Una palabras en tu cumpleaños mi Areanna


Por: Ricardo Abud 

Hoy hago un alto en todos los proyectos, en las obligaciones, en ese afán absurdo de seguir construyendo cosas mientras la vida pasa por debajo de nuestros pies sin pedir permiso. Me siento con un whisky y, de pronto, los recuerdos llegan sin tocar la puerta. 

No llegan ordenados ni tranquilos; llegan como una lluvia intempestiva que moja lugares del alma que uno creía secos. Y entre ellos apareces tú, hija mía, con esa fuerza que tienen los recuerdos verdaderos: la capacidad de devolvernos, por unos segundos, a un tiempo que ya no existe y que, sin embargo, sigue viviendo dentro de nosotros.

Recuerdo tu nacimiento como si hubiera ocurrido ayer. Recuerdo la alegría que trajiste a la casa, esa manera misteriosa en que un ser tan pequeño puede modificarlo todo y llenar de sentido espacios que antes parecían vacíos. Yo quise llamarte Areanna. Ese fue el nombre que imaginé, el nombre que pronuncié en mi cabeza antes de tenerte en mis brazos, quizá porque ya desde entonces estaba tratando de darle una identidad a ese pequeño milagro que venía hacia nosotros. Pero en tu certificado de nacimiento quedó escrito Ariana. Y aunque un papel terminó imponiendo un nombre, para mí siempre hubo una Areanna antes de Ariana: una niña que nació primero en mi imaginación y después llegó al mundo para enseñarme una forma de amor que no sabía que podía existir.

Tu pelo rizado, tu belleza natural, aquella carita que me embobaba cada vez que te tenía entre mis brazos… Son imágenes que no necesitan fotografías para permanecer intactas. El tiempo puede llevarse muchas cosas, puede cambiar los rostros, las casas, las circunstancias y hasta las personas que fuimos, pero hay recuerdos que se niegan a envejecer. Tú eras pequeña y yo podía sostenerte contra mi pecho, protegerte del mundo con la ingenuidad de quien todavía cree que el amor de un padre puede ser un escudo contra cualquier cosa. Quizá esa sea una de las primeras grandes mentiras que aprendemos a aceptar: que podemos proteger para siempre a nuestros hijos de aquello que inevitablemente tendrán que vivir.

Después creciste. Y creciste a tu manera, no a la manera que yo había imaginado. Llegó tu irreverencia, esa personalidad que tantas veces nos hizo discutir y que quizá, vista desde la distancia, también era una forma de anunciar que estabas dejando de ser aquella niña que cabía entre mis brazos. Carmen, tu mamá, muchas veces fue tu cómplice, como también lo fue con Andrés y Adrean. Tal vez ustedes encontraron en ella una aliada que yo no supe ser en determinados momentos. Tal vez yo confundí demasiadas veces el amor con la necesidad de corregir, orientar, controlar o proteger. Los padres también cometemos ese error: queremos construirles el camino a nuestros hijos cuando nuestra verdadera tarea quizá sea aprender a caminar a su lado, incluso cuando toman rutas que no entendemos.

Y cuando pienso en aquellos años, no puedo separar tu historia de la de Andrés y Adrean, porque ustedes fueron creciendo dentro de una misma familia, compartiendo alegrías, diferencias, travesuras, discusiones y esos pequeños episodios cotidianos que entonces parecían insignificantes y que hoy adquieren un valor enorme. Carmen estaba allí, acompañándolos a su manera, siendo cómplice de cada uno, y yo estaba intentando encontrar mi propio lugar entre ustedes, muchas veces acertando y otras tantas equivocándome. Quizá no comprendimos mientras ocurría que esos días aparentemente comunes serían precisamente los que algún día más íbamos a extrañar.

Cada uno de ustedes fue dejando una huella distinta en nuestra casa. Andrés con su propia manera de ser, Adrean con la suya y tú, mi Areanna, con esa irreverencia que tantas veces me desafiaba. Éramos una familia, con nuestras virtudes y nuestras imperfecciones, con momentos luminosos y otros difíciles, pero éramos nosotros. Y quizá eso sea lo que más pesa cuando llega la nostalgia: no extrañar solamente a una persona, sino extrañar una época entera en la que todos parecíamos estar más cerca, cuando todavía no sabíamos cuánto iba a cambiar la vida.

Y no sé exactamente cuándo cambió todo. Esa es quizás la parte que más me duele. No existe un día señalado en el calendario que pueda identificar como el momento en que las cosas dejaron de ser como antes. No hubo una campana, una despedida ni una última vez anunciada. Simplemente, poco a poco, la vida fue haciendo su trabajo y nos fue colocando en lugares distintos. Un día descubrí que ya no podía cargarte en mis brazos; después descubrí que tampoco podía solucionar tus problemas; y finalmente comprendí que hay distancias que ningún padre puede atravesar por voluntad propia. Quizá así crecen los hijos: mientras ellos se alejan hacia su propia vida, uno permanece mirando hacia atrás, intentando encontrar el momento exacto en que aquella niña se convirtió en la mujer que ya no necesita que la sostengamos de la misma manera.

Hoy, en tu cumpleaños, me sorprende la nostalgia. Me toma desprevenido y me aprieta el corazón hasta hacerlo más pequeño de lo que ya queda de él. Reviso mis recuerdos como quien hace un inventario de una casa que pronto tendrá que abandonar, buscando entre las cosas aquello que todavía conserva el calor de una vida compartida. Y cada objeto, cada fotografía, cada escena que vuelve a mi memoria parece preguntarme lo mismo: ¿en qué momento dejamos de ser aquellos que éramos?

No tengo una respuesta. Quizá nadie la tenga. La vida no siempre ofrece explicaciones para sus pérdidas, sus distancias ni sus silencios. A veces simplemente nos obliga a aceptar que amar también significa extrañar, que recordar también puede doler y que un padre puede sentirse orgulloso, herido, agradecido y triste al mismo tiempo. Todas esas emociones pueden convivir en el mismo corazón sin anularse unas a otras.

Pero hay algo que quiero que permanezca intacto, más allá de cualquier circunstancia, de cualquier distancia y de cualquier cosa que haya ocurrido entre nosotros: el amor con el que te recibí en este mundo. Ese amor no depende de tus aciertos ni de tus errores, de nuestras coincidencias ni de nuestras diferencias. Tampoco depende de que la vida haya resultado como alguna vez imaginamos. Te amé cuando eras aquella niña de pelo rizado que me cabía entre los brazos y te amo ahora, cuando ya eres una mujer con su propia historia, sus propias decisiones y sus propios silencios.

Hoy levanto este whisky por ti, Ariana en el papel, Areanna en el lugar donde primero exististe: mi imaginación, mi esperanza y mi corazón. Brindo por aquella niña que alguna vez me miró desde mis brazos sin saber que estaba cambiando para siempre la vida de su padre. Brindo por la mujer en la que te has convertido y por todo aquello que todavía desconozco de tu camino. Y, sobre todo, brindo porque algún día, cuando la vida nos permita mirar hacia atrás sin heridas abiertas, podamos encontrarnos nuevamente en algún punto del camino y reconocernos sin necesidad de explicaciones.

Feliz cumpleaños, hija mía.

Quizá el tiempo haya cambiado muchas cosas, pero jamás podrá cambiar el instante en que llegaste a mi vida y me enseñaste que un corazón puede crecer hasta el infinito… y también hacerse pequeño de nostalgia cuando extraña aquello que más ama.

Con todo mi amor,

Papá (Con el cansancio a cuestas)

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