El regreso de las manecillas
Las manecillas del reloj no piden permiso. Alguien las empuja desde adentro, desde ese lugar oscuro donde vive la memoria, y el tiempo avanza a tropezones, sin elegancia, sin consideración por los que quedamos mirando cómo los años se doblan sobre sí mismos como papel mojado.
Hoy regreso a estas páginas con las manos vacías y el pecho lleno de cosas que no encuentran nombre.
Pensé en mi patria. No pude evitarlo. Esos pensamientos llegan solos, como el olor a tierra mojada que nadie convocó, y duelen de una manera que no tiene cura porque no tiene diagnóstico preciso. Lo que ocurre allá ya no pertenece al territorio de las ideas, ya no es debate, ya no es el intercambio honesto de visiones distintas sobre el futuro. Se ha convertido en algo más turbio, más pegajoso, en una realidad que compromete a las personas de maneras que preferíamos no contemplar. Como si el pensamiento hubiera agotado su turno y en su lugar hubiera entrado algo más primitivo, algo que no razona sino que simplemente ocurre, aplasta y sigue.
No sé si regresar. La frase suena simple y contiene un universo de contradicciones. Hay un llamado, lo escucho con una claridad que me incomoda, pero escuchar no obliga a obedecer y obedecer no garantiza nada bueno. La resignación y la aceptación parecen la misma cosa desde lejos, pero de cerca son enemigas: una rinde, la otra comprende. Todavía no sé en cuál de las dos estoy parado.
El día de hoy tuvo la textura de esas tardes que no terminan de definirse, ni grises del todo ni luminosas, suspendidas en una ambigüedad que cansa más que el trabajo duro. Hice las cosas que se hacen, las rutinas que sostienen la apariencia de normalidad, pero por debajo de cada gesto corría ese hilo tenso que conecta el presente con todo lo que dejé atrás. Comí sin hambre. Caminé sin destino claro. Miré por la ventana con esa expresión que uno pone cuando no está viendo lo que tiene enfrente sino algo que ya no existe o que quizás nunca existió con la exactitud con que lo recuerda.
La noche llegó como siempre llega cuando uno ha pensado demasiado: de golpe, sin aviso, cerrando puertas que durante el día parecían todavía abiertas. Y aquí estoy, con estas páginas como único testigo fiel de una jornada que no fue extraordinaria en ningún sentido visible, pero que pesó como pesan las cosas que no se pueden explicar en voz alta. Mañana el reloj volverá a moverse sin consultarme. Y yo volveré a mirar sus manecillas con esa mezcla de admiración y rencor que solo se siente cuando algo es más poderoso que uno y lo sabe.
Pero la vida, con toda su insolencia, se coló igual entre las grietas de este día cargado. Se coló en la risa de alguien que pasó cerca sin saber que yo la necesitaba, en el café de la mañana que quemaba justo como debe quemar, en esa canción que sonó desde algún lugar impreciso y que durante tres minutos exactos me devolvió a un tiempo donde las cosas pesaban menos porque aún no sabíamos cuánto iban a pesar.
La vida no pide permiso para ser hermosa, igual que el tiempo no lo pide para avanzar. Ambos operan con la misma indiferencia soberana, y sin embargo uno los agradece de maneras distintas: al tiempo con resignación, a la vida con algo parecido al asombro involuntario, ese que aparece sin que uno lo convoque y desaparece antes de que uno pueda retenerlo del todo.
Hoy hablé con alguien que también lleva su patria como una piedra dentro del bolsillo, siempre presente, siempre pesando, pero imposible de soltar porque soltar sería una forma de traición que ninguno de los dos está dispuesto a cometer. Nos miramos con esa complicidad silenciosa que no necesita explicación, la de los que entienden sin que se les diga, la de los que comparten una geografía del alma que no aparece en ningún mapa pero que duele con la precisión de una coordenada exacta. Fue una conversación corta, de esas que parecen pequeñas y luego resultan ser lo más verdadero que uno vivió en todo el día. Me fui de ahí con las manos todavía vacías, sí, pero con la certeza tibia de que no se está solo en este extraño ejercicio de vivir lejos de lo que uno más quiere, recordando lo que ya no es, esperando algo que todavía no tiene nombre.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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