Por: Ricardo Abud
El gimnasio dejó de ser un templo del esfuerzo y la salud para convertirse en un episodio mal dirigido de Tinder en vivo. Uno va con toda la inocencia del mundo a sufrir un rato con las pesas, y de repente se encuentra haciendo un máster en microgestiones corporales, analizando cada mirada, cada suspiro y cada estiramiento sospechoso.
Y ahí están ellas. Las famosas "niñas de 50". Las llamo niñas porque la energía que manejan es de no tenerle miedo a nada, pero con el agravante de que ya se leyeron el manual de instrucciones de la vida completa.
El verdadero terror no es que levantan más peso que tú que a veces pasa y duele en el orgullo, sino el radar psíquico que manejan. Una mujer de 50 en el gimnasio no te hace un cuestionario para ver si eres interesante; te mira tres segundos y prácticamente te hace una auditoría forense de tu existencia.
En un pestañeo ya saben:
- Si entrenas en serio o solo vas a ver quién está en la caminadora.
- Si dejas las mancuernas tiradas como un cavernícola.
- Si estás metiendo la panza de forma desesperada mientras haces bíceps.
Uno cree que está disimulando increíblemente bien con su camiseta ajustada y su cara de "aquí no pasa nada", sacando pecho como pavorreal en época de apareamiento. Te pones a levantar de más, aguantando la respiración hasta ponerte morado, y la ves a ella a lo lejos, desde otra máquina, mirándote con una mezcla de lástima y ternura infinita. Te mira como quien contempla a una nueva presa de su insaciable capacidad de amar por una noche: con cero expectativas y sin piedad.
Lo más peligroso de estas mujeres es que se saltaron por completo la fase del misterio.
Una de 20 te deja dudando tres días si ese “jajaja” con un emoji de carita feliz significaba algo romántico o si solo te consideraba un chiste local.En ese momento el cerebro te hace un corto circuito. No sabes si te está invitando a salir, si te está evaluando para un puesto de becario en su vida o si te acaba de reprobar la materia.
Y es que están inmunizadas contra las tonterías modernas. No están para jueguitos de responder mensajes tres horas tarde para "hacerse las interesantes", ni para el clásico "vamos viendo qué pasa" que a esa edad ya produce urticaria y alergia generalizada. Ellas quieren claridad, quieren que hables sin rodeos y, sobre todo, que si las invitas a cenar no te dé un infarto técnico después de cuatro series de sentadillas.
El verdadero problema empieza cuando uno vive solo. Ahí es donde te conviertes oficialmente en el eslabón más débil de la cadena alimenticia fitness. Creías que tu apartamento era un santuario de paz, pero en realidad vives al acecho.
Uno cree que pasa desapercibido, pero en cuanto una de estas expertas detecta a un alma en pena viviendo en solitario, se activa el chat comunitario invisible entre ellas. Disparan sus alarmas a la velocidad de la fibra óptica y se pasan el reporte: "Oye, mira al de la caminadora 4, el que vive solo y tiene barba, se le nota algo bueno; está maduro y listo para nuestro juego".
Ya no comen cuento de ningún tipo. Te acorralan con una pinza táctica y van directo al "invítame a algo" con una seguridad que te desarma por completo. No te piden permiso, no titubearon y saben perfectamente que no tienes defensas. En ese instante entiendes que tu apartamento de soltero va a ser arrasado sin piedad, que te van a dar con todo y con retroexcavadora incluida.
Y lo peor de todo es que, entre ellas, la complicidad es absoluta, pero la lealtad es un mito urbano. Si caiste en la trampa y te atreviste a invitar a una de ellas a tu apartamento de soltero, al día siguiente los chats de WhatsApp se encienden con una sola misión: hacer el debriefing y saber si el espécimen dio la talla. Y ojo, si el reporte indica que te fue bien, ahí se acaba la exclusividad y arranca la cacería colectiva; las demás, lejos de guardar códigos de amistad, empiezan a formarse en la fila para comprobarlo por ellas mismas. Descubres con terror que no hay lealtad entre ellas, solo puro y duro placer, convirtiéndote a ti en el botín de guerra de un complot imparable.
Pero lo verdaderamente apocalíptico llega cuando pasas el filtro de la prueba piloto, cumples con las expectativas del apartamento y la jefa de grupo decreta que "saliste bueno". Es ahí cuando te ascienden de categoría... para pasar a ser la mascota oficial de todo el club de lectura y pilates. De pronto, un viernes cualquiera te ves sentado en una mesa, tomando tu batido de proteinas en promocion y la mesa de inmediato es rodeada por cinco de sus amigas, sintiéndote como un cordero desfilando frente al jurado de MasterChef, mientras ellas te examinan las manos, evalúan si tienes buen sentido del humor y deciden a quién le tocas el próximo fin de semana. Ya no eres una conquista individual; eres un premio rotativo de altísima gama, y lo peor es que te pasas toda la cena sudando frío, rezando para no decir una estupidez y terminar reprobado ante el sindicato completo.
Uno aprende por las malas a volverse invisible. Entras al gimnasio, te pones la capucha, miras al suelo, saludas al instructor y haces tu rutina en absoluto silencio para no activar las alertas de este comando de élite sentimental. Te da terror que te dirijan la palabra y romper tu frágil personaje de hombre misterioso e inalcanzable.
Pero al final, te das cuenta de la gran verdad: con estas mujeres el juego de seducción tradicional no sirve para nada, ellas son quienes seducen, ellas son quienes atacan, y deciden cuando, como y cuanto ha de durar todo. Ya no buscan que alguien les confirme que son atractivas (eso ya lo saben de sobra, probablemente usan esa seguridad como contraseña de su banca móvil). No necesitan que les digan mil veces lo hermosas que son; lo que buscan es no perder el tiempo.
Levantar 80 kilos en peso muerto es una simple cuestión de física y mala técnica; pero pararte frente a una mujer que ya conoce todas las mentiras del mercado de seduccion, que no tolera dramas y que te mira esperando que tengas dos dedos de frente... Eso sí requiere un valor olímpico.
Así que ahí me tienes: entrenando calladito, cuidando las lumbares y entendiendo que el verdadero desafío no es impresionar a nadie, sino rezar para que, cuando te toque rendirte ante el inevitable "invítame a algo", al menos recuerdes cómo te llamas, te van a destrozar vivo. Si cruzas la puerta del gimnasio, ves que te miran fijamente y escuchas un sutil zumbido de notificaciones de WhatsApp en el aire... no huyas. Endereza la espalda, respira hondo, acepta tu destino de soltero codiciado y reza para que, cuando te toque rendirte ante el inevitable "invítame a algo", al menos tengas la decencia de no desmayarte antes de llegar al estacionamiento. Porque sin querer te has convertido en un hombre objeto, en el terror de las carajitas de 50 años. Lo mas inverosimil es que aun sigues pagando el gimnasio.

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