar que finalmente pude ser feliz. Quiero tener la honestidad de marcharme cuando el amor termine antes de buscar refugio en otros brazos, porque delante de mí siempre habrá un ser humano con sentimientos y no un obstáculo que deba eliminar para conseguir lo que deseo. Quiero recordar que aquello que me hicieron sufrir no me concede permiso para hacer sufrir a otro, y que la verdadera transformación comienza cuando uno decide romper la cadena y no transmitir el daño que recibió.

Al final comprendí que lo que se obtiene mediante la deshonra puede parecer éxito, pero no necesariamente es paz. Una persona puede conseguir la relación que quería, la casa, el dinero, el matrimonio, los viajes y todas las fotografías de una vida aparentemente perfecta, pero ninguna apariencia puede engañar eternamente a la conciencia. Y si mi fe me ha enseñado algo, es que tampoco podemos escondernos de Dios. Él conoce lo que ocurrió cuando nadie estaba mirando, conoce las lágrimas que otros nunca vieron y conoce las intenciones que jamás confesamos. Por eso ya no me obsesiona saber cuándo llegará la cuenta ni de qué manera llegará; mi responsabilidad no es administrar la justicia divina, sino cuidar mi propia alma.

Y quizá ahí esté la parte más espiritual de todo esto: yo no quiero pedirle a Dios que destruya a quien me destruyó; quiero pedirle que sane en mí todo aquello que esa persona dejó roto. Quiero que me libre del resentimiento sin obligarme a llamar bueno a lo que fue malo, que me dé discernimiento para distinguir una bendición de algo que simplemente parece una bendición y que me conceda la serenidad necesaria para aceptar que no todas las cuentas de esta vida serán cobradas delante de mis ojos. Si alguna vez Dios pesa mi corazón, quiero que encuentre allí un hombre que sufrió, pero que no convirtió su sufrimiento en venganza; un hombre que fue traicionado, pero no aprendió a traicionar; un hombre al que le arrebataron una felicidad, pero que decidió no construir la suya sobre las ruinas de nadie. Porque al final, mi verdadera victoria no será ver caer a quien me hizo daño, sino poder llegar delante de Dios con el alma limpia y decirle: “Señor, me hicieron daño, pero no permití que ese daño me apartara de Ti ni me convirtiera en alguien capaz de hacer lo mismo.”

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios