La confianza como fundamento del amor verdadero


Por: Ricardo Abud

Existe una forma de amar que pocas personas comprenden en su totalidad, y que sin embargo constituye la expresión más madura y honesta del vínculo entre dos personas: amar sin poseer. El breve diálogo que sirve de punto de partida a esta reflexión condensa, en pocas líneas, una filosofía completa sobre la confianza, la libertad y la dignidad dentro de una relación.

Ella anuncia que saldrá con compañeros de trabajo. Menciona a uno en particular, alguien que ha expresado abiertamente que ella le agrada. La pregunta que lanza al aire ,¿no te incomoda?, no es inocente. Es una prueba, consciente o no, del tipo de amor que él profesa. Y la respuesta lo revela todo.

Él no siente incomodidad. No porque sea indiferente, sino porque ha comprendido algo que escapa a quienes confunden el amor con la propiedad: "si alguien puede quitarme lo que es mío, nunca fue mío." Esta frase, breve y contundente, desarma siglos de celos romantizados. Nadie puede arrebatar a una persona que ha elegido libremente quedarse. Y si puede ser arrebatada, es porque en el fondo nunca hubo una elección verdadera, sino una retención.

Hay en esta actitud una renuncia deliberada al control, y esa renuncia no nace de la debilidad sino de una profunda seguridad. Él no está ahí para vigilarla. No asume el rol de guardián ni de juez. Le devuelve a ella la responsabilidad entera de sus propios actos, y lo hace con una claridad que resulta, a la vez, liberadora y exigente: si ella no puede gobernarse a sí misma, la relación no tiene sentido. No porque él la abandone con frialdad, sino porque una relación que necesita cadenas para mantenerse no es una relación, es una jaula.

Lo que este diálogo toca en su núcleo es la diferencia radical entre confiar y controlar. El control nace del miedo; la confianza, de la certeza. Quien controla admite implícitamente que duda, que teme, que no se siente suficiente. Quien confía, en cambio, no necesita supervisar porque ha construido algo sólido sobre la base del respeto mutuo y la elección consciente.

Hay también aquí una concepción particular de la pertenencia. Él dice "lo que es mío", pero esa posesión no implica dominio. Es más bien un reconocimiento de un vínculo elegido, no impuesto. Lo que pertenece a alguien en el amor no es un cuerpo ni una presencia obligada, sino una lealtad que solo tiene valor si es libre. Una fidelidad forzada por la vigilancia o el miedo no es fidelidad: es rendición.

Esta filosofía resulta incómoda para muchos porque exige una madurez emocional que no se improvisa. Es más fácil, en apariencia, aferrarse, preguntar, sospechar, pedir contraseñas y ubicaciones. Esa falsa seguridad da la ilusión de control. Pero el amor que se ejerce desde el miedo termina por asfixiar aquello mismo que intenta preservar.

La grandeza silenciosa de esa respuesta ,"no estoy aquí para vigilarte", reside en que coloca a ambas personas en un plano de igualdad y de responsabilidad compartida. Él no se rebaja a los celos. Ella no queda atrapada bajo su mirada. Los dos son adultos que han elegido estar juntos, y esa elección se renueva cada día, no mediante cadenas, sino mediante la libertad de quedarse.

En última instancia, este diálogo habla de algo muy simple y muy profundo a la vez: el amor verdadero no teme a la libertad del otro. La abraza. Porque sabe que lo que se retiene por fuerza se pierde de todas formas, y que lo único que merece la pena conservar es aquello que vuelve por sí solo.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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