Por: Ricardo Abud
Confieso que uno puede acostumbrarse a casi cualquier cosa. Después de tantos años viendo cómo se reinventan las instituciones, las ideologías, las promesas, las revoluciones y hasta las explicaciones de lo inexplicable, uno desarrolla cierta resistencia inmunológica al absurdo.
Pero siempre aparece alguien dispuesto a demostrarnos que todavía quedan niveles por alcanzar, rozando el multiverso del cringe intergaláctico. Ahora resulta que también podemos fusionar los himnos nacionales como si se tratara de un remix de reguetón barato en una fiesta patronal de mal gusto. Y ahí sí me declaro derrotado, pidiendo asilo político en el silencio.
Porque una cosa es cambiar una canción, versionarla, interpretarla de otra manera o hacerle un arreglo musical decoroso. Eso pertenece al mundo de la música y del talento real. Incluso las propias Morillo tienen amplios antecedentes de incorporar fragmentos del himno venezolano en trabajos musicales de dudosa reputación; en 2019, Lila, Liliana y Lilibeth participaron en Mi Venezuela, que mezclaba estrofas del himno con un mensaje de esperanza que dejó a más de uno buscando un Tylenol (elcooperante.com). Pero de ahí a convertir el himno nacional en una especie de batido patriótico con proteína barata hay un trecho considerable, digno de nominación al premio Nobel de la pendejada.
Imagino la reunión de marquesina donde nació la idea, iluminada probablemente por bombillos parpadeantes y mucha laca fijadora.
—Tenemos un himno nacional.
—Correcto.
—Los gringos tienen otro, O say, can you see...
—Correcto.
—¿Y si los juntamos y metemos el Star-Spangled Banner junto al Gloria al Bravo Pueblo para que suene moderno y a nadie le importe la dignidad?
Silencio sepulcral.
Alguien mira al techo buscando inspiración divina. Otro mira el café frío. Una tercera persona, que evidentemente no tenía neuronas que perder, pregunta con ojos de iluminación mística:
—¿Y cómo no se nos había ocurrido antes esta genialidad digna de psiquiátrico? Y así nació probablemente uno de los conceptos musicales más revolucionarios y estúpidos de nuestra historia: la patria fusión, versión circo de tres pistas.
Porque parece que ya no basta con tener un himno respetable. Ahora queremos un himno con invitados especiales, alfombra roja y patrocinio de bodegón. Uno empieza con toda la solemnidad patriótica: “¡Gloria al Bravo Pueblo que el yugo lanzó...!” Y el otro le contraataca por el canal 2 con el clásico norteamericano: “O say, can you see, by the dawn's early light... what so proudly we hailed...!” Y en algún punto los dos coros terminan chocando violentamente de frente, mientras el ciudadano común mira a su alrededor buscando desesperadamente el botón de salir de la videollamada de la vida o un extintor para apagar tanta ridiculez.
La cosa tiene además un problema elemental de física elemental y sentido común: los himnos nacionales no son canciones cualquiera de despecho en una noche de ron. No son dos merengues que uno puede pegar en un potpourri porque tienen un ritmo parecido o porque la tarjeta de crédito está hasta el c..o. Un himno representa una historia, una memoria colectiva, una nación y una identidad que no se improvisa en la sala de una casa. El himno venezolano, Gloria al Bravo Pueblo, fue consagrado oficialmente como Himno Nacional en 1881, no para que unas señoras aburridas decadentes lo utilicen de telón de fondo para sus delirios escénicos, o como decian en los comentarios del video, razon tenia “Jose Luis Rodriguez de salir a comprar y mas nunca regresar”.
Por eso resulta particularmente delirante imaginar al pobre himno entrando a una sala de edición musical con cara de terror, para que un productor sin escrúpulos le diga:
—Mira, viejo, vamos a quitarte un pedacito de soberanía, le metemos un cacho de Oh, say does that star-spangled banner yet wave, después repetimos el coro con autotune y al final hacemos una entrada conjunta con aplausos envasados. El himno, por supuesto, respondería con un dignísimo:
—¿Perdón? ¿Me estás tomando el pelo o es una cámara oculta?
Porque si seguimos por ese peligroso camino de la imbecilidad creativa, cualquier cosa puede fusionarse sin anestesia. Mañana podemos fusionar dos banderas: la parte de arriba de nuestra tricolor con las barras y estrellas de la bandera gringa abajo, para ahorrar tela. Después fusionamos los escudos nacionales con un águila calva sosteniendo un turpial mareado. Luego fusionamos las constituciones y metemos las leyes de Virginia con las ordenanzas municipales de Catia. Y finalmente hacemos una reunión por Zoom para decidir quién se quedó con qué país y a qué hora pasa el autobús de la vergüenza.
Lo maravilloso del asunto es que seguramente alguien considerará que todo esto representa la "unión de los pueblos" y la hermandad continental. No, señor. Eso no es unión. Eso es una mezcla bizarra y bizarra de la peor especie. Si uno mezcla café con jugo de naranja, no ha logrado la unidad nacional de las bebidas refrescantes; ha producido una desgracia gastronómica que amerita detención preventiva. Si mezcla pintura azul con pintura amarilla, obtiene verde, de acuerdo. Pero nadie sale a la calle diciendo que acaba de crear una alianza estratégica mundial entre el azul y el amarillo. Y si mezcla dos himnos nacionales a punta de capricho, puede obtener una pieza musical grotesca. Lo que no obtiene automáticamente, ni por gracia divina, es una nueva identidad nacional, sino un dolor de cabeza crónico.
De hecho, me preocupa profundamente el precedente legal y mental. Porque si aceptamos esta lógica de manicomio, cualquier día aparece un comité de iluminados diciendo:
—Tenemos que modernizar los símbolos patrios porque están pasados de moda.
Y uno pregunta con terror:
—¿Qué proponen ahora, infelices?
—Un popurri definitivo.
—¿De qué?
—De todos los himnos del continente americano, con base de rap y coros celestiales.
Y ahí sí que estamos perdidos sin remisión.
Imagino el acto oficial de la república imaginaria. La banda marcial comienza con una solemnidad pasmosa. Todo el mundo de pie, firmes. Mano temblorosa en el pecho. Silencio absoluto en el recinto. Suena el primer himno nacional, impecable. Todo bien hasta ahí. Entra de repente el segundo, el himno del norte con su respectivo And the rocket's red glare, the bombs bursting in air. Todavía medio pasa. Y de repente ¡pum!, ambos empiezan a sonar al mismo tiempo, en tonalidades distintas, compases encontrados y desafinación olímpica. El director de la orquesta suda frío y empieza a rezarle a todos los santos. Los músicos se miran con odio asesino. El trompetista empieza a cuestionarse seriamente por qué aceptó ese trabajo de mierda en lugar de vender empanadas. El público intenta descubrir en qué puto momento debe dejar de cantar uno para empezar a tararear el otro sin pasar por traidor a la patria. Y algún funcionario enchufado, con medalla de cartón y una sonrisa cínica, anuncia por el micrófono:
—¡Esto señores, es integración cultural y globalización!
No. Eso no es integración. Eso es un choque frontal de patrias en compás de cuatro por cuatro, una colisión múltiple de soberanías en plena autopista de la ridiculez.
Lo más gracioso y trágico es que el mundo civilizado lleva siglos inventando diplomáticos de carrera, tratados internacionales, organismos multilaterales, cumbres presidenciales y conferencias de paz precisamente para que los países puedan convivir, comerciar y entenderse sin necesidad de convertirse musicalmente en uno solo por la fuerza del autotune. Los himnos pueden seguir siendo vecinos respetables. No necesitan casarse en Las Vegas. Pueden respetarse cordialmente. Pueden escucharse de lejitos. Incluso pueden interpretarse uno después del otro en un evento protocolar sin que nadie sufra convulsiones, no necesitamos de las Morillos para fusionarlos a la fuerza, es como decir: "Como nos queremos mucho y somos panas, vamos a tener una sola cédula de identidad y una sola chequera" ¡No funciona así, carajo! Y mucho menos con los símbolos patrios, a menos que quieras que los próceres se salgan de los cuadros a los coñazos limpios.
La burla de "las Morillo" en este contexto funciona como el arquetipo perfecto de la petulancia superficial y la desconexión identitaria, representando lo mas bajo y degradante de personajes mediáticos o élites de redes sociales que, impulsados por una modernidad banal, se atreven a profanar lo sagrado y lo tradicional de nuestro himno nacional sin el menor respeto por la historia. Su supuesta "innovación" no es más que un capricho ridículo que sintetiza la destrucción de los valores patrios, simbolizando esa ligereza con la que se desecha la memoria colectiva en aras del aplauso fácil y la payasada globalizada.
Porque una cosa muy distinta es unir a los pueblos a través del respeto mutuo, la libertad y la concordia. Y otra, bastante diferente y patética, es meter sus himnos nacionales en una licuadora junto con las ocurrencias de las Morillo y llamar a esa catástrofe sónica “identidad nacional”. Eso sí que no lo había visto jamás en mis años de resistencia al absurdo. Y mira que uno, con estos especímenes, ya ha visto absolutamente de todo.

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