En lo mas remoto del pueblo se decía que cuando una persona quedaba sola, la casa empezaba a comportarse de manera distinta. Las ventanas respiraban más hondo, las sillas crujían como si extrañaran un peso, y los espejos se volvían sinceros de una forma casi cruel.
A Lucía le ocurrió una mañana cualquiera. No había tormenta, ni discusiones, ni un adiós dramático. Simplemente se quedó sola. Y fue entonces cuando la casa despertó.
Las tazas lloraron gotas de agua tibia. Las plantas giraron sus hojas hacia ella, como esperando instrucciones. Y el reloj del pasillo, caprichoso como siempre, empezó a atrasarse para darle tiempo a entender lo que sentía.
Cada noche aparecía un temblor nuevo. Al principio era pequeño, como el zumbido de un insecto. Luego creció hasta volverse un oleaje que subía desde los pies hasta la garganta. Lucía pensó que era miedo, pero la anciana del pueblo —esa que todo lo sabía sin que nadie se lo contara— le explicó que no: “Es tu alma, niña. Estaba dormida. Ahora quiere salir a caminar.”
Y tenía razón. A medida que pasaban los días, Lucía empezó a notar que la casa se acomodaba alrededor de ese movimiento interno. Las paredes vibraban con ella. Las sombras la acompañaban en silencio. No era una locura; era una mudanza invisible.
Una noche el temblor se volvió tan fuerte que creyó que se rompería. Se sentó en el piso, abrazándose las rodillas, mientras la casa entera parecía contener la respiración. Pero en vez de romperse, algo dentro de ella se abrió, como una puerta que llevaba cerrada demasiados años.
Del hueco que se formó —un hueco cálido, sorprendentemente sereno— salió una luz tenue. No quemaba, no deslumbraba. Era calma. Una calma que se acomodó junto a ella como un gato recién adoptado.
A partir de entonces, la casa dejó de crujir. Las tazas dejaron de llorar. El reloj volvió a su tiempo.
Lucía también.
Porque había descubierto que la soledad no era un abismo, sino una casa que se aprende a habitar.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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