Luces del alma nuevamente.
Vuelvo a mirar mi vida con una serenidad que antes parecía imposible. He conocido golpes capaces de doblar el alma, pero también he recibido bendiciones que me recordaron que la luz siempre encuentra la manera de abrirse paso entre las sombras. Quizá esa sea la grandeza de vivir: aprender que el dolor y la gratitud pueden convivir en el mismo corazón sin anularse.
Poco a poco, después de la tragedia, todo empieza a encontrar nuevamente su cauce. No significa olvidar, sino aprender a caminar con las cicatrices convertidas en fortaleza. Mientras avanzo, no puedo dejar de pensar en quienes lo perdieron todo. Elevo una oración a nuestro Padre Creador para que les conceda la fuerza, la esperanza y el consuelo necesarios para levantarse una vez más. Nadie merece enfrentar el dolor en soledad, y deseo profundamente que cada uno encuentre una mano amiga y un nuevo motivo para seguir adelante.
Me emociona descubrir la complicidad que nace cuando empiezo a conocer a alguien o cuando un nuevo proyecto despierta mi entusiasmo. Esos pequeños comienzos tienen una magia especial; llegan sin hacer ruido y devuelven la ilusión que alguna vez creí perdida. No hay nada más hermoso que esa complicidad silenciosa que nace cuando empiezas a conocer a alguien de verdad, cuando las palabras sobran porque las miradas ya dicen todo, surgen los pensamientos y te los guardas en secreto, hasta que consideras que no son unidireccionales. Ese tipo de conexión no se busca, se encuentra cuando uno está listo para recibirla, y hoy, honestamente, siento que lo estoy. Del mismo modo, hay una ilusión nueva creciendo dentro de mí: proyectos que empiezan a tomar forma e ideas que antes parecían lejanas y ahora se sienten posibles. Cada paso que doy es un paso que me reconforta.
Mi vida continúa envuelta en el control y la paz que hoy he decidido imprimirle. Esa calma no nació por casualidad; fue construida con lágrimas, aprendizajes, silencios y una inmensa voluntad de no permitir que las circunstancias definieran quién soy. Descubrí que la verdadera fortaleza no consiste en no caer, sino en levantarse con un corazón todavía capaz de amar. Aprendí a valorarme y a tratarme con el mismo cariño que siempre di a otros sin medida. Quien tuvo la fortuna de caminar a mi lado alguna vez, sabe bien lo que soy capaz de dar: lealtad, entrega y un amor que no se guarda nada.
Hoy abrazo mi presente con una efervescencia distinta: la de quien sabe que aún quedan capítulos maravillosos por escribir. Ya no necesito demostrar mi valor; lo conozco. Ya no busco que todos permanezcan; aprendí que quienes realmente saben mirar reconocen el tesoro que tienen enfrente antes de que sea tarde. Mi esencia sigue intacta, más noble, más consciente y más llena de amor que nunca.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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