Por: Ricardo Abud
A Oriana
Entre el vapor de la taza encendida,
Oriana y el café se vuelven uno solo,
un aroma cómplice que se queda en la vida
como un recuerdo dulce, suave y sutil.
La frase «Sé el olor café en la vida de alguien» posee una fuerza particular porque no habla de poseer un lugar en la vida de alguien, sino de dejar una huella sensorial, íntima, casi invisible.
El café no se bebe solo por costumbre: se guarda. Se queda en la ropa que llevaste puesta esa tarde, en las manos que sostuvieron la taza mientras hablabas de todo y de nada, en el aire de una cocina que después de un tiempo ya no reconoces sin ese aroma flotando entre las palabras. Ser el olor a café en la vida de alguien es ser eso que no se ve pero que se siente primero, eso que llega antes que cualquier explicación y que se queda después de que todo lo demás se ha ido.
La paradoja de querer ser presencia cuando ya solo puedes ser recuerdo
No es el recuerdo que se obliga a permanecer, ni la fotografía que alguien conserva porque no se atreve a desecharla. Es ese aroma que no pide permiso para volver, que aparece de pronto en una habitación, en una calle, en una mañana cualquiera, y durante unos segundos consigue hacer presente aquello que ya no está.
Quizás por eso esta frase duele tanto. Porque cuando finalmente comprendemos que ya no podemos estar en la vida de una persona, descubrimos que existen formas de permanecer que no se parecen en nada a quedarse:
Aceptar la ausencia y renunciar a la llamada, al mensaje, a la excusa para encontrarse.
Mirar desde lejos una vida en la que alguna vez tuvimos un lugar y entender que ese lugar ya no nos pertenece.
Entonces uno desea algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más profundo. No queremos interrumpir el presente de nadie; solo quisiéramos que, alguna vez, un olor nos recuerde.
El café tiene esa extraña capacidad de parecer cotidiano y trascendente al mismo tiempo. Está en las mañanas, en las conversaciones, en los silencios, en los días buenos y en aquellos en los que uno apenas consigue levantarse. Su aroma entra sin violencia, no anuncia su llegada, simplemente está. Y por eso se parece tanto al amor cuando ha terminado: no siempre desaparece cuando la persona se marcha; a veces se queda escondido en los detalles.
Hay una crueldad silenciosa en convertirse en un recuerdo sensorial, porque no puedes controlar cuándo apareces: apareces en una cafetería cualquiera, en un supermercado, en la mañana de un día común, sin permiso y sin aviso.
Analíticamente, esto revela cómo funciona la memoria humana por asociación antes que por voluntad. El cerebro no olvida a las personas mediante una decisión consciente; las diluye en fragmentos un olor, una canción, una manera de reír que quedan sueltos en el mundo, listos para activarse. Aceptar ser "el olor a café" es aceptar que tu presencia se ha transformado: dejaste de ser un cuerpo, una voz, una decisión diaria, para convertirte en una textura del pasado de alguien.
Convertirse en recuerdo no es una forma secreta de seguir perteneciendo; es justo lo contrario. Es aceptar que ya no tienes derechos sobre esa historia.
Cuando amamos desde la necesidad, queremos permanecer físicamente: queremos ser elegidos, llamados y buscados para comprobar que todavía importamos. Pero cuando entendemos que ya no podemos estar, el amor cambia de naturaleza. Ya no pregunta “¿Cómo hago para que vuelvas?”, sino que se interroga sobre cómo despedirse sin convertir la marcha en una herida más.
"Quizás uno de los errores más grandes del amor sea creer que la importancia se mide por la duración. Pensamos que si algo terminó, entonces fracasó. Pero no. Una historia no se vuelve falsa porque haya terminado."
Al principio, descubrir que alguien puede continuar perfectamente sin nosotros se siente como una injusticia. Con el tiempo, se convierte en una verdad liberadora: nadie debería tener que detener su vida para demostrar que nuestro paso por ella fue importante. Fuimos importantes mientras estuvimos, y eso debería bastar.
Por eso el deseo final es tan humilde. El olor no exige, no reclama, no toca la puerta ni pregunta si puede quedarse. Solo aparece para que, durante unos segundos, la memoria descanse en una risa, en una mirada o en un abrazo que en su momento pareció uno más.
Sé el olor café en la vida de alguien es, en el fondo, una despedida lúcida y madura:
La de quien entiende que insistir puede ser una forma de egoísmo.
La de quien sabe que algunas personas se aman mejor desde la distancia para no perturbar una paz ajena.
La de quien acepta que su ausencia será definitiva y, aun así, desea haber dejado calor y no cenizas.
Y después, inevitablemente, el aroma desaparecerá. La taza se enfriará, la mañana continuará, y tanto el otro como nosotros seguiremos viviendo. Porque quizá la forma más pura de despedirse no sea conseguir que nunca nos olviden, sino aceptar que algún día lo harán, agradeciendo haber sido, durante un tiempo, parte de su camino.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.
.jpg)
0 Comentarios