No ofende quien quiere, sino quien puede"


Por: Ricardo Abud

Sobre el poder real de las palabras y quién lo tiene. Existe una frase que la sabiduría popular ha pulido con el tiempo hasta volverla casi un proverbio filosófico: "No ofende quien quiere, sino quien puede."Su aparente sencillez esconde una verdad profunda sobre la naturaleza del lenguaje, el vínculo humano y la dignidad personal.

Quien lanza una palabra creyendo que hiere, a veces no hace más que revelar sus propias carencias. La ofensa, para consumarse, necesita dos cosas: un emisor con capacidad real de afectar, y un receptor dispuesto ,consciente o inconscientemente, a ser afectado.

Cuando alguien recurre al insulto, a la soberbia o a la agresión como respuesta ante algo que se le ofreció desde la honestidad, lo que en realidad ocurre es una confesión involuntaria: "no tiene herramientas mejores". El que hiere con elegancia tiene poder. El que solo sabe gritar, simplemente tiene ruido.

Hay una forma de victoria que no aparece en ningún marcador visible: la de quien, ante la agresión, elige la claridad en lugar de la venganza. No porque sea incapaz de responder, sino porque comprende que descender al nivel del otro sería renunciar a sí mismo.

Cerrar un ciclo con honestidad emocional ,sin negar el dolor, sin inflar el ego, sin borrar lo que fue hermoso, es un acto de "madurez que pocas personas alcanzan". Es más fácil el resentimiento. Más cómodo el silencio cobarde. Más tentador el golpe final.

Elegir las palabras justas, incluso cuando el otro elige el veneno, es una forma de amor propio que no necesita aplausos.

La soberbia cree que no necesita a nadie porque teme necesitar. La autoestima sabe que puede estar solo y aun así elegir conectar. Son estados internos radicalmente distintos, aunque desde afuera puedan parecer similares.

Quien responde con arrogancia ante un gesto genuino no está demostrando fortaleza: está exhibiendo una "herida mal cicatrizada". El odio sostenido en el tiempo no es poder; es agotamiento disfrazado de actitud.

En cambio, quien reconoce sus emociones, las nombra y las elabora sin destruir al otro en el proceso, ejerce una forma de inteligencia emocional que ningún título otorga y que la vida solo enseña a quienes están dispuestos a aprender de ella.

Hay una diferencia fundamental entre soltar porque te lo exigen y soltar porque lo decides. El primero es obediencia; el segundo, "libertad".

Cuando el cierre de un vínculo nace de una decisión propia y consciente ,no de la presión ajena ni del miedo, sino del reconocimiento tranquilo de que ese camino ya no lleva a ningún lugar que valga la pena, se convierte en un acto de soberanía personal.

No hace falta que nadie lo entienda. No hace falta que el otro lo valide. El cierre que se hace con la conciencia limpia no requiere testigos.

En una cultura que frecuentemente premia la frialdad y penaliza la vulnerabilidad, atreverse a sentir en voz alta ,a escribir, a reflexionar, a nombrar lo vivido con gratitud en lugar de con amargura, es un gesto contracultural y, en el fondo, "profundamente valiente".

No se trata de ingenuidad. Se trata de elegir, una y otra vez, seguir siendo humano incluso cuando el entorno invita a endurecerse.

El tiempo y la propia conciencia son los únicos jueces que importan. Y ante ellos, quien actuó desde la honestidad puede estar tranquilo, independientemente de cómo haya respondido el otro.

Porque, en efecto: "no ofende quien quiere, sino quien puede." Y no todo el mundo puede.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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