Mi rutina Cardio-Ocular en el Gimnasio, o eso dicen.


Por: Ricardo Abud 

Mi historia con las pesas empezó como una historia de amor y terminó como una comedia de errores judiciales. Todos los días, de lunes a viernes, religiosamente, entro al gimnasio con la disciplina de un monje tibetano y la ropa de un superhéroe en crisis existencial. 

Una hora. Hago sentadillas, levanto mancuernas, sudo como si estuviera pagando una deuda con el universo y hasta pongo cara de sufrimiento para que nadie dude de mi compromiso con el deporte.

Todavía estoy en la etapa en que hago una sentadilla y todo lo que me indican y ya he aprendido. He soportado series, he cambiado mi rutina, he sacrificado comodidad. Pero mi reputación fuera de este templo del sudor es la de un simple mirón con abdominales de mentira.

¡Dos meses! ¡Dos meses llevo intentando convencer a mi cuerpo de que una pesa de veinte kilos no es un objeto diseñado exclusivamente para aplastarme los brazos! Y la gente insiste: «Ese va es a mirar mujeres».

Bueno… tampoco voy a mentir.

Tengo ojos. Y los ojos, a diferencia de mis bíceps, funcionan perfectamente.

Uno entra al gimnasio y pretende mantener una concentración absoluta en el ejercicio. Yo lo intento. De verdad que lo intento. Me pongo frente a la máquina, ajusto el asiento, reviso el peso, respiro, me concentro. Pero en algún momento entre la serie dos y la serie tres, mis ojos traidores, indisciplinados, con vida propia deciden hacer su propia rutina de cardio visual. No es que yo los mande. Ellos se van solos, como turistas sin mapa, a explorar territorios que ni Google Maps se atreve a indexar.

Y de repente aparece en mi campo visual una mujer con una ropa deportiva que parece haber sido diseñada por un comité internacional de belleza cuyo objetivo era poner a prueba la capacidad de autocontrol del hombre promedio. ¿Y qué hago? ¿Cierro los ojos? ¿Me vendo la cara con la toalla? ¿Me pongo mirando hacia la pared? ¡No puedo! Yo no soy un caballo de carreras al que le ponen gringolas, aunque alguien siempre quiso que las usara.

Si estoy haciendo ejercicio y miro accidentalmente hacia algún lado, eso no significa que haya abandonado mi rutina. Puede ser perfectamente una coincidencia óptica. Yo estoy haciendo bíceps. La muchacha está caminando. Mis ojos detectan movimiento. Mi cerebro procesa información. ¡Eso es biología, y yo no puedo discutir con ella!

Lo que sí puedo hacer es tratar de disimular, y ahí es donde mi talento alcanza niveles olímpicos. Uno puede mirar durante medio segundo y luego hacer como si estuviera profundamente interesado en la estructura arquitectónica del gimnasio. Qué interesante esa pared. Una pared blanca, sin absolutamente nada. Pero yo la observo como si fuera la Capilla Sixtina. Extraordinaria textura. Cinco segundos después: Magnífica pintura. Diez segundos: Nunca había reparado en ese enchufe. Todo con tal de que nadie sospeche.

Pero fuera de este templo no confian en mi,  no me preguntan «¿cuánto levantas?», me preguntan «¿qué tanto ves?», como si yo tuviera un doctorado en apreciación de licras. Una vez estaba haciendo sentadillas y recibí dos mensajes de texto de mis hermanos, Alfredo y Roberto, (quienes) se pusieron de acuerdo para escrbirme: «¡Ricardo, concéntrate!», juegan con mis sentimientos. ¿Cómo saben? ¡Si yo estaba concentradísimo! Tenía las piernas temblando, la espalda sudada y una expresión facial que parecía indicar que estaba tratando de recordar la contraseña de mi banco. ¿Dónde estaba mi mente? En la sentadilla. Bueno… en la sentadilla y en un pequeño sector del gimnasio que estaba dentro de mi campo visual. No soy culpable de tener visión periférica. De hecho, estoy empezando a sospechar que mi visión periférica trabaja más que mis abdominales.

Mis abdominales llevan dos meses esperando resultados. Mis ojos, en cambio, están haciendo horas extras. Ya hasta pienso que debería pagarles membresía aparte. El entrenador: Tres series de doce. Mis brazos: No podemos. Mis piernas: Renunciamos. Mi espalda: Nos vemos mañana. Mis ojos: ¡Nosotros estamos disponibles para cualquier eventualidad!

El colmo fue la semana pasada, cuando un vecino, con la paciencia de un santo y la cara de quien ya perdió la fe en la humanidad, me dijo: «Mano, tú vas a entrenar los músculos, no las pupilas». Y yo, con toda la dignidad que me quedaba, le respondí que las pupilas también son músculos, que se contraen y se dilatan, que técnicamente estaba haciendo cardio ocular. No le hizo gracia. A mí, en cambio, me pareció una defensa jurídicamente sólida.

Ahora compro colirio como si fuera suplemento proteico. Tengo un frasquito en cada bolsillo de cada short deportivo que poseo, como un vaquero del viejo oeste pero en vez de pistolas, gotas para los ojos. La cajera de la farmacia ya me saluda por mi nombre; creo que hasta me tiene apartado un descuento por cliente frecuente del sufrimiento ocular.

Tampoco quiero que se me malinterprete. Yo no voy al gimnasio exclusivamente a mirar mujeres. Eso sería injusto. También voy a sufrir. Porque sufrir, eso sí, lo hago profesionalmente. Llevo dos meses y ya conozco perfectamente la diferencia entre dolor muscular y arrepentimiento existencial. El dolor muscular es cuando te duelen las piernas. El arrepentimiento existencial es cuando el entrenador dice: «Vamos a hacer una serie más». En ese momento uno comienza a cuestionar todas las decisiones que lo llevaron hasta allí: ¿Por qué nací? ¿Por qué me inscribí? ¿Por qué no escogí ajedrez? ¿Por qué no hago yoga? ¿Por qué estoy pagando dinero para que un señor me diga que haga mas series?

Los primeros días llegaba al gimnasio lleno de entusiasmo: «Voy a transformar mi cuerpo». Dos meses después llego pensando: «Con que mi cuerpo no se transforme en un cadáver, me conformo».

Y encima quieren que no mire. ¡Señores! Yo estoy haciendo un esfuerzo monumental. He levantado pesas, he corrido, he sudado, he hecho ejercicios cuyo nombre parece pertenecer a una secta clandestina. Y ahora resulta que tengo que entrenar también la mirada. ¡No! Mi objetivo es ponerme en forma, no convertirme en monje tibetano. Además, mirar no significa tocar, ni hablar, ni invadir el espacio de nadie. Uno puede apreciar la existencia de algo sin convertirlo en una investigación federal. Y, sobre todo, uno puede mirar y seguir con su entrenamiento.

Yo soy prueba viviente. Bueno… «viviente» seguro. «En forma», todavía estamos negociando, porque mi transformación física está avanzando con la velocidad de una tortuga que además tiene sueño.

Pero yo sigo: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes de gimnasio (y fin de semana de descanso). Y si alguien me dice: «Tú vas al gimnasio a mirar», yo voy a responder con una pausa dramática, mirada seria y respiración profunda: Eso es completamente falso. Voy a entrenar. Pero si algo entra accidentalmente en mi campo visual, tampoco voy a cerrar los ojos. Vine a fortalecer el cuerpo, no a solicitar la jubilación de mis retinas.

Porque una cosa es ser disciplinado… y otra muy distinta es entrenar con los ojos cerrados. ¡Eso sí sería peligroso! Imagínense al entrenador diciéndome: «¡Agárrate de la barra!», y yo respondiendo: «¿Cuál barra? ¡No la veo porque estoy tratando de no mirar!». Ahí sí terminaría mi carrera deportiva a los dos meses de empezar, y posiblemente mi carrera completa.

Así que aquí estoy, entre pesas, gotas para los ojos y una reputación hecha trizas, con una misión clara: ponerme en forma sin que nadie vuelva a confundir mi rutina de ejercicios con una excursión turística para mis ojos.

Aunque, siendo completamente honesto… si mis ojos quieren hacer cardio por su cuenta, ¿quién soy yo para impedírselo?


 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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