Querido diario
Domingo 30 de agosto 2026
PAZ
Sigo detrás de esas pequeñas cosas que, sin hacer ruido, consiguen devolverle a uno la paz. No hablo de una paz solemne ni de esas grandes transformaciones que uno anuncia como si tuviera todas las respuestas, sino de algo mucho más sencillo: encontrar un lugar donde el alma pueda sentarse un momento, respirar y dejar de defenderse.
Quizás por eso sigo pensando en Praga y, sobre todo, en Minsk. Hay lugares que uno visita y simplemente recuerda; otros, en cambio, parecen reconocerlo a uno. Praga me regaló quietud. Minsk me dio una sensación extraña y hermosa de familiaridad, como si por unos días hubiera encontrado una versión del mundo donde podía respirar sin tener que explicar demasiado quién soy ni por qué algunas cosas me cansaron tanto. La gente se parece a la gente, las miradas no necesitan demasiadas explicaciones y la vida parece avanzar con una dirección más sencilla. Tal vez eso sea lo que estoy buscando: un sitio donde la verdad no tenga que disfrazarse para sobrevivir.
Hoy pienso seriamente en bajarme del autobús de las traiciones políticas. He pasado demasiados años mirando cómo las palabras pierden su significado, cómo quienes hablan de principios terminan negociándolos cuando llega la hora de defenderlos y cómo uno puede terminar gastando la vida intentando entender contradicciones que quizá nunca tuvieron explicación. Me cansé de esos caminos donde cada promesa lleva escondida una renuncia y donde la lealtad termina siendo una palabra utilizada por quienes ya olvidaron su significado.
Quizás ha llegado el momento de entender que también es una forma de dignidad apartarse del ruido. Dejar de discutir con la tormenta. Escoger, finalmente, el lugar donde uno quiere que transcurran sus días.
No sé si quiero seguir allí. Cada día me interesa menos demostrar quién tuvo razón y cada día me interesa más estar en paz conmigo mismo. La vida se vuelve demasiado corta cuando uno la entrega a batallas que no le pertenecen.
Tal vez por eso he comenzado a imaginar una vida en otras latitudes. Una casa tranquila. Una ciudad que no me reclame. Caminar sin prisa, sentarme en algún lugar y mirar pasar la tarde, tener conversaciones que no necesiten máscaras y despertar sin sentir que debo prepararme para otra decepción. Quizás pasar lo que resta de vida lejos del ruido no sea escapar, sino regresar lentamente a mí mismo.
También he aprendido que algunos recuerdos no necesitan ser expulsados para poder continuar. Hay cosas que simplemente deben encontrar un lugar tranquilo dentro de nosotros, donde el tiempo pueda hacer su trabajo. No todo lo que se pierde debe recuperarse. No todo lo que alguna vez fue importante tiene que seguir ocupando el mismo lugar.
Hay personas que uno deja de buscar, pero no por eso deja de agradecer que hayan pasado por su vida.
Quizás algún día una calle, una canción, una fecha cualquiera o una ciudad lejana me devuelva por un instante a una época que ya no existe. Y seguramente sonreiré. No porque quiera volver, sino porque habré comprendido que incluso aquello que terminó tuvo sentido mientras duró. Algunas presencias terminan convirtiéndose en señales silenciosas: una memoria que ya no duele, una mirada que permanece en algún rincón de la conciencia, una parte de nosotros que aprendió algo que solo el tiempo podía enseñarle.
Quizás esa sea la forma más limpia de despedirse de ciertas cosas: no pronunciando una despedida, sino dejando de necesitarlas.
Dios sabrá si Minsk será algún día mi destino o solamente el símbolo de algo que todavía estoy buscando. A estas alturas tampoco quiero exigirle respuestas al futuro. Después de tantas certezas ajenas, me conformo con una pequeña certeza propia: quiero vivir los años que me queden con menos ruido y más verdad.
Quiero que mi vida vuelva a parecerse a mí.
Y si para conseguirlo tengo que cruzar medio mundo, cambiar de idioma, acostumbrarme a otros inviernos y aprender nuevamente a sentirme extranjero, quizá no sea un precio demasiado alto. Tal vez algunas veces Dios no nos saca de un lugar porque nos haya abandonado, sino porque quiere enseñarnos que todavía existe mundo después de aquello que creíamos que era nuestro mundo entero.
Hoy no quiero pelear.
Hoy quiero estar en paz.
No sé cuánto camino queda, ni dónde terminará. Pero por primera vez en mucho tiempo siento que no necesito saberlo todo. Me basta con avanzar despacio hacia ese lugar donde mi alma pueda finalmente dejar las maletas en el suelo.
Y quizá, después de tantos años, eso sea suficiente.

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