El Huerto de los Reflejos Astillados


Por: Ricardo Abud

Abundan mercados donde las balanzas tienen un solo platillo. Uno coloca en él monedas de oro, certificados enmarcados, llaves de puertas sólidas, músculos cultivados con paciencia, palabras envueltas en papel de seda. El otro platillo simplemente no existe, y quien pesa se inclina ante el vacío esperando que la gravedad haga justicia.

He visto jardines donde solo algunos árboles deben dar frutos perfectos. Se les riega con expectativas, se les poda hasta la perfección geométrica. Mientras tanto, otros árboles crecen como quieren, torcidos, con raíces al aire, y aún así reclaman la admiración que solo merecen las rosas sin espinas.

Existe una danza curiosa: uno debe memorizar cada paso, ensayar bajo la lluvia, presentarse con traje de gala y zapatos lustrados. El otro puede llegar descalzo, con el vestido manchado, habiendo bailado ya en otras fiestas que dejaron cicatrices en el parqué. Y aun así, se espera que el primero se sienta afortunado por la compañía.

En algunos puentes, solo un lado debe mantenerse firme, soportar el peso del tiempo, renovar sus cables constantemente. Del otro lado, las maderas pueden estar carcomidas, los cimientos pueden recordar otras estructuras que se derrumbaron, pueden cruzar otras manos que ya dejaron su marca. Y ese puente asimétrico pretende sostenerse como si la ingeniería del amor desafiara las leyes básicas de la física.

Hay quien construye castillos con sus propias manos esperando habitar uno ya edificado. Hay quien sube montañas cargando provisiones para el viaje, solo para descubrir que en la cima ya acamparon otros exploradores, dejaron sus banderas, escribieron sus nombres en la piedra sagrada.

La pregunta susurra en el viento: ¿por qué el espejo debe ser transparente solo de un lado? ¿Por qué la exigencia fluye como río en una sola dirección, mientras en la otra se estanca el agua turbia?

Quizás ha llegado el momento de que quien construye fortalezas no se conforme con refugiarse en ruinas. De que quien planta jardines no acepte terrenos donde ya crecieron y murieron otras cosechas. De que quien ofrece mapas nuevos no se pierda en caminos que otros ya transitaron hasta desgastar el pavimento.

El conformismo viste de virtud cuando debería llamarse por su verdadero nombre: miedo disfrazado de generosidad, necesidad pintada de nobleza.

Los espejos, cuando son honestos, reflejan en ambas direcciones.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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