Por: Ricardo Abud
Han pasado más de cinco años desde la última vez que pude verte, madre, y todavía me cuesta comprender cómo puede seguir avanzando el mundo cuando una parte de nosotros se quedó contigo. Cinco años pueden parecer muchísimo tiempo, pero cuando se trata de una madre, el tiempo no consigue hacer que la ausencia duela menos. Solo nos enseña a caminar con ella.
Mis hermanos dicen que sueñan contigo a menudo. Yo no sueño contigo, mamá. Quizás porque no necesito hacerlo. Te recuerdo despierto, todos los días, en esos momentos inesperados en los que la vida me pone delante alguna situación y, casi automáticamente, aparece la misma pregunta: “¿Qué harías tú, madre?” Y entonces vuelves. Vuelves con tus ocurrencias, con tus locuras, con tus regaños, con esa manera tan tuya de querer. Vuelves en los pequeños recuerdos que antes parecían insignificantes y que hoy comprendo que eran algunos de los momentos más valiosos de mi vida.
Recuerdo llegar a casa después del trabajo. Tú sabías que venía cansado y hambriento. No hacía falta que mediáramos muchas palabras. Te metías en la cocina y, a los pocos minutos, aparecía la comida servida. Yo me sentaba y devoraba aquel plato como si no hubiera comido en días, mientras tú te quedabas mirándome. Esperabas pacientemente a que terminara. Y solo entonces, cuando ya había acabado de comer, me decías: “Ya te puedo hablar, coño e… tu madre.” Qué daría hoy por escuchar nuevamente esa frase. Qué daría por volver a llegar a casa y encontrarte allí. Por verte entrar en la cocina, por escucharte hablar, por tener otra vez delante uno de esos momentos que entonces parecían tan normales y que hoy son recuerdos que guardo como verdaderos tesoros. Porque ahora lo entiendo: tú convertías la rutina en amor.
Todavía recuerdo con una sonrisa nostálgica aquellas tardes en las que salías de la diálisis y, con esa complicidad que solo nosotros teníamos, me pedías que nos desviáramos un momento para ir a buscar tu ansiado vaso de agua de coco fresca; yo siempre accedía feliz con tal de verte un poco más animado, aunque al instante comenzaban las inevitables protestas de Neye, que refunfuñaba entre regaños y cuidados porque sabía que te estabas saltando la dieta, convirtiendo ese pequeño instante en uno de esos recuerdos entrañables y llenos de vida que hoy guardo muy dentro de mi corazón.
Porque uno nunca sabe que está viviendo un recuerdo mientras lo está viviendo. Uno cree que tendrá mañana para repetirlo. Cree que habrá otra conversación, otro trayecto, otra comida, otro abrazo. Y algunas veces la vida decide que no. Esa es una de sus verdades más duras: nos hace creer que tenemos tiempo infinito con las personas que amamos. Por eso hoy miro hacia atrás y entiendo que muchos de aquellos días aparentemente comunes eran, en realidad, pedazos de felicidad.
Tú no necesitabas hacer grandes cosas para demostrarnos tu amor. Lo hacías en la manera en que cuidabas, en la comida que preparabas, en la preocupación silenciosa, en los regaños, en las preguntas, en ese estar pendiente de nosotros incluso cuando no decías nada. Tu amor estaba en los detalles. Y quizá por eso tu ausencia se siente tanto en los detalles: se siente al llegar a casa, frente a un plato de comida, cuando sucede algo y quisiera preguntarte qué hacer, o cuando recordamos alguna de tus locuras y nos reímos, aunque después de la risa aparezca ese nudo en la garganta que nos recuerda que ya no podemos llamarte.
Te extrañamos, Aura. Te extrañamos en las grandes cosas, pero mucho más en las pequeñas. En nuestra vida cotidiana. En aquello que solamente nosotros entendemos. En esas escenas que nadie más podría contar como nosotros porque fueron parte de nuestra historia, de nuestra familia, de nuestra vida contigo.
A veces quisiera sentarme nuevamente a tu lado y hablarte de todo lo que ha pasado. Contarte lo que hemos vivido durante estos años. Preguntarte qué piensas. Escuchar tus consejos. Incluso recibir alguno de tus regaños. Hoy daría cualquier cosa por una conversación más. Una sola. No necesitaría que fuera larga. Solo quisiera escucharte. Y quizá te contaría algo que en vida no siempre sabemos decir con suficiente claridad: qué importante fuiste, qué importante sigues siendo.
Porque una madre no desaparece completamente cuando deja este mundo. Se marcha su cuerpo, su voz, sus manos, su presencia física. Pero permanece algo mucho más profundo: todo lo que sembró en quienes amó. Tú permaneces en nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestras historias, en nuestras conversaciones, en las cosas que hacemos y que aprendimos de ti, en esa frase que todavía podemos escuchar en nuestra memoria: “Ya te puedo hablar, coño e… tu madre.”
Y entonces sonreímos. Porque hasta la tristeza tiene momentos en los que se parece al amor.
Más de cinco años después, todavía nos haces falta. La vida sin ti se hace cuesta arriba algunas veces. Hay días en los que uno se siente fuerte y otros en los que quisiera volver a ser aquel hijo que simplemente llegaba a casa, se sentaba a comer y sabía que su madre estaba allí. Pero seguimos. Seguimos llevando contigo todo lo que nos diste. Seguimos pronunciando tu nombre. Seguimos riéndonos de tus locuras. Seguimos recordando tus refunfuños. Seguimos preguntándonos qué harías tú.
Y quizás esa sea una de las formas más bonitas de permanecer para siempre: vivir en el corazón de quienes todavía te hablan aunque ya no puedan escucharte. Yo no sueño contigo, madre. Te recuerdo. Te recuerdo todos los días. Y mientras exista en mí un recuerdo de tu voz, de tu mirada, de tus manos, de tus ocurrencias, de aquellos platos servidos, de aquellos caminos después de la diálisis y de aquella mujer que fue capaz de hacer del amor una forma cotidiana de vivir, nunca estarás completamente lejos.
Porque algunas personas dejan una ausencia. Pero una madre como tú deja una huella. Y esa huella no la borra el tiempo.
Aura, madre amada, cuánto nos haces falta. Y cuánto te seguimos queriendo.
PD. Lamento haber roto la promesa que te hice, ella decidio otra cosa.

0 Comentarios