Cuando la verdad incomoda y el insulto confirma


Por: Ricardo Abud

Vivimos en una época donde las conversaciones sobre roles de género en la pareja se han vuelto cada vez más complejas y, frecuentemente, más contradictorias. Existe una tensión creciente entre lo que se exige y lo que se ofrece, y esa tensión merece ser examinada con honestidad, sin miedo a incomodar. Y cuando esa honestidad se expresa en voz alta, ocurre algo muy revelador: en lugar de una respuesta con ideas, aparece un insulto. "Princeso." "Bocón." "Amargado." Ese momento no es una victoria del que insulta. Es exactamente lo contrario.

Es innegable que en muchos contextos culturales, particularmente en Latinoamérica, persiste una demanda activa hacia el hombre como figura proveedora. Se le evalúa por su capacidad económica, se le juzga por su estabilidad material y se le descalifica cuando no cumple con ese estándar. Sin embargo, rara vez se somete a ese mismo escrutinio la contraparte femenina del compromiso relacional.

Esta asimetría no es un problema menor. Una relación construida sobre expectativas unilaterales no es una relación, es una transacción disfrazada de amor. Y las transacciones, cuando el balance se rompe, simplemente se disuelven.

Uno de los fenómenos más llamativos es la instrumentalización selectiva de principios religiosos. Se invoca la Escritura para fundamentar la obligación masculina de proveer, pero se ignoran con la misma comodidad los pasajes que hablan de la ayuda idónea, del sacrificio mutuo, de la fidelidad en la adversidad. La fe no puede ser un menú del que se escoge solo lo conveniente. Si se va a apelar a un marco espiritual para definir los roles en la pareja, ese marco debe asumirse con integridad, no con selectividad.

La mujer que genuinamente quiere construir desde la fe no puede limitarse a ocupar el lado glorioso del pacto. La Escritura habla de entrega, de acompañar en la escasez, de ser sostén cuando el mundo pesa. Eso también es parte del llamado.

El verdadero carácter de un vínculo no se revela en los momentos de abundancia, sino en los de dificultad. Cualquiera puede estar presente cuando todo fluye. La pregunta que define la profundidad de una relación es: ¿quién permanece cuando todo se complica?

Exigir un compañero a la altura en los buenos tiempos, pero abandonar o quejarse en los malos, no es compañerismo. Es oportunismo relacional. Y ese oportunismo, aunque políticamente incómodo de nombrar, existe y afecta profundamente a hombres que terminan sintiéndose valorados solo por lo que producen, no por quienes son.

Aquí es donde el debate se vuelve aún más revelador. Cuando alguien no puede rebatir un argumento con otro argumento, recurre al ataque personal. Si lo que se dijera fuera fácilmente desmontable, no haría falta ofender. Bastaría con contra-argumentar.

Entonces, paradójicamente, el insulto valida el punto. Quien llama "princeso" al hombre que cuestiona las exigencias unilaterales está confirmando, sin darse cuenta, que ese cuestionamiento toca algo verdadero e incómodo. La incomodidad que no sabe articularse se convierte en agresión.

Existe además una ironía profunda en usar el término "princeso" como insulto en este contexto específico. Porque precisamente de lo que se está hablando es de la cultura de la exigencia sin reciprocidad, del querer ser tratada como princesa sin asumir el peso completo del rol que se exige al otro. Entonces, ¿quién es realmente el princeso en esa ecuación? ¿El que señala el desequilibrio, o el que exige comodidad garantizada y reacciona con rabieta cuando alguien lo nombra?

Llamar "bocón" a alguien por articular una verdad incómoda es, en el fondo, un intento de silenciamiento. Es decir: *"Eso que dices no debería decirse."* Pero las verdades que no deben decirse son exactamente las que más necesitan ser dichas.

El hombre que ha sido reducido a su capacidad de producir, que ha sentido que su valor en una relación depende exclusivamente de lo que puede dar materialmente, tiene no solo el derecho sino la responsabilidad de hablar. Callarlo con un insulto no resuelve el problema. Lo entierra temporalmente, y lo que se entierra sin resolver, eventualmente explota.

Nada de lo anterior implica que el hombre no tenga responsabilidades. Las tiene, y son significativas. Pero la reciprocidad es la base de cualquier relación sana. Dos personas que se eligen no solo en los éxitos, sino también en las crisis. Dos personas dispuestas a ceder, a crecer y a incomodarse por el otro.

Y cuando alguien señala ese desequilibrio y recibe un insulto como respuesta, la actitud correcta no es la rabia ni el contraataque. Es la calma. Porque quien mantiene la serenidad frente al insulto demuestra algo que el insulto pretendía negarle: madurez, claridad y solidez. La persona que insulta pierde autoridad moral en el momento en que lo hace. El que responde con argumentos, o simplemente con silencio digno, gana ese mismo espacio.

No se debate con quien ya abandonó el debate. Se le observa, se le comprende, y se sigue adelante.

Que llamen bocón al que habla claro y princeso al que exige reciprocidad dice mucho más sobre quien lanza el insulto que sobre quien lo recibe. El amor maduro no es el que busca comodidad garantizada, es el que elige quedarse cuando quedarse cuesta. Y la verdad que sostiene eso no necesita defenderse del ruido. Solo necesita seguir siendo verdad.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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