Por: Ricardo Abud
Estimados amigos extraterrestres:
Nuevamente me veo obligado a tomar lápiz y papel porque ya me da vergüenza mandarles un mensaje telepático y mis manos tiemblan de la pena para ofrecerles disculpas en nombre de la especie humana.
Sé que la última vez quedamos en que el asunto de los Therians era una especie de episodio pasajero de confusión juvenil, una moda peculiar en la que algunos muchachos decidieron que su verdadera identidad espiritual estaba escondida detrás de un perro, un gato, un zorro, un lobo de clóset, un gato de oficina o cualquier criatura disponible en el catálogo de especies.
Ustedes, con admirable paciencia intergaláctica y lógica impecable, entendieron la situación. Incluso llegamos a algunos acuerdos: ustedes prometieron no bajar a exterminarnos todavía, y yo regresé a la Tierra con la esperanza de que la humanidad hubiera tocado fondo, vigilando la situación.
¡Qué ingenuidad la mía! El contrato hay que renegociarlo, porque la especie ha mutado otra vez y el diagnóstico es peor.
Hoy vuelvo a escribirles para informarles que hemos encontrado una nueva fase de evolución humana: “Farmear Aura”.
No sé exactamente qué laboratorio clandestino produjo semejante fenómeno. Desconozco si comenzó con una mutación, una intoxicación colectiva, una oferta de bebidas energéticas, agua potable contaminada capaz de convertir neuronas en caramelo, o el algoritmo, que es peor que el agua, porque al menos esta hidrata y el algoritmo solo idiotiza en tiempo récord.
Lo único que puedo afirmar es que la juventud ha descubierto una nueva disciplina competitiva: hacer gestos, poses extrañas con las manos, la cara o el cuerpo entero, movimientos y demostraciones de superioridad social en plena calle, en el metro o en el supermercado, mientras intentan acumular algo llamado “aura”.
Y gana quien parezca más extraordinariamente absurdo. Gana qué, se preguntarán ustedes con esa honestidad alienígena. Nada. Absolutamente nada: ni dinero, ni comida, ni territorio, ni pareja. Gana puntos invisibles de un marcador que solo existe en su cabeza, algo así como coleccionar medallas olímpicas de un deporte que inventaron ellos mismos hace tres martes, sin que nadie sepa explicar por qué gana quien gana.
Durante millones de años, nuestra especie desarrolló agricultura, escritura, filosofía, matemáticas, medicina, ingeniería, telescopios, computadoras y naves espaciales. Y ahora estamos mirando a un muchacho hacer una cara frente a una cámara o pelear a punta de pestañeos y movimientos de cadera mientras otro responde haciendo una cara todavía más rara. Progreso puro.
Darwin debe estar revolcándose en su tumba, no porque su teoría estuviera equivocada, sino porque jamás imaginó que la selección natural terminaría convirtiéndose en una competencia para determinar quién puede permanecer inmóvil mirando fijamente a una cámara mientras sus amigos gritan que está “farmeando aura”.
Y cuando uno cree que la especie alcanzó el límite de lo absurdo, aparecen los Teen Takeovers: grupos de jóvenes que se reúnen para irrumpir en centros comerciales, tiendas o cualquier espacio público para correr, gritar, bailar, provocar desorden y grabarlo todo con sus teléfonos en directo, mientras una multitud contempla el espectáculo como si presenciara la llegada del Mesías. El caos es el contenido, la multitud es el público y el teléfono es la televisión de una civilización que ya no necesita cadenas de noticias para transmitir su propia decadencia.
Lo verdaderamente fascinante es que antes hacíamos cosas para tener una historia que contar; ahora hacemos cosas para tener un video que publicar. Si conseguimos suficientes reproducciones, la conducta deja de ser absurda y mágicamente adquiere valor social mediante la economía de la atención aplicada al vandalismo.
Por si fuera poco, la misma generación que farmea aura en la calle es la que, a los dieciocho años y sin haber pagado un solo impuesto ni sufrido un desamor con hipoteca de por medio, se atreve a darme consejos de autoayuda. Me hablan de "sanar mi niño interior" mientras a mí lo único que me interesa sanar es la paciencia y me leen el horóscopo sin que yo lo pida, asegurando con total autoridad astral que mi ex va a volver, cuando ni Mercurio retrógrado ni la NASA con todos sus telescopios podrían predecir semejante catástrofe.
Queridos hermanos cósmicos, necesito que comprendan que esto no representa necesariamente a toda nuestra juventud. Hay millones de jóvenes estudiando, trabajando, inventando, investigando, creando empresas, haciendo música, practicando deportes, cuidando a sus familias y tratando de sobrevivir a un mundo que los adultos les entregamos bastante mal organizado.
Pero internet tiene una habilidad extraordinaria: encuentra a los diez individuos más extravagantes del planeta, los pone frente a una cámara y nos convence de que representan a toda una generación. Quizás no estamos presenciando el colapso de la inteligencia humana, sino el colapso de nuestra capacidad para distinguir lo importante de lo viral.
Antes una persona hacía una tontería y quedaba en la memoria de doce vecinos; ahora la graba en vertical, le recibe tres millones de reproducciones y, al día siguiente, tenemos veinte mil personas intentando superarla. La humanidad ha conseguido industrializar la estupidez.
Pero no se preocupen demasiado; también tenemos otras maravillas. Por ejemplo, algunos consideran que sus mascotas son sus hijos: les compran ropa, cumpleaños, juguetes, camas ortopédicas y comida gourmet. Visto desde afuera, parecía una prueba de civilización compasiva, hasta que recordamos que esos mismos humanos tienen dificultades para responder un correo electrónico sin escribir “jajaja”.
Después vino la transformación completa:
“Mi mascota es mi bebé”.
“Me identifico con un animal”.
“Voy a vestirme como un animal”.
“Voy a hacer una batalla de gestos con otro humano para demostrar quién tiene más aura”.
“Voy a invadir un centro comercial con mi teléfono”.
Si están tomando notas, subrayen esto: la especie humana necesita pertenecer a algo. Cuando somos jóvenes buscamos identidad, reconocimiento y aprobación. Antes lo conseguíamos formando bandas, equipos deportivos o tribus urbanas; ahora lo hacemos frente a un teléfono que no duerme, no come, no descansa, no tiene criterio y premia cualquier conducta que mantenga nuestra atención.
Así que quizá el verdadero extraterrestre no sea el muchacho haciendo gestos frente a una cámara, sino el algoritmo: ese pequeño organismo invisible que nos observa desde un servidor y murmura: “¿Eso fue suficientemente estúpido? No. Hazlo otra vez.” Y nosotros obedecemos.
Por eso debo retractarme parcialmente: no estamos necesariamente ante una “generación de cristal” destinada a exterminarnos, sino ante una generación perfectamente capaz de sobrevivir, pero atrapada en un sistema que recompensa su peor comportamiento.
Y eso incluye a los adultos. Sería muy cómodo culpar exclusivamente a los jóvenes mientras nosotros pasamos horas viendo videos de personas peleándose, influencers con vidas artificiales y desconocidos discutiendo sobre la nada. El adulto que comparte un video burlándose de un joven hace esto: se queja del incendio mientras le echa gasolina para grabarlo en alta definición. Ayudamos a financiar la estupidez que criticamos.
Así que no, queridos extraterrestres: todavía no nos exterminen. Denos unos años más, tal vez una generación, mientras esta cohorte termina de farmear toda el aura del planeta, organiza un par de Teen Takeovers más y pasa a la siguiente obsesión que espero sea algo más digno, como coleccionar estampillas, aprender a cocinar un huevo o descubrir que existe una vida fuera del teléfono.
Quizá podamos recuperar el sentido común, aunque no puedo garantizarlo. Mientras escribo esto, probablemente algún muchacho intente conseguir “aura negativa”, otro esté disfrazado de mapache, un tercero explique que su perro es su hijo y un cuarto invente una competición de mirar una pared durante cuarenta segundos. Y millones estarán mirando.
Eso es lo verdaderamente preocupante: no que nuestros jóvenes hagan el ridículo siempre lo hemos hecho, sino que ahora tenemos tecnología suficiente para que el planeta entero pueda contemplarlo simultáneamente.
La raza humana todavía tiene científicos, médicos, ingenieros, artistas, agricultores, profesores y jóvenes extraordinarios. También tenemos idiotas. Muchísimos. Pero, para ser justos, esos últimos no son una innovación reciente; probablemente ustedes también tengan alguno en su planeta. La diferencia es que nosotros les dimos internet, y ahora estamos esperando a ver qué pasa.
Por favor, no aterricen todavía.
Con profunda vergüenza interplanetaria,
Un representante temporalmente cuerdo de la especie humana
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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