Querido diario, necesito desahogarme contigo porque ya no sé si estoy vivo o simplemente sobreviviendo en el limbo de los hombres condenados.
Natasha sigue sonriendo. "Sigue sonriendo, carajo". Y yo aquí, desayunando con el estómago hecho nudo marinero, sintiendo que cada bocado de pan tostado es mi última cena.
Esta mañana me preparó café. "Café". Con esa sonrisita que le baila en los labios como preludio de una sinfonía macabra. Le di el primer sorbo mirándola de reojo, esperando que supiera a venganza disuelta en cafeína. Pero no. Sabía a café normal. Lo cual, diario mío, es aún más aterrador.
—¿Dormiste bien, mi amor? —me preguntó.
"Mi amor". ME DIJO "MI AMOR".
Yo, que hace tres días llegué navegando en vodka y cerveza, cantándole serenatas al ficus del comedor como si fuera Julieta en su balcón. Yo, que intenté quitarme los zapatos durante veinte minutos sin darme cuenta de que ya estaba descalzo. Yo, que le juré amor eterno a la planta mientras ella me observaba con esos brazos cruzados que convierten a cualquier hombre en piedra pómez.
Y ahora me dice "mi amor" como si nada.
Diario, tú que me conoces, sabes que prefiero mil veces el huracán categoría 5 de su enojo que esta brisa envenenada de ternura. Cuando Natasha grita, al menos sé dónde estoy parado: en el banquillo de los acusados. Pero esto... Esto es como caminar por un campo minado con los ojos vendados y descalzos.
En la oficina, Balodia me encontró mirando el celular con cara de condenado a muerte.
—¿Qué te pasa, Ricardo?
—Natasha me está tratando bien.
Se le cayó el café. Él sabe. Todos los hombres casados saben que cuando una mujer perdona sin cobrar factura inmediata, es porque está elaborando un plan maestro de venganza cósmica. El me había llevado a casa esa fatídica noche, me ofreció su casa por si quería asilo conyugal.
Regresé a casa temblando como gelatina en terremoto. Y ahí estaba ella preparando la cena. "Mi plato favorito". Diario, casi lloro. Esto ya no es una venganza, es teatro psicológico de alto nivel. Natasha se graduó con honores en la Universidad de "Te voy a hacer sufrir sin tocarte un pelo".
—¿Qué celebramos? —me atreví a preguntar, con voz de ratón frente a la gata.
—Nada, corazón. Solo quiero consentirte.
"CORAZÓN". Ahora soy su corazón. Diario, ayúdame, creo que estoy en una dimensión paralela donde las mujeres perdonan sin represalias. O peor: estoy muerto y esto es el purgatorio.
Cené despacio, saboreando cada bocado como si fuera el último, porque probablemente lo sea. Cada vez que ella me sonreía, yo sentía que mi alma se encogía un poquito más.
Esta noche me voy a dormir otra vez con un ojo abierto. He pensado en confesarle que su perdón me está matando más que su enojo, pero tengo miedo de que esa sea precisamente su estrategia: que yo mismo me delate, que yo mismo pida el castigo como alivio.
Natasha es una estratega militar disfrazada de esposa amorosa. Y yo, querido diario, soy un soldado raso que llegó borracho al cuartel y ahora espera su corte marcial.
Mañana te cuento si sobrevivo otro día en esta paz terrorífica.
Si no escribo más, ya sabrás que la sonrisa finalmente cobró su precio.
"Deséame suerte."
"Ricardo", el hombre que aprendió que el verdadero miedo no viene del grito, sino del silencio que lo precede.
P.D.: El ficus me sigue mirando con reproche. Creo que también está conspirando contra mí.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios