El arte supremo de hablar solo (y no responderme)


Por: Ricardo Abud 

Sí, lo admito. Con la misma solemnidad con que un político confiesa que "cometió errores", hoy me planto ante el mundo a declarar la verdad que todos sospechaban: hablo conmigo mismo.

Pero y este "pero" es importantísimo no soy un loco cualquiera. Soy un loco con principios.

Porque yo no tengo conversaciones conmigo mismo. No. Eso sería patología. Lo mío es un monólogo. Una distinción filosófica de enorme peso que, aparentemente, solo yo soy capaz de apreciar. El monólogo es teatro. Es arte. Es Hamlet preguntándose si ser o no ser. La conversación con uno mismo, en cambio, es un diagnóstico.

La diferencia es sutil pero devastadora: yo hablo. Yo escucho. Pero yo no respondo. ¿Por qué? Porque no hablo con locos.

Y aquí está la joya de mi salud mental: soy perfectamente consciente de que la persona que podría responderme soy yo mismo, y precisamente por eso me niego a darle el gusto. Me conozco. Sé cómo pienso. Si me respondo, termino discutiendo conmigo, y perder una discusión contra uno mismo es el tipo de trauma del que no se regresa.

Así que estableci la norma desde el principio: yo hablo, yo no interrumpo. Un acuerdo tácito de mutuo respeto que muchas parejas envidiarían.

Mis monólogos, debo aclarar, son de una calidad intelectual extraordinaria. Me explico las cosas con una paciencia que nadie más me tiene. No me interrumpo. No me juzgo. Jamás me digo "eso ya lo dijiste antes". Soy, sinceramente, el mejor oyente que he conocido en mi vida, y he conocido a bastante gente.

El problema si acaso se le puede llamar así a algo tan sublime es que a veces yo mismo me aburro. Me pongo a hablar sobre algo muy interesante y a la mitad noto que ya sé cómo termina el argumento porque, naturalmente, soy quien lo está construyendo. No hay sorpresa. No hay intriga. El final es predecible porque el narrador y el público somos la misma persona con diferente nivel de cafeína.

La gente que me preguntó si hablo solo lo hizo con esa sonrisita de superioridad moral, como quien descubre un defecto grave. Yo les devolví la mirada con la serenidad de alguien que ha tenido largas y enriquecedoras charlas sobre exactamente ese tema... consigo mismo. Y llegué a conclusiones brillantes que, lamentablemente, no puedo compartir porque me las guardo.

En resumen: hablo solo, sí. Pero con dignidad. Con estructura narrativa. Con pausas dramáticas en los momentos correctos.

Y si algún día me respondo... ese día sí que hay que preocuparse. Por ahora, el loco que vive en mi cabeza guarda silencio.

Porque sabe que yo no le hablo a los locos.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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