He llegado a entender que la verdadera medida de mi fe no reside en las palabras que pronunció un domingo por la mañana, sino en el tono de voz que uso un martes por la tarde cuando nadie me observa. Durante años vivà atrapado en la contradicción de hablar de amor mientras guardaba resentimientos, de predicar perdón mientras cultivaba la amargura en secreto, de mencionar a Dios en cada conversación como si su nombre fuera un escudo que ocultara mis propias carencias. La vida, con su manera implacable de enseñar, me mostró que esa no era fe, era teatro.
La incoherencia que veo en tantos que profesan estar cerca de Dios es la misma incoherencia que por aƱos carguĆ© como una segunda piel. Recuerdo con claridad dolorosa aquellas Ć©pocas en que podĆa alguien citar versĆculos con precisión admirable, pero eran incapaces de sostener una conversación honesta con quien pensaba diferente. SabĆan de memoria pasajes sobre la humildad, mientras el ego se inflaba cada vez que alguien reconocĆa algo sobre su conocimiento bĆblico. Hablaban de servicio desinteresado, pero calculaban mentalmente quĆ© podrĆa recibir a cambio de cada gesto de ayuda. La disonancia entre lo que decĆan creer y lo que realmente vivĆan era ensordecedora, aunque me tomó aƱos admitirlo.
El punto de quiebre llegó cuando me di cuenta de que estaba mĆ”s preocupado por la imagen que proyectaba que por la persona que era en realidad. Me habĆa convertido en un experto en mantener una fachada impecable mientras por dentro crecĆa un vacĆo que ningĆŗn versĆculo podĆa llenar. Fue entonces cuando comprendĆ que mi relación con Dios no podĆa seguir siendo un espectĆ”culo para otros. Necesitaba mirar hacia dentro con honestidad brutal, sin las justificaciones que tan fĆ”cilmente construimos cuando nos negamos a enfrentar nuestras sombras.
Esta introspección no fue un proceso cómodo. EstudiĆ© marxismo y me ayudó a pelear con la fe y con mi dios. Significó reconocer que muchas de mis oraciones eran repeticiones mecĆ”nicas, que mi asistencia religiosa era mĆ”s rutina social que encuentro genuino, que mi generosidad estaba contaminada por la necesidad de reconocimiento. Tuve que aceptar que habĆa estado usando la fe como un adorno, como una credencial que me diferenciaba de otros, cuando en realidad debĆa ser el fundamento invisible que transformara cada aspecto de mi existencia cotidiana.
La forma en que hablo de mis amigos cuando no estĆ”n presentes se convirtió en uno de mis termómetros mĆ”s fieles. Antes participaba en conversaciones que disfrazaban el chisme de preocupación, que convertĆan la crĆtica en discernimiento espiritual. Justificaba mis comentarios diciĆ©ndome que era importante ser honesto sobre las fallas ajenas, cuando la verdad es que simplemente me sentĆa mejor seƱalando errores que no eran mĆos. Ahora entiendo que cada palabra que pronuncio sobre alguien ausente revela mucho mĆ”s sobre mi propio corazón que sobre esa persona. La verdadera prueba de mi carĆ”cter no estĆ” en cómo me comporto frente a quien puede juzgarme, sino en cómo hablo cuando solo me escucha mi conciencia.
El enojo sigue siendo uno de mis mayores desafĆos. Durante mucho tiempo confundĆ la firmeza con la agresión, pensaba que defender mis convicciones requerĆa elevar la voz, imponer mi perspectiva, demostrar que tenĆa razón. Cada discusión se convertĆa en un campo de batalla donde lo importante no era entender sino ganar. La ironĆa es que mientras mĆ”s gritaba, menos me escuchaban, y mientras mĆ”s imponĆa mi verdad, menos verdadero era lo que comunicaba. He aprendido, aunque sigo tropezando en el camino, que responder sin gritar no es seƱal de debilidad sino de dominio propio. Que puedo estar en desacuerdo sin descalificar, que puedo expresar mi molestia sin destruir al otro en el proceso.
La ayuda que brindó cuando nadie me ve es quizĆ”s el espejo mĆ”s claro de mi estado interno. Antes necesitaba audiencia para mi generosidad, buscaba de manera casi compulsiva que alguien notara mis buenas acciones. Donaba, pero esperaba gratitud eterna. Ayudaba, pero llevaba la cuenta mental de los favores que me debĆan. ServĆa, pero con la expectativa oculta de que ese servicio me elevara ante los ojos de los demĆ”s. Esa no era bondad, era una inversión calculada. La verdadera transformación comenzó cuando entendĆ que el acto mĆ”s puro de servicio es aquel que hago sin esperar absolutamente nada a cambio, ni siquiera el placer de sentirme virtuoso. Es la ayuda que brindo porque algo dentro de mĆ se quiebra al ver la necesidad del otro, no porque esa ayuda vaya a redefinir cómo me perciben.
Ya no me interesa cambiar a nadie porque finalmente comprendĆ que esa nunca fue mi tarea. Durante aƱos desperdiciĆ© energĆa tratando de convertir a otros, de hacerles ver la luz como yo la veĆa, de moldearlos segĆŗn mi comprensión de lo que deberĆan ser. Era una arrogancia disfrazada de preocupación espiritual. AsumĆa que mi manera de entender la fe era la Ćŗnica vĆ”lida, que mi experiencia con Dios debĆa ser el modelo universal. QuĆ© equivocado estaba. Cada persona tiene su propio camino, sus propias batallas internas, su propio ritmo para crecer o estancarse. No me corresponde a mĆ forzar su transformación. Mi Ćŗnica responsabilidad es trabajar en la mĆa propia, y si acaso mi vida refleja algo que inspire a otros, que sea consecuencia natural de mi autenticidad, no producto de mi prĆ©dica.
He descubierto que la verdadera fe es silenciosa en su esencia mĆ”s profunda. No necesita megĆ”fonos ni escenarios. Se manifiesta en los pequeƱos gestos que nadie registra, en las decisiones que tomo cuando estoy solo, en la paciencia que cultivo en el trĆ”fico, en la sonrisa genuina que ofrezco a ella cuando estĆ” teniendo un mal dĆa, en la llamada que hago para preguntar cómo estĆ” alguien sin necesidad de contarle despuĆ©s a tres personas mĆ”s que fui solidario. La fe autĆ©ntica se parece mĆ”s al trabajo constante de un jardinero que al espectĆ”culo de fuegos artificiales. No busca la admiración inmediata sino el fruto que madura con el tiempo, he entendido los procesos de transformación interna.
Entender que mi relación con Dios es precisamente eso, una relación personal e intransferible, me liberó de la tiranĆa de las comparaciones y las apariencias. No tengo que demostrarle a nadie quĆ© tan cerca o lejos estoy de la espiritualidad. No necesito exhibir mis prĆ”cticas devocionales como trofeos. Mi conexión con lo divino se cultiva en la intimidad de mi conciencia, en los momentos de quietud donde no hay nadie a quien impresionar, en las conversaciones honestas que sostengo conmigo mismo sobre quiĆ©n soy realmente versus quiĆ©n pretendo ser, en orar, alabar y adorar.
La coherencia que ahora busco no es perfección, porque he aprendido que la perfección es una meta inalcanzable que solo genera frustración y autoengaƱo. La coherencia que persigo es la honestidad brutal de reconocer mis contradicciones sin tratar de maquillarlas con lenguaje espiritual. Es aceptar que algunos dĆas fallarĆ© estrepitosamente en vivir segĆŗn mis valores, y que eso no me descalifica sino que me mantiene humano y consciente de mi necesidad constante de crecimiento. Es el compromiso diario de intentar que la distancia entre lo que creo y lo que hago sea cada vez menor, sabiendo que ese cierre de brecha es un proceso de toda la vida.
Los frutos por los que seremos conocidos no son las palabras elocuentes que pronunciamos ni la cantidad de actividades religiosas en las que participamos. Son la calidad de nuestra presencia cuando alguien nos necesita, la paciencia que ejercemos cuando nos provocan, la integridad que mantenemos cuando podrĆamos beneficiarnos de la mentira, la compasión que mostramos hacia quien no puede ofrecernos nada a cambio. Estos frutos crecen lentamente, en la oscuridad del carĆ”cter que vamos forjando dĆa a dĆa, y se hacen visibles no cuando los exhibimos sino cuando simplemente vivimos sin pretensiones.
Hoy entiendo que Dios no necesita mis discursos elaborados ni mis promesas grandilocuentes. Lo que busca es un corazón que esté dispuesto a ser transformado, una voluntad que acepte ser moldeada, una vida que refleje en lo ordinario la presencia de lo extraordinario. Y esa transformación comienza cuando dejo de mirar hacia afuera para juzgar la autenticidad ajena y empiezo a mirar hacia dentro para confrontar mi propia falta de ella. Porque la verdadera revolución espiritual no se da en templos ni en multitudes, se da en el territorio silencioso del corazón que decide, una y otra vez, elegir la coherencia sobre la apariencia, la sustancia sobre el espectÔculo, el ser sobre el parecer. No dejo da darte las gracias mi dios, en quien hoy me has ayudado a forjar.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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