El último equipaje


Por: Ricardo Abud

Me fui de Venezuela un martes. O quizás fue Venezuela la que se fue de mí, poco a poco, como se van las personas que uno ama: primero los olores, luego las voces, después la certeza de que algún día se volverá.

Recuerdo el aeropuerto como recuerdo al final de nosotros: una sala enorme llena de gente, y yo, absolutamente solo. Maletas que pesan no por la ropa sino por todo lo que no cabe en ninguna maleta. Uno aprende en esos momentos que hay cosas que no se pueden empacar: el color del cielo a las seis de la tarde en Caracas, el olor a lluvia sobre asfalto caliente, la manera en que alguien pronunciaba tu nombre como si fuera un lugar al que siempre quiso regresar.

El avión despegó y yo miré por la ventana cómo las luces se hacían pequeñas. Así también te vi alejarte: haciéndote pequeño, pequeño, hasta convertirte en un punto que podría ser cualquier cosa o nada. El problema de las distancias es que no avisan. Un día estás en casa y al siguiente estás en otro continente preguntándote en qué momento cruzaste la frontera entre el amor y el silencio.

En la distancia  uno aprende a vivir con ausencias que no tienen nombre. No es tristeza exactamente. Es más bien caminar por una ciudad nueva y extrañar una calle que ya no existe. Venezuela me enseñó eso antes que nadie: a amar algo que se transforma hasta volverse irreconocible, a quedarse de pie frente a lo que fue y decirle "aquí estoy, aunque ya no estés".

La gente del nuevo país pregunta de dónde eres y uno responde con geografía cuando en realidad la respuesta verdadera es un nombre. Soy de ese lugar donde alguien me esperaba con la puerta abierta. Soy de ese tiempo en que todavía no sabía lo que era llegar a casa y encontrar el silencio puesto como mantel.

Porque eso fue lo más parecido al abandono: no el portazo, sino la llave que ya no abría nada. No los gritos, sino el día en que las conversaciones empezaron a tener frontera, aduana, revisión de documentos. "¿Quién eres tú para entrar aquí?" Como Venezuela con sus alcabalas, con sus muros invisibles dentro de lo que antes era hogar.

Aprendí a extrañar en dos idiomas. A Venezuela la extraño con el cuerpo, con la lengua, con ese acento que cargo como documento de identidad aunque nadie me lo haya pedido. A ti te extraño con otra cosa, algo que no tiene músculo pero duele igual. Te extraño con el hábito. Con la costumbre de contarte las cosas. Con ese reflejo idiota de ver algo hermoso y voltear a buscarte con los ojos.

Los que se fueron de Venezuela dicen que lo más duro no es irse, sino darse cuenta de que la vida continúa allá sin ti. Que amanece igual, que los mangos maduran igual, que el calor aplasta igual aunque tú ya no estés para sentirlo. Y uno se pregunta entonces si hizo falta, si se notó el hueco, si alguien a veces mira hacia donde uno solía estar.

Me hago la misma pregunta sobre ti.

Dicen que el  vive siempre con las maletas a medio hacer, listo para el regreso que sabe que no llegará. Yo también viví así contigo: con un pie adentro y otro en la puerta, esperando que algo mejorara, que las noticias fueran distintas, que un día despertamos y el país fuera habitable de nuevo.

Pero hay amores que son como ciertos gobiernos: se sostienen sobre la promesa de un mañana que nunca termina de llegar. Y uno espera. Y espera. Y un día se da cuenta de que ya no está esperando el regreso sino simplemente esperando, por costumbre, porque olvidó cómo se hace de otra manera.

El duelo del migrante y el duelo del abandonado se parecen en eso: en que nadie te da un certificado que diga "ya puedes dejar de extrañar". Uno simplemente va aprendiendo a cargar el peso de otra forma. Primero en los brazos, que duelen. Luego en los hombros, que se acostumbran. Finalmente en algún lugar del pecho que ya no tiene nombre pero que de vez en cuando, sin avisar, pesa.

Me fui de Venezuela un martes. Me dejaste un jueves. Y desde entonces vivo en ese extraño país que es la vida después de las pérdidas, aprendiendo el idioma de los que continúan, tratando de no mirar demasiado hacia atrás, sabiendo que allá, en algún lugar que ya no me pertenece, el cielo sigue siendo el mismo color imposible de las seis de la tarde.

Y que ya no estoy para verlo.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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