Por: Ricardo Abud
A veces la vida nos lleva a lugares interiores donde ninguna palabra parece suficiente para describir lo que sentimos. Momentos en los que el dolor se vuelve tanc profundo que uno deja de buscar respuestas y comienza, simplemente, a buscar un poco de paz.
No una felicidad extraordinaria, no una solución inmediata para todos los problemas, sino algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil de encontrar: la tranquilidad de sentir que no estamos solos.
En medio de mis carencias, de mis heridas y de esos dolores que fui acumulando silenciosamente, llegué a la iglesia. No llegué porque tuviera todas las respuestas. Llegué precisamente porque no las tenía. Llegué con el alma cansada, con preguntas que nadie había sabido responder y con una necesidad inmensa de encontrar un lugar donde pudiera descansar, aunque fuera por unos instantes, de todo aquello que llevaba dentro.
Y allí ocurrió algo que todavía me cuesta explicar con palabras.
No fue una paz ruidosa ni espectacular. Fue una serenidad que comenzó lentamente, como cuando después de la tormenta el cielo empieza a despejarse y entra, casi tímidamente, un rayo de luz. Sentí que podía respirar de nuevo. Que por un momento podía dejar en el suelo aquello que había cargado durante tanto tiempo. Que no tenía que fingir fortaleza, ni esconder mis heridas, ni demostrarle a nadie que podía seguir adelante.
Simplemente podía estar allí.
Frente a Dios.
Quizás una de las cosas más dolorosas de atravesar momentos difíciles es sentir que nadie comprende realmente lo que ocurre dentro de nosotros. Podemos estar rodeados de personas y, aun así, experimentar una soledad inmensa. Podemos recibir palabras, consejos, abrazos y buenas intenciones, pero existen dolores que nadie puede tocar porque pertenecen a una parte muy íntima del alma.
Entonces comprendí algo que para mí tiene un valor profundo: Dios no necesitaba que yo llegara ante Él siendo fuerte. Podía llegar roto. Podía llegar cansado. Podía llegar con mis dudas, mis carencias, mis errores y mis lágrimas. Podía llegar siendo simplemente yo.
Y aun así, sentí que me recibía.
Esa certeza cambió algo dentro de mí.
Cuando pensé que estaba en el fondo del abismo, cuando no encontraba la manera de volver a subir, sentí que el Padre creador me mostraba un camino de regreso. No necesariamente un camino fácil, ni una ruta donde todos mis problemas desaparecieran de repente, sino un camino que comenzaba por algo esencial: recuperar la esperanza.
Me gusta pensar que Dios no siempre nos saca del abismo de la manera que imaginamos. A veces no elimina inmediatamente aquello que nos duele. A veces hace algo más profundo: nos da fuerzas para comenzar a subir. Nos recuerda que todavía estamos vivos, que nuestra historia no terminó en el momento más oscuro y que incluso después de haber caído muy lejos podemos volver a levantarnos.
Por eso sentí que me alzaba en sus brazos y me cobijaba en su pecho.
No como una fantasía para escapar de la realidad, sino como una experiencia interior de amor y refugio. Por primera vez en mucho tiempo sentí que no tenía que luchar contra el mundo completamente solo. Sentí una presencia que no me exigía nada a cambio. Una presencia que no me abandonaba cuando estaba débil, que no desaparecía cuando dejaba de ser útil, que no condicionaba su amor a mis éxitos.
Y quizá allí comprendí el significado más profundo de la fe.
Creer no significa dejar de sufrir. Tampoco significa que la vida se vuelva sencilla desde el momento en que entramos a una iglesia. La fe no es una promesa de que nunca volveremos a caer. Es, quizás, la convicción de que cuando caigamos no estaremos abandonados.
La verdad incómoda es que muchas veces esperamos que otras personas llenen vacíos que nadie puede llenar por completo. Esperamos que alguien llegue, nos comprenda absolutamente, cure nuestras heridas, permanezca para siempre y nos dé la seguridad que necesitamos. Pero los seres humanos somos frágiles. Nos equivocamos, nos alejamos, nos cansamos, cambiamos. Incluso quienes nos aman profundamente pueden fallarnos.
Dios, en cambio, se convirtió para mí en esa certeza que permanece cuando todo lo demás parece moverse.
No sé qué traerán los próximos días. Sé que todavía existen problemas, heridas y momentos difíciles. Sé que la vida no se transformó mágicamente en un camino sin obstáculos. Pero algo dentro de mí sí cambió: ahora sé dónde puedo volver cuando el ruido del mundo sea demasiado fuerte.
Puedo volver a la iglesia.Puedo volver al silencio.
Puedo volver a la oración.
Porque aquella experiencia me enseñó que quizá encontrar la paz no significa encontrar una vida perfecta. Significa encontrar un lugar dentro de nosotros donde el dolor ya no tenga la última palabra.
Yo llegué buscando alivio y encontré algo mucho más grande: la sensación de ser recibido. Llegué con el corazón herido y encontré consuelo. Llegué sintiéndome perdido y encontré una dirección. Llegué desde el fondo del abismo y descubrí que todavía había un camino hacia arriba.
Y en ese camino comprendí algo que jamás quisiera olvidar: algunas veces, cuando creemos que estamos buscando a Dios, quizás sea Dios quien silenciosamente nos está buscando a nosotros.
Por eso hoy puedo mirar hacia atrás y decir que aquella iglesia no fue solamente un recinto al que entré buscando paz. Para mí se convirtió en el lugar donde volví a encontrarme con la esperanza.
Y, sobre todo, con un amor que sentí verdadero.
El amor de un Padre que, cuando yo creía que había llegado demasiado lejos, me hizo sentir que todavía podía regresar a casa. (Y que al final del día, ese hogar siempre ha estado esperándonos en el interior de nuestro propio corazón).

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