Lo que el silencio decide guardar


Por: Ricardo Abud 

Algunas cargas no se ven, aunque sean precisamente las que más terminan cansando. Hay días en los que el cuerpo continúa por costumbre, mientras el alma parece caminar varios pasos detrás, arrastrando aquello que nunca pudo decirse del todo. 

Uno aprende a convivir con ciertos recuerdos de una manera extraña: deja de mencionarlos, deja de buscarlos y hasta consigue aparentar que los ha dejado atrás, pero basta una palabra, una canción, un lugar o una fecha para descubrir que algunas cosas no desaparecieron; simplemente aprendieron a quedarse en silencio.

Por eso aquella palabra tuvo un peso distinto cuando salió de sus labios: «Supérame». Quizá para ella fue solamente una palabra, una manera de decir que debía continuar, que ya era tiempo de mirar hacia adelante. Pero ella no podía saber que quien la escuchaba había compartido demasiados sueños con ella como para recibirlas con indiferencia. Hubo un tiempo en que hablaban del futuro como si les perteneciera, como si aquellos planes fueran a encontrar su momento y como si ellos fueran a estar allí para vivirlos. No eran simples ilusiones; eran pequeñas certezas que construían entre los dos. Y quizá por eso cuesta tanto aceptar que algunas certezas terminan convertidas en recuerdos.

No es que no haya intentado superarla. Lo ha hecho de todas las maneras que conoce alguien que entiende que ya no puede regresar al lugar donde fue feliz. Ha aprendido a no preguntar, a no buscar respuestas donde probablemente ya no existen, a aceptar silencios que alguna vez le habrían resultado insoportables y a continuar con su vida aunque ciertas noches todavía tengan la costumbre de devolverle aquello que durante el día consigue mantener lejos. Pero superar a alguien no funciona como cerrar una puerta. No existe un instante preciso en el que uno pueda decir «ya está». A veces simplemente aprenden a vivir sin tocar la puerta, aunque sepan perfectamente qué hay detrás.

Y quizá eso sea lo que ella nunca llegue a entender, o quizá sí: que no ha permanecido en el pasado porque quiera volver, sino porque algunas personas dejan una huella que no desaparece solamente porque la historia haya terminado. Puede aceptar que sus caminos tomaron direcciones distintas y, al mismo tiempo, reconocer que hubo una parte de su vida que solamente tuvo sentido porque ella estuvo allí. El corazón puede aceptar una despedida y conservar, aun así, cariño por aquello que alguna vez creyó eterno.

Así que sí, algún día el quizá consiga superarla. Tal vez llegue una mañana en la que su nombre ya no provoque ese silencio que aparece antes de que uno consiga disimular lo que siente. Tal vez pueda recordar sus sueños sin preguntarse qué habría ocurrido si la vida hubiera elegido otra versión de ellos. Pero cuando llegue ese día, no será porque haya borrado lo vivido; será porque finalmente aprendió a llevarlo sin que le rompa.

Por ahora, prefiere no pedirle más respuestas a esta noche. Servirá un poco de whisky y levantará el vaso por todo aquello que alguna vez imaginaron, por las palabras que llegaron tarde y por las que nunca encontraron el valor de decir. Dejará que el ardor le recuerde, aunque sea por unos minutos, que todavía está aquí, mientras acepta que algunas despedidas no necesitan una última conversación: basta con quedarse a solas, mirar el vaso, sonreír con tristeza y entender que también se puede querer algo mientras se aprende a dejarlo ir.

Después apagará la luz y dejará que el silencio termine lo que ellos no supieron terminar. Mañana será otro día, se repetirá, como si todavía hubiera una cantidad infinita de mañanas esperando. Y quizá esa sea la última mentira piadosa que se permita esta noche. Porque el tiempo sigue avanzando, los días se hacen menos y, al final, tal vez lo verdaderamente triste no sea tener que superarla, sino descubrir que cuando por fin lo consiga, habrán quedado demasiado pocos días para volver a ser quienes alguna vez soñaron que serían.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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