Querido diario
Escondiendo su nombre
Hoy, al salir del trabajo, me detuve a pensar en el esfuerzo que a veces nos exige la vida: ese esfuerzo silencioso, casi invisible, de sostenernos detrás del muro que levantamos frente a nuestra propia conciencia.
Hay pensamientos que duelen. Pensamientos que se han instalado en la memoria como huéspedes que nadie invitó, pero que se niegan a marcharse. Hoy luché con los míos. Intenté colocarlos en un contexto nuevo, en este presente que estoy construyendo, sin que esa parte de mí se revela, sin que la conciencia se enfadara conmigo por intentar resignificar lo que fue.
Fue en ese momento cuando volvieron los aprendizajes sobre la conciencia, esos que alguna vez me iluminaron y hoy me generan tantas contradicciones. Sentí pena. Una pena honesta, sin drama, pero profunda. Quizás por eso me encuentro escribiendo desde este lado del muro, y no desde el otro.
Y sin embargo… la paz que últimamente habita en mí sigue dando sus frutos. Abro los ojos y reconozco con claridad la imagen de aquello , y de quien , no me dejaba avanzar. Hay una extraña gratitud en eso.
Hubo alguien. Siempre hay alguien. Una presencia nacida del azar que se volvió necesaria. No necesita ser nombrada porque ya vive grabada en cada rincón de lo que uno es. Un amor que en su momento lo fue todo , el refugio, el vértigo, el origen de tantas tormentas y también de tantas calmas. Aún hoy, cuando el silencio se hace demasiado grande, algo dentro de mí susurra su eco. No con dolor ya, sino con la ternura que solo dejan las cosas que alguna vez fueron verdad.,
Hoy vi un narciso al borde del camino y me detuve. Hay flores que no necesitan ser tocadas para recordarte que existieron. Así es ese recuerdo , quieto, sin exigencias, sin reclamos. Solo presente. Como una melodía que ya no duele pero que tampoco puedes dejar de tararear en los momentos más inesperados. Ese amor me enseñó. Me rompió. Me hizo. Y aunque los caminos se separaron, hay una parte de mí que siempre guardará un lugar suave, sin nombre visible, solo para ese tiempo que fue.,
La vida nos transforma de maneras que no siempre comprendemos en el momento. Hay pérdidas que parecen el fin y que con el tiempo revelan ser el inicio de algo más auténtico, más alineado con lo que realmente somos. Aprendí que el amor verdadero no desaparece, simplemente muta, se convierte en sabiduría, en cicatriz que ya no duele al tocarla, en gratitud silenciosa por todo lo que fue y por todo lo que dejó de ser. Cada despedida lleva consigo una semilla que solo florece cuando uno está listo para recibirla.
Y hoy me siento listo. Listo para mirar hacia adelante sin negar lo que hubo, sin cargar lo que ya no me pertenece. Hay una ligereza nueva en mis pasos, una claridad que antes no tenía. Como si finalmente hubiera aprendido a sostener el pasado con las manos abiertas, sin apretar, sin soltar del todo, simplemente dejándolo ser lo que es: parte de mí, pero no todo yo. La vida sigue, y yo con ella, agradecido por cada versión de mí mismo que tuvo que romperse para llegar hasta aquí.
La vida, a veces sin que lo pidamos, nos coloca en lugares que nos hacen bien. Nos acerca a personas que no traen más que eso: paz. Una paz sencilla, sin condiciones, que simplemente te sostiene y te dice que puedes seguir.
Y hoy, puedo seguir.
P.D. Este diario guarda un secreto. Si lees con cuidado, encontrarás algo escondido entre estas líneas. No cualquier algo. El de alguien que, sin saberlo quizás, dejó una huella que estas palabras no pudieron evitar nombrar... a su manera.,

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