Domingo 16 de agosto 2026
Decisiones
Hoy comprendí que algunas decisiones comienzan mucho antes de ser pronunciadas.
Durante días he tenido la sensación de estar observando mi propia vida desde cierta distancia. No sabría explicar exactamente cuándo comenzó. Quizá fue una mañana cualquiera, mientras contemplaba las mismas calles de siempre.
Quizá ocurrió en medio de una conversación que ya había escuchado demasiadas veces. O tal vez fue mucho antes, en alguno de esos momentos que parecen insignificantes cuando suceden y que, con el tiempo, terminan adquiriendo otro significado.
Lo cierto es que algo cambió.
No afuera.
Adentro.
Hay lugares que, sin haber cambiado, comienzan a sentirse diferentes. Las paredes conservan sus marcas, las voces siguen pronunciando los mismos nombres y el mundo continúa haciendo lo que siempre ha hecho, pero uno empieza a percibirlo todo como si estuviera contemplando una fotografía de una época que ya pasó.
Quizá no sean ellos los que cambiaron.
Quizá fui yo quien dejó de pertenecerles.
Durante mucho tiempo creí que pertenecer significaba permanecer. Aguantar. Acostumbrarse. Aprender a convivir con aquello que duele hasta conseguir que el dolor pareciera parte del paisaje.
Hoy pienso distinto.
Hay una diferencia enorme entre permanecer porque queremos y permanecer porque hemos olvidado que también podemos elegir.
He tardado demasiado en comprenderlo.
También he tardado en aceptar que algunas cosas no se arreglan. Algunas simplemente cumplen su ciclo. Algunas personas aparecen para enseñarnos algo y luego se convierten en parte de una historia que ya no sabemos cómo volver a leer. Algunos lugares nos contienen durante años y, llegado cierto momento, se vuelven demasiado pequeños para todo aquello en lo que nos hemos convertido.
No existe necesariamente un culpable.
A veces solamente existe el tiempo.
Y el tiempo tiene una manera extraña de transformar incluso aquello que alguna vez juramos que permanecería igual para siempre.
Últimamente he estado haciendo una especie de inventario silencioso. No de objetos, sino de recuerdos.
He vuelto a ciertas conversaciones.
A ciertos rostros.
A ciertas noches.
A determinadas palabras que en su momento parecieron definitivas y que ahora apenas consiguen provocar un eco.
Me sorprende descubrir cuánto puede cambiar el significado de un recuerdo cuando cambia la persona que lo recuerda.
Antes había cosas que me dolían porque habían ocurrido.
Ahora algunas me duelen porque comprendo que ya no volverán a ocurrir.
Y hay una diferencia entre ambas.
Quizá crecer consista en aprender a vivir con esas diferencias.
También he comenzado a despedirme de ciertas cosas sin decirles adiós.
De algunas costumbres.
De algunos lugares.
De determinadas conversaciones.
De la necesidad de explicar constantemente quién soy y por qué hago lo que hago.
Incluso de algunas versiones de mí que durante demasiado tiempo confundí con mi verdadera identidad.
No sé si alguna vez dejamos completamente atrás a quienes fuimos. Probablemente no. Tal vez esas personas permanecen escondidas en algún rincón de nosotros, observando en silencio mientras intentamos convertirnos en alguien diferente.
Y está bien.
No quiero borrar nada.
Solo quiero que aquello que ocurrió deje de decidir aquello que todavía no ha ocurrido.
Quizá por eso últimamente me siento extraño.
Como si estuviera entre dos capítulos.
El anterior todavía conserva demasiadas páginas abiertas, pero el siguiente ya empieza a reclamar espacio.
No sé qué nombre tendrá lo que viene.
No sé qué personas aparecerán.
No sé qué cosas terminarán importándome dentro de unos años.
Ni siquiera sé si reconoceré al hombre que soy hoy cuando vuelva a leer estas palabras.
Pero quizá esa incertidumbre sea precisamente la parte más honesta de todo esto.
Durante mucho tiempo busqué certezas.
Ahora solamente quiero encontrar posibilidades.
Hay algo liberador en aceptar que no necesitamos conocer el final para saber que una etapa ha terminado.
A veces basta con sentir que aquello que antes nos retenía ya no tiene la misma fuerza.
A veces basta con mirar alrededor y descubrir que podemos querer un lugar y, aun así, comprender que ya no es nuestro lugar.
Eso quizá sea lo más difícil.
No siempre nos vamos porque odiamos.
A veces nos alejamos precisamente porque necesitamos conservar lo poco que todavía queda intacto.
Y quizá algún día, cuando mire hacia atrás, comprenderé que muchas de las cosas que hoy parecen pérdidas eran solamente espacios que necesitaban quedar vacíos para que algo diferente pudiera ocuparlos.
Esta noche todo parece extrañamente tranquilo.
No tengo respuestas.
No las necesito.
Por primera vez en mucho tiempo, la incertidumbre no me parece una amenaza. Se parece más a una página en blanco.
Y quizá una página en blanco sea una de las pocas cosas verdaderamente nuestras.
Porque nadie puede decirnos qué escribir en ella.
Nadie puede decidir qué palabras merecen quedarse.
Nadie puede obligarnos a repetir la misma historia.
Tal vez algunas historias no terminan.
Simplemente dejan de suceder en el mismo lugar.
Y quizá mañana, cuando vuelva a abrir este diario, entienda un poco mejor por qué hoy sentí que algo dentro de mí había comenzado a decir adiós, aunque todavía no encontrara una sola palabra para pronunciarlo.
Por ahora prefiero dejarlo así.
Hay cosas que pierden su significado cuando se explican demasiado.
Y hay decisiones que necesitan primero convertirse en silencio antes de convertirse en realidad.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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