Llegué al punto de elegir mi paz


Por: Ricardo Abud 

Durante mucho tiempo confundí la paz con la ausencia de problemas. Pensaba que estar en paz significaba que todo a mi alrededor debía funcionar bien, que las personas debían comprenderme, que las situaciones tenían que desarrollarse como yo esperaba y que, de alguna manera, debía encontrar la forma de evitar cualquier conflicto. Con los años he entendido que estaba buscando la tranquilidad en el lugar equivocado. 

La paz no depende de que el mundo deje de hacer ruido, sino de la decisión que tomo frente a ese ruido. Por eso, decir que mi paz es no negociable significa que he decidido cuidar mi bienestar mental y emocional sin permitir que las opiniones, las exigencias o las actitudes de otras personas determinen cómo voy a sentirme o cuánto voy a tolerar.

Aprender a poner límites ha sido una de las partes más difíciles de ese proceso. Durante mucho tiempo creí que decir "no" podía convertir a alguien en una persona fría, egoísta o indiferente. También pensé que debía explicar constantemente mis decisiones para evitar que los demás se sintieran molestos conmigo. Hoy comprendo que un límite no es una agresión; es una forma de respeto hacia mí mismo. Puedo amar, querer a alguien y, al mismo tiempo, decidir que ciertas conductas no tienen lugar en mi vida. Puedo escuchar una opinión sin sentirme obligado a obedecerla. Puedo alejarme de una situación que me hace daño sin tener que construir un expediente de razones para demostrar que mi decisión es válida.

Mi acercamiento al estoicismo también ha cambiado profundamente mi manera de entender la paz. Estudiarlo me ha enseñado a distinguir entre aquello que depende de mí y aquello que está fuera de mi control. No puedo decidir lo que otra persona piensa de mí, la manera en que alguien actúa, las injusticias que pueda encontrar en el camino ni todas las circunstancias que la vida me presente, pero sí puedo decidir cómo responder ante ellas y cuánto espacio permito que ocupen dentro de mí. Esta enseñanza no significa volverme indiferente ni aceptar pasivamente aquello que me hace daño. Al contrario, me obliga a asumir responsabilidad sobre lo único que realmente puedo gobernar: mis decisiones, mis pensamientos y mis acciones. He comprendido que muchas de mis angustias nacían de intentar controlar lo incontrolable, de querer cambiar personas, situaciones o acontecimientos que nunca estuvieron bajo mi dominio. El estoicismo me ha ayudado a entender que mi libertad también está en la manera en que respondo a lo que sucede, y que conservar la serenidad frente a aquello que no puedo cambiar es una forma de fortaleza.

También he aprendido que el amor propio no consiste únicamente en hablarme bonito o reconocer mis virtudes. A veces el verdadero amor propio se demuestra tomando decisiones incómodas. Se demuestra cuando dejo de insistir donde no soy valorado, cuando dejo de perseguir explicaciones que probablemente nunca llegarán o cuando acepto que algunas relaciones solo sobreviven porque uno de los dos está dispuesto a soportar demasiado. Cuidar mi tranquilidad no significa creer que estoy por encima de los demás; significa reconocer que mi estabilidad también importa. No puedo ofrecer lo mejor de mí si vivo permanentemente agotado intentando satisfacer expectativas ajenas.

Una de las decisiones más difíciles ha sido aprender a soltar. No todo lo que llega a mi vida está destinado a quedarse, y no toda persona que amo o quiero necesariamente me hace bien. Algunas situaciones pesan más de lo que aportan, algunas conversaciones solo alimentan conflictos y algunos vínculos terminan convirtiéndose en una fuente constante de desgaste. Soltar no siempre significa dejar de querer. A veces significa aceptar que amar, querer a alguien no es razón suficiente para permanecer en un lugar que me destruye emocionalmente. También significa dejar de aferrarme a lo que fue, a lo que imaginé que podía ser o a la esperanza de que alguien cambie únicamente porque yo sigo esperando.

He comprendido, además, que no tengo que dar explicaciones sobre cada silencio o cada distancia que decido tomar. Naturalmente, no considero que el silencio sea una herramienta para castigar a los demás ni que desaparecer sea siempre la respuesta madura, o utilizar la estupidez del contacto cero algo que nos han vendido para pretender castigar a alguien). Pero tampoco quiero seguir creyendo que debo justificar cada decisión personal ante personas que no respetan mis límites. Cuando una relación necesita que renuncie constantemente a mi tranquilidad para conservarla, algo está profundamente desequilibrado. Prefiero una distancia honesta antes que una cercanía que me obligue a traicionarme.

Elegir dónde estar también se ha convertido en una forma de protegerme. Ahora presto más atención a cómo me siento después de compartir con determinadas personas, de participar en ciertas conversaciones o de permanecer en determinados ambientes, escribir el libro, DESALOJO MENTAL. Subiendo la renta: Liberando Espacios en Nuestras Mentes, me ha ayudado a evitar lo que me podria genera situaciones dificiles. No se trata de buscar una vida completamente aislada de los problemas, porque eso sería imposible y, además, poco realista. Se trata de reconocer la diferencia entre un conflicto inevitable y un conflicto que yo mismo sigo alimentando por costumbre. Hay discusiones que merecen mi voz y otras que únicamente pretenden arrastrarme hacia un terreno donde perderé tiempo, energía y serenidad. No responder a todo no significa cobardía. En muchas ocasiones significa inteligencia emocional y, desde la perspectiva estoica, saber reconocer cuándo mi energía está siendo entregada a algo que no merece gobernar mi estado interior.

Por eso, hoy entiendo que proteger mi paz no significa construir una vida donde nada me incomode. Significa aprender a decidir qué merece mi atención y qué no. Significa aceptar que algunas personas se molestarán cuando deje de permitirles aquello a lo que estaban acostumbradas. Significa comprender que no todos van a entender mis límites y que esa falta de comprensión no necesariamente convierte mis decisiones en equivocadas. Mi responsabilidad no es mantener satisfecho a todo el mundo; también es cuidar la persona que soy cuando cierro la puerta de mi casa, cuando me quedo a solas con mis pensamientos y cuando nadie está observando.

Mi paz es no negociable porque he aprendido que perderla tiene un precio demasiado alto. No quiero ganar discusiones y perder mi equilibrio. No quiero conservar relaciones a costa de mi dignidad. No quiero demostrarle a nadie que tengo razón mientras por dentro me consumo. Prefiero aprender a retirarme a tiempo, guardar silencio cuando las palabras solo empeorarían las cosas y caminar lejos de aquello que constantemente me roba la tranquilidad. El estoicismo me ha ayudado a comprender que la verdadera fortaleza no consiste en controlar el mundo, sino en no permitir que el mundo controle mi interior. Proteger mi paz no es huir de la vida ni de las personas; es elegir conscientemente la manera en que quiero vivirla. Y si para conservar esa tranquilidad tengo que decepcionar algunas expectativas, cerrar algunas puertas o recorrer ciertos caminos en soledad, estoy dispuesto a hacerlo. Porque aprendí que mi bienestar no puede depender de cuánto estén dispuestos los demás a respetarlo; también depende de cuánto esté dispuesto yo a respetarme a mí mismo.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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