La Fe que no se predica


Por: Ricardo Abud

He llegado a entender que la verdadera medida de mi fe no reside en las palabras que pronunció un domingo por la mañana, sino en el tono de voz que uso un martes por la tarde cuando nadie me observa. Durante años viví atrapado en la contradicción de hablar de amor mientras guardaba resentimientos, de predicar perdón mientras cultivaba la amargura en secreto, de mencionar a Dios en cada conversación como si su nombre fuera un escudo que ocultara mis propias carencias. La vida, con su manera implacable de enseñar, me mostró que esa no era fe, era teatro.

La incoherencia que veo en tantos que profesan estar cerca de Dios es la misma incoherencia que por aƱos carguĆ© como una segunda piel. Recuerdo con claridad dolorosa aquellas Ć©pocas en que podĆ­a alguien citar versĆ­culos con precisión admirable, pero eran incapaces de sostener una conversación honesta con quien pensaba diferente. SabĆ­an de memoria pasajes sobre la humildad, mientras el ego se inflaba cada vez que alguien reconocĆ­a algo sobre su  conocimiento bĆ­blico. Hablaban de servicio desinteresado, pero calculaban mentalmente quĆ© podrĆ­a recibir a cambio de cada gesto de ayuda. La disonancia entre lo que decĆ­an creer y lo que realmente vivĆ­an era ensordecedora, aunque me tomó aƱos admitirlo.

El punto de quiebre llegó cuando me di cuenta de que estaba mÔs preocupado por la imagen que proyectaba que por la persona que era en realidad. Me había convertido en un experto en mantener una fachada impecable mientras por dentro crecía un vacío que ningún versículo podía llenar. Fue entonces cuando comprendí que mi relación con Dios no podía seguir siendo un espectÔculo para otros. Necesitaba mirar hacia dentro con honestidad brutal, sin las justificaciones que tan fÔcilmente construimos cuando nos negamos a enfrentar nuestras sombras.

Esta introspección no fue un proceso cómodo. Estudié marxismo y me ayudó a pelear con la fe y con mi dios. Significó reconocer que muchas de mis oraciones eran repeticiones mecÔnicas, que mi asistencia religiosa era mÔs rutina social que encuentro genuino, que mi generosidad estaba contaminada por la necesidad de reconocimiento. Tuve que aceptar que había estado usando la fe como un adorno, como una credencial que me diferenciaba de otros, cuando en realidad debía ser el fundamento invisible que transformara cada aspecto de mi existencia cotidiana.

La forma en que hablo de mis amigos cuando no estÔn presentes se convirtió en uno de mis termómetros mÔs fieles. Antes participaba en conversaciones que disfrazaban el chisme de preocupación, que convertían la crítica en discernimiento espiritual. Justificaba mis comentarios diciéndome que era importante ser honesto sobre las fallas ajenas, cuando la verdad es que simplemente me sentía mejor señalando errores que no eran míos. Ahora entiendo que cada palabra que pronuncio sobre alguien ausente revela mucho mÔs sobre mi propio corazón que sobre esa persona. La verdadera prueba de mi carÔcter no estÔ en cómo me comporto frente a quien puede juzgarme, sino en cómo hablo cuando solo me escucha mi conciencia.

El enojo sigue siendo uno de mis mayores desafíos. Durante mucho tiempo confundí la firmeza con la agresión, pensaba que defender mis convicciones requería elevar la voz, imponer mi perspectiva, demostrar que tenía razón. Cada discusión se convertía en un campo de batalla donde lo importante no era entender sino ganar. La ironía es que mientras mÔs gritaba, menos me escuchaban, y mientras mÔs imponía mi verdad, menos verdadero era lo que comunicaba. He aprendido, aunque sigo tropezando en el camino, que responder sin gritar no es señal de debilidad sino de dominio propio. Que puedo estar en desacuerdo sin descalificar, que puedo expresar mi molestia sin destruir al otro en el proceso.

La ayuda que brindó cuando nadie me ve es quizÔs el espejo mÔs claro de mi estado interno. Antes necesitaba audiencia para mi generosidad, buscaba de manera casi compulsiva que alguien notara mis buenas acciones. Donaba, pero esperaba gratitud eterna. Ayudaba, pero llevaba la cuenta mental de los favores que me debían. Servía, pero con la expectativa oculta de que ese servicio me elevara ante los ojos de los demÔs. Esa no era bondad, era una inversión calculada. La verdadera transformación comenzó cuando entendí que el acto mÔs puro de servicio es aquel que hago sin esperar absolutamente nada a cambio, ni siquiera el placer de sentirme virtuoso. Es la ayuda que brindo porque algo dentro de mí se quiebra al ver la necesidad del otro, no porque esa ayuda vaya a redefinir cómo me perciben.

Ya no me interesa cambiar a nadie porque finalmente comprendí que esa nunca fue mi tarea. Durante años desperdicié energía tratando de convertir a otros, de hacerles ver la luz como yo la veía, de moldearlos según mi comprensión de lo que deberían ser. Era una arrogancia disfrazada de preocupación espiritual. Asumía que mi manera de entender la fe era la única vÔlida, que mi experiencia con Dios debía ser el modelo universal. Qué equivocado estaba. Cada persona tiene su propio camino, sus propias batallas internas, su propio ritmo para crecer o estancarse. No me corresponde a mí forzar su transformación. Mi única responsabilidad es trabajar en la mía propia, y si acaso mi vida refleja algo que inspire a otros, que sea consecuencia natural de mi autenticidad, no producto de mi prédica.

He descubierto que la verdadera fe es silenciosa en su esencia mÔs profunda. No necesita megÔfonos ni escenarios. Se manifiesta en los pequeños gestos que nadie registra, en las decisiones que tomo cuando estoy solo, en la paciencia que cultivo en el trÔfico, en la sonrisa genuina que ofrezco a ella cuando estÔ teniendo un mal día, en la llamada que hago para preguntar cómo estÔ alguien sin necesidad de contarle después a tres personas mÔs que fui solidario. La fe auténtica se parece mÔs al trabajo constante de un jardinero que al espectÔculo de fuegos artificiales. No busca la admiración inmediata sino el fruto que madura con el tiempo, he entendido los procesos de transformación interna.

Entender que mi relación con Dios es precisamente eso, una relación personal e intransferible, me liberó de la tiranĆ­a de las comparaciones y las apariencias. No tengo que demostrarle a nadie quĆ© tan cerca o lejos estoy de la espiritualidad. No necesito exhibir mis prĆ”cticas devocionales como trofeos. Mi conexión con lo divino se cultiva en la intimidad de mi conciencia, en los momentos de quietud donde no hay nadie a quien impresionar, en las conversaciones honestas que sostengo conmigo mismo sobre quiĆ©n soy realmente versus quiĆ©n pretendo ser, en orar, alabar y adorar. 

La coherencia que ahora busco no es perfección, porque he aprendido que la perfección es una meta inalcanzable que solo genera frustración y autoengaño. La coherencia que persigo es la honestidad brutal de reconocer mis contradicciones sin tratar de maquillarlas con lenguaje espiritual. Es aceptar que algunos días fallaré estrepitosamente en vivir según mis valores, y que eso no me descalifica sino que me mantiene humano y consciente de mi necesidad constante de crecimiento. Es el compromiso diario de intentar que la distancia entre lo que creo y lo que hago sea cada vez menor, sabiendo que ese cierre de brecha es un proceso de toda la vida.

Los frutos por los que seremos conocidos no son las palabras elocuentes que pronunciamos ni la cantidad de actividades religiosas en las que participamos. Son la calidad de nuestra presencia cuando alguien nos necesita, la paciencia que ejercemos cuando nos provocan, la integridad que mantenemos cuando podríamos beneficiarnos de la mentira, la compasión que mostramos hacia quien no puede ofrecernos nada a cambio. Estos frutos crecen lentamente, en la oscuridad del carÔcter que vamos forjando día a día, y se hacen visibles no cuando los exhibimos sino cuando simplemente vivimos sin pretensiones.

Hoy entiendo que Dios no necesita mis discursos elaborados ni mis promesas grandilocuentes. Lo que busca es un corazón que estĆ© dispuesto a ser transformado, una voluntad que acepte ser moldeada, una vida que refleje en lo ordinario la presencia de lo extraordinario. Y esa transformación comienza cuando dejo de mirar hacia afuera para juzgar la autenticidad ajena y empiezo a mirar hacia dentro para confrontar mi propia falta de ella. Porque la verdadera revolución espiritual no se da en templos ni en multitudes, se da en el territorio silencioso del corazón que decide, una y otra vez, elegir la coherencia sobre la apariencia, la sustancia sobre el espectĆ”culo, el ser sobre el parecer. No dejo da darte las gracias mi dios, en quien hoy me has ayudado a forjar. 

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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