Por: Ricardo Abud
Dicen que el amor te vuelve loco, pero nadie te advierte que el desamor te vuelve estadístico. La ruptura no me llevó al psicólogo; me llevó a TikTok, que es peor. Al menos el psicólogo cobra por hora y te escucha con paciencia, mientras que el brujo digital te destruye gratis mientras baila con música de suspenso y un filtro morado en la cara.
Ahí estaba yo, un hombre con neuronas aparentemente operativas, contando mis contactos de WhatsApp como si eso fuera a resolver el vacío existencial. Spoiler: no lo resolvió, pero me convirtió en un matemático del fracaso sentimental.
Todo empezó una noche cualquiera, de manera inocente, como todos los desastres. Un "maestro espiritual" con pestañas tan largas que parecían antenas parabólicas apareció diciendo que el universo tenía un mensaje urgente. Con toda la solemnidad de sus velas perfumadas, sentenció que mi ex estaba pensando en mí y que la señal definitiva estaba en mi cuarto contacto de WhatsApp. Y uno, con el corazón hecho puré de papa emocional, agarraba el teléfono como si fuera una llamada del más allá. Allí iba yo, sudando como inspector de impuestos en diciembre, revisando el cuarto contacto… y aparecía el grupo de mis hermanos mandando memes de gallinas musculosas y Piolines deprimidos. Según el cosmos, mis hermanos me amaban con fuego eterno esa noche. El universo tiene un sentido del humor brutal.
No conforme con eso, otro brujo afirmaba que la persona que yo amaba tenía la inicial de su nombre en mi mente. ¡Claro que estaba en mi mente! Me debía plata y todavía tenía un cepillo de dientes en mi baño. Aquello no era adivinación, era sentido común disfrazado de hechicería barata. Pero la desesperación no se rinde fácil y el cerebro del despechado se convierte en una licuadora sin tapa. Si el cuarto contacto fallaba, buscaba el primero con el dramatismo de un detective de película de suspenso… y el primer contacto era YO MISMO. El oráculo me estaba diciendo que la persona que más me quería en el mundo era yo. Filosóficamente profundo, pero emocionalmente devastador: era un insulto disfrazado de autoestima.
Caí tan bajo que empecé a buscar similitudes imposibles en cada rincón de mi agenda. Si el brujo decía que el nombre empezaba con M, yo recorría mis contactos con la lupa de Sherlock Holmes: Mamá, Mercado, Mecánico Tito… ¡Tito tiene una T que parece una M si la volteas! Estaba a punto de llamar al mecánico a las tres de la mañana para preguntarle si el destino nos quería juntos. La ridiculez llegó a niveles científicos cuando un mago de internet aseguró que mi ex me desbloquearía al escuchar una canción específica. La puse quince veces seguidas. Spotify ya pensaba que estaba criando una depresión premium y nadie desbloqueó nada. El único movimiento espiritual ocurrió cuando mi vecino golpeó la pared porque llevaba dos horas escuchando la misma canción triste como cantante de cantina abandonada.
Después entendí algo maravilloso: todos aquellos profetas del amor trabajan con frases tan ambiguas que sirven hasta para una tortuga divorciada. Te dicen que alguien de tu pasado piensa en ti, y claro, si tengo más pasado que futuro, en algún momento alguien tiene que aparecer, aunque sea mi maestra de primaria o el vecino que volvió para pedirme la escalera. Dicen que ven lágrimas, y sí, porque acababa de cortar cebolla viendo fotos viejas. Dicen que ven un regreso, y lo único que regresaba era el dolor de cabeza cada vez que revisaba su Instagram, donde me tiene bloqueado, no se que quiera buscar.
Liberarse de todo aquello fue hermoso. La paz llegó cuando comprendí que el futuro no puede depender de una señora llamada Mística Esmeralda 777 transmitiendo desde una cocina con eco y una cortina de baño atrás. El amor no regresa porque lo diga un video con música de suspenso, y mucho menos por reenviar cadenas para no perder "al amor de tu vida". Si mi felicidad depende de un algoritmo diseñado para que no dejes de hacer scroll, entonces mejor que se la lleven los espíritus.
Hoy miro hacia atrás y me río muchísimo. Durante meses viví aterrorizado por el cuarto contacto de WhatsApp como si allí estuviera escondido Nostradamus usando emojis. Mientras yo buscaba señales cósmicas en los recibos del supermercado y en las fases lunares, la vida seguía adelante tranquilamente, burlándose de mí con elegancia. Al final, comprendí que el único espíritu que realmente me perseguía era el del ridículo. Y ese, a diferencia de los brujos de TikTok, nunca falla sus predicciones. Por fin aprendí a escuchar al único contacto que importaba: ese primero en la lista, el que estuvo ahí todo el tiempo hablándose solo en la oscuridad, esperando que yo mismo me prestara atención.
Gracias a Dios llegó la cordura, llegó tarde como siempre, pero llegó. Un día cerré TikTok, guardé el teléfono, respiré profundo y entendí que ningún brujo con conexión a internet iba a sanar un corazón roto. Que el cuarto contacto de WhatsApp no sabe nada de amor. Que el universo no manda mensajes a través de algoritmos diseñados para que sigas viendo videos. Y que si hay alguien que sabe lo que necesitas después de una ruptura, ese alguien eres tú, ese primer contacto entrañable, ese que estuvo ahí todo el tiempo, hablándose solo en la oscuridad, esperando que alguien por fin lo escuchara.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.
P.D, Consejo, Vivan su duelo y alejense del telefono. El resumen de esta odisea digital es que el desamor, mezclado con el algoritmo de las redes sociales, crea una tormenta perfecta de ridiculez. La historia nos muestra cómo pasamos de ser personas funcionales a convertirnos en arqueólogos de lo absurdo, buscando respuestas místicas en grupos de WhatsApp llenos de memes familiares o intentando forzar iniciales en nombres de contactos que no tienen nada que ver con el amor. Los videntes digitales se aprovechan de esa vulnerabilidad usando frases tan vacías y genéricas que podrían aplicarse a cualquiera, mientras nosotros nos hundimos en la desesperación de esperar un mensaje a las 11:11 que termina siendo una promoción de pizza.
La verdadera sanación ocurre cuando se apaga la pantalla y se deja de buscar el destino en la "Mística Esmeralda" de turno. La paz llega al entender que el único contacto que realmente importa es uno mismo, ese que está ahí esperando a ser escuchado sin filtros ni música de suspenso. El duelo no se soluciona con datos, sino con silencio, distancia y la valentía de aceptar que si alguien tiene que estar en tu vida, no necesitarás un video de TikTok para descubrirlo.
¿Ha sido muy difícil para ti mantener esa distancia con el celular últimamente?

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