Por: Ricardo Abud
Nos vendieron una idea de la felicidad que, además de hermosa, puede resultar cruel: la obligación de estar bien todo el tiempo. Sonreír, agradecer, pensar positivo, levantarse cada mañana con entusiasmo y convertir cada dificultad en una oportunidad. Como si la tristeza fuera un fracaso, el enojo una debilidad y los días grises una señal de que estamos haciendo algo mal.
Pero la vida no funciona así.
Somos seres emocionales, y precisamente por eso nuestra existencia está hecha de movimiento (ES DIALECTICA). Un día podemos despertar llenos de esperanza y, unas horas después, sentirnos abatidos. Podemos reír con alguien que amamos y, más tarde, llorar en silencio. Podemos sentir gratitud y, al mismo tiempo, estar cansados. Podemos amar profundamente y también enojarnos. Podemos tener fe y, aun así, atravesar momentos en los que no entendemos absolutamente nada.
Eso no significa que estemos rotos.
Significa que estamos vivos.
Quizás uno de los grandes errores de nuestra época consiste en haber convertido la felicidad en una meta permanente. Se nos ha hecho creer que una vida feliz es aquella en la que predominan las emociones agradables y desaparecen las incómodas. Pero una existencia humana sin tristeza, sin miedo, sin rabia, sin incertidumbre y sin dolor no sería necesariamente una existencia plena; sería, sencillamente, una fantasía.
Necesitamos aprender a vivir en una especie de biodiversidad emocional: aceptar que dentro de nosotros caben muchas emociones y que ninguna tiene el derecho de quedarse para siempre. La felicidad llega, pero también se va. La tristeza llega, pero también cambia. El enojo aparece, nos habla de algo y finalmente pierde intensidad. Incluso las etapas más oscuras terminan transformándose.
Nada permanece exactamente igual.
Y quizá aquí aparece una diferencia espiritual profundamente hermosa: Dios no necesariamente nos promete felicidad; nos promete paz.
Son cosas muy distintas.
La felicidad depende, muchas veces, de lo que ocurre afuera. Una buena noticia puede hacernos felices. Un encuentro puede llenarnos de alegría. Un proyecto que sale bien puede producir satisfacción. Pero cuando las circunstancias cambian, también puede cambiar nuestra emoción.
La paz, en cambio, puede permanecer incluso cuando las circunstancias no son favorables.
Jesús lo expresó de una manera extraordinaria:
«“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Juan 14:27»
Qué poderosa resulta esa frase cuando dejamos de leerla como una simple cita religiosa.
Jesús no dice: les dejo una vida sin problemas. No dice: les prometo que nunca llorarán. No dice: a partir de ahora estarán felices todos los días.
Dice: “Mi paz os doy.”
Porque la paz no significa que nada duela. Significa que el dolor no tiene necesariamente la última palabra.
Uno puede llorar y tener paz.
Puede estar preocupado y tener paz.
Puede atravesar una pérdida y tener paz.
Puede no entender lo que está ocurriendo y, aun así, conservar dentro de sí una certeza que no depende completamente de las circunstancias.
Esa es quizás una de las formas más profundas de la fe: no creer que nunca habrá tormentas, sino descubrir que podemos atravesarlas sin naufragar por dentro.
La propia Biblia reconoce nuestra diversidad emocional. El libro de Eclesiastés dice:
«“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar.” Eclesiastés 3:1, 4»
Qué liberador resulta comprenderlo.
Hay tiempo de llorar. No todo llanto necesita una explicación.Hay tiempo de reír. No tenemos que sentir culpa por disfrutar mientras la vida nos lo permite.
Hay tiempo de perder y tiempo de encontrar.
Tiempo de abrazar y tiempo de soltar.
La madurez emocional quizá no consiste en conseguir que todas nuestras emociones sean agradables, sino en aprender a atravesarlas sin convertir ninguna de ellas en nuestra identidad.
No somos nuestra tristeza.
No somos nuestro enojo.
No somos el miedo que sentimos esta mañana.
Tampoco somos la felicidad de ayer.
Somos mucho más grandes que cada emoción que nos visita.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos constantemente: “¿Soy feliz?” y empezar a preguntarnos algo mucho más profundo: “¿Tengo paz?”
Porque alguien puede tener dinero, éxito, reconocimiento, viajes, fotografías hermosas y una vida aparentemente perfecta, y estar completamente destruido por dentro.
Y alguien puede estar atravesando una temporada difícil, tener preguntas sin respuesta y llorar algunas noches, pero conservar una paz inexplicable que le permite levantarse al día siguiente y continuar.
Esa paz no es resignación.
No es indiferencia.
No es decir “todo está bien” cuando claramente no lo está.
La paz espiritual no consiste en negar la realidad, sino en mirarla de frente sin permitir que la realidad destruya completamente nuestra esperanza.
Por eso también resulta tan poderosa otra afirmación bíblica:
«“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4:7»
“Sobrepasa todo entendimiento.”
Quizás ahí está el misterio.
Porque existen momentos en los que no podemos explicar por qué seguimos de pie. Momentos en los que la lógica dice que deberíamos estar completamente derrotados, pero dentro de nosotros permanece algo que susurra: todavía puedo seguir.
Eso es paz.
No necesariamente una sonrisa.
No necesariamente alegría.
No necesariamente felicidad.
Paz.
Tal vez hemos sido demasiado duros con nosotros mismos intentando sentirnos felices todo el tiempo. Tal vez necesitamos concedernos el derecho de ser humanos. De tener días malos. De cansarnos. De llorar. De molestarnos. De sentir miedo. De no tener respuestas.
Y después, poco a poco, volver a respirar.
La felicidad es hermosa cuando llega. Debemos recibirla, disfrutarla y agradecerla. Pero no deberíamos convertirla en una obligación. Porque cuando la felicidad se transforma en una exigencia, hasta la tristeza comienza a producir culpa.
Dios no parece pedirnos una sonrisa permanente.
Nos ofrece algo mucho más profundo: paz en medio de una vida que inevitablemente tendrá lágrimas y risas, encuentros y despedidas, victorias y derrotas.
Quizás la verdadera madurez espiritual no consiste en vivir siempre felices.
Consiste en poder decir, incluso en medio de una tormenta:
«“No entiendo lo que está pasando, pero no estoy solo. Esto duele, pero no me destruirá. Hoy puedo llorar, mañana quizá pueda reír. Y mientras atravieso todo esto, Dios puede guardar mi corazón en paz.”»
Porque la felicidad puede ser una visita.
La tristeza también.
El miedo, el enojo, la alegría y la nostalgia pasan por nuestra casa interior.
Pero la paz...
La paz puede convertirse en hogar.

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