Cuando hasta el amor acepta Cashea y se paga en cómodos cuotas


Por: Ricardo Abud 

La economía venezolana llegó a un punto tan creativo que la crisis ya no solo existe: desarrolló personalidad propia, abrió redes sociales y probablemente busca financiamiento en cuotas.

Durante años nos dijeron que había que “reinventarse”. Y Venezuela, obediente, se reinventó al punto de que hasta la economía informal tiene departamento de innovación. Hoy en día, un par de zapatos en Catia por noventa dólares, un cine VIP a veinticinco, unas cotufas a veinticuatro o un combo de Spider-Man a cincuenta ya no asustan por el precio, sino porque pagarlos exige vender un riñón, la nevera y hasta al primo.

Mientras tanto, el salario mínimo sobrevive con diecisiete centavos de dólar: una cantidad tan diminuta que, si la dejas sobre la mesa, la inflación se la lleva creyendo que es propina. Los pensionados reciben exactamente lo mismo; hacen falta casi seis meses de pensión para comprar un solo dólar. Eso no es jubilación, es un plan de ahorro diseñado por un comediante con humor negro.

En este panorama de números imposibles, el bolívar ha sufrido tantas reconversiones que ya nadie sabe si estamos en el Bolívar Fuerte, el Soberano, el Digital o el “Bolívar No Sé Ni Para Qué”. Los economistas abandonaron los ceros por las dolencias en las manos, y si alguien te dice que algo vale un billón, tú solo asientes para no faltar el respeto a la matemática nacional. Aquí se puede ser millonario en la mañana y mendigo antes del almuerzo sin levantarse del sofá. La inflación no se mide en porcentajes, sino en la velocidad con la que el cajero actualiza los precios mientras parpadeas.

Y para rematar, surge el famoso bono de guerra de setenta dólares: un dinero con amnesia jurídica que aparece, se gasta y no genera ningún tipo de derecho laboral ni incidencia en beneficios.

En medio de este delirio colectivo apareció el héroe nacional: Cashea. La aplicación de "comprar hoy y pagar después" se volvió tan omnipresente que el colmo del surrealismo se hizo realidad cuando corrió el rumor jurado por un primo que conoce a alguien de que hasta las casas de citas aceptan la modalidad.

La escena es perfecta:

—¿Cuánto cuesta la hora? —preguntas.

—Cincuenta dólares.

—¿Aceptan Cashea?

—Por supuesto, en seis cuotas, sin incial siempre que sea nivel 6, si su nivel es inferior tendra que pagar una incial de acuerdo al nivel en el que se encuentre.

—¿Y los intereses?

—Depende igualmente de su nivel.

En Venezuela el placer y el amor tienen tabla de amortización, y la economía logró lo imposible: hacer que hasta Cupido necesite una calculadora. Próximamente veremos programas de puntos del tipo: “Por cada diez encuentros, llévese una cortesía”.

La gran paradoja es que trabajar puede salir más barato que consumir, pero consumir cuesta como si vivieras en Manhattan. Las cotufas a veinticuatro dólares ya no acompañan la película, son la película misma ("El último maíz: una historia de supervivencia"), y el combo de Spider-Man a cincuenta dólares equivale a comprar una crisis existencial con tapa coleccionable.

Por su parte, la inventiva ciudadana no conoce límites: el hogar se vuelve minimarket, el carro pasa a ser taxi, el balcón opera como peluquería y WhatsApp funciona como tienda por departamentos. El venezolano promedio maneja más emprendimientos que Silicon Valley, aunque con una billetera hecha de remanentes de quincena y una fe blindada. Todo esto mientras la luz se va con una puntualidad suiza, obligando a rescatar las velas, jugar dominó a oscuras y fingir que el pollo del congelador no ha empezado a tomar decisiones autónomas.

Si no te ríes, lloras, pero llorar sale más caro: las lágrimas no pagan impuesto, pero los pañuelos desechables subieron esta semana.

Mientras las redes sociales exhiben restaurantes repletos, carros del año y fiestas interminables, la realidad golpea a millones que sacan cuentas para saber si comerán o comprarán medicinas.

Cashea se convirtió en la filosofía oficial: la nevera a cuotas, los zapatos a cuotas, el teléfono a cuotas y el romance a cuotas. Solo falta el sacerdote preguntando en el altar:

—¿Aceptas a esta mujer como tu esposa?

—Sí, ¿pero puedo pagar la boda en cuatro partes?

Puedes poner Cashea en la puerta de todo el país, fraccionar cada compra en doce partes o inventar bonos extraordinarios. Pero hay una cuenta que ninguna aplicación puede borrar: si los ingresos de la mayoría no alcanzan para vivir, ninguna cuota convierte la pobreza en prosperidad; solo la distribuye en cómodos pagos mensuales.

Y esa es la ironía definitiva de la tierra de gracia: en el país donde hasta la última de las comodidades se puede financiar, lo único que sigue sin poder pagarse a plazos es la esperanza. Aunque, conociendo el ingenio nacional, seguro que alguien ya está intentando sacarle cuotas.

Si el apocalipsis financiero nos alcanza, que sea bailando salsa y bebiendo anis con Yasuri Yamileth a oscuras, con la nevera decorativa llena de esperanza vencida y listos para exigirle al mismísimo San Pedro que nos escanee el código QR en las puertas del cielo... ¡porque en esta tierra ni la salvación eterna se libra de salir en cómodas cuotas sin intereses!

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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