El expediente celestial y otros tropiezos financieros


Por: Ricardo Abud 

En otra vida me hubiese gustado ser pobre, pero aparentemente cometí el gravísimo error de pedirle demasiado poco a la reencarnación. Porque, después de hacer memoria una memoria bastante sospechosa, debo admitir, tengo la impresión de que en una vida anterior también fui pobre. Y no un pobre cualquiera, no. 

Debí ser de esos pobres con vocación, disciplina y una relación profundamente espiritual con la escasez. Lo más preocupante es que, al parecer, cuando llegó el momento de reencarnar, alguien en la oficina celestial revisó mi expediente, vio mi historial económico y dijo: «Este ya conoce el procedimiento. Mándenlo otra vez abajo».

Así que aquí estoy, viviendo mi segunda oportunidad en la Tierra y descubriendo que la reencarnación no siempre significa mejorar. Uno espera regresar convertido en príncipe, empresario, heredero o, por lo menos, en alguien que tenga una tarjeta de crédito con suficiente límite para pasarla sin que la máquina emita un sonido de compasión. Yo, en cambio, regresé con el mismo talento financiero de mi vida anterior: llegar a fin de mes con la elegancia de un equilibrista que cruza un cable mientras abajo lo espera una factura.

La verdad es que empiezo a sospechar que antes de nacer firmé algún contrato que no leí. Quizás decía: «El individuo acepta reencarnar nuevamente bajo condiciones económicas moderadas, con posibilidad de experimentar períodos prolongados de austeridad y acceso limitado a placeres innecesarios». Yo, ingenuo, debí haber firmado pensando que «moderadas» significaba que alguna vez podría comprar zapatos sin consultar primero el saldo bancario. Qué falta de profesionalismo espiritual la mía.

Ser pobre tiene, sin embargo, una enorme ventaja: desarrolla una imaginación extraordinaria. Uno aprende a convertir cualquier situación en una experiencia de lujo. Antes, para sentirme millonario, necesitaba dinero. Ahora me basta con tener dos billetes juntos en el bolsillo. Los miro y pienso: «Qué manera tan irresponsable de andar exhibiendo semejante patrimonio». Si además tengo unas monedas, ya comienzo a caminar diferente. No es arrogancia; es estabilidad financiera temporal.

También he aprendido a disfrutar de los pequeños placeres de la vida, especialmente aquellos que no cuestan dinero. Mirar una vitrina, por ejemplo, es maravilloso. Puedes entrar, preguntar el precio, asentir con cara de experto, decir «lo voy a pensar» y salir sin comprar absolutamente nada. Esa frase, «lo voy a pensar», se ha convertido en mi herramienta financiera favorita. No significa que vaya a pensarlo. Significa que mi economía acaba de emitir una orden de alejamiento contra ese producto.

Y ni hablar del cine VIP. Veinticinco dólares por una entrada es una experiencia que puedo disfrutar perfectamente desde afuera. Lo interesante es que, cuando veo ese precio, ya ni siquiera siento pobreza: siento que estoy participando en una investigación sociológica. Luego aparecen las cotufas y el refresco por otros veinticuatro dólares y comprendo que no estoy frente a una película, sino frente a una industria cinematográfica que quiere recuperar conmigo el presupuesto completo de la producción. Si además alguien menciona el combo de Spider-Man de cincuenta dólares, dejo de sentirme espectador y empiezo a sentirme contribuyente.

Lo mismo ocurre cuando veo un par de zapatos de noventa dólares. Mi reacción ya no es «qué caros», sino «qué interesante debe ser la vida de una persona que puede comprar esto sin tener que convocar una junta directiva familiar». Yo no compro zapatos; yo evalúo posibilidades. Miro el precio, miro mis recursos, miro nuevamente el precio y finalmente llego a una conclusión financiera de enorme profundidad: todavía sirven los que tengo.

Lo curioso es que, después de haber sido pobre en una vida anterior y volver a serlo en esta, empiezo a preocuparme por la próxima reencarnación. Porque si esto es un proceso evolutivo, quisiera saber exactamente hacia dónde estamos evolucionando. ¿Cuál es el siguiente nivel? ¿Pobre con experiencia? ¿Pobre premium? ¿Pobre ejecutivo? ¿Pobre con membresía y beneficios exclusivos? Ya puestos, me gustaría que en la próxima vida al menos me toque nacer en una familia donde alguien diga: «No importa cuánto cuesta». Quiero experimentar esa frase aunque sea una sola vez, aunque sea para comprobar si realmente existe.

De hecho, si la reencarnación funciona mediante méritos, claramente debo estar haciendo algo mal. Quizás en mi vida anterior fui un magnate y ahora estoy pagando una deuda kármica. Si fue así, pido disculpas. No recuerdo haber explotado imperios, pero tampoco recuerdo haber sido un santo. Lo que sí recuerdo de esta vida es que el dinero llega a mi cuenta con la misma emoción con la que un preso recibe una visita: sabe que será breve y que no conviene encariñarse.

Y aquí está la verdadera ironía: yo quería una vida sencilla y el universo se lo tomó demasiado en serio. Me dio una existencia tan sencilla que hasta mis aspiraciones vienen en versión económica. Ya no sueño con tener una mansión; sueño con que la cuenta del supermercado no me produzca taquicardia. No aspiro a un automóvil de lujo; aspiro a llenar el tanque sin sentir que estoy financiando una pequeña empresa petrolera. No quiero un yate; con que el banco no me mire con desprecio, me conformo.

Pero debo reconocer algo: ser pobre me ha dado una riqueza que ningún banco puede contabilizar: el sentido del humor. Porque si uno no puede reírse de su situación, termina llorando, y llorar también deshidrata, lo cual obliga a gastar dinero en agua, y a estas alturas no estamos para semejantes excesos.

Por eso he decidido reconciliarme con mi destino. Si en mi vida anterior fui pobre, y en esta también, probablemente en la próxima vuelva a serlo. Ya tengo experiencia, entrenamiento y una hoja de vida impecable. Cuando llegue el momento de reencarnar, quizá Dios mire mi expediente y pregunte: «¿Otra vez quiere regresar?». Y yo, con la humildad que caracteriza a quienes no tienen muchas opciones, responderé: «Sí, pero esta vez, si no es mucha molestia, ¿podría probar con una vida donde el dinero alcance?».

Y si me dicen que no, tampoco pasa nada. A estas alturas ya estoy acostumbrado. Volveré a nacer pobre, miraré los precios, revisaré mi cuenta bancaria y sentiré esa familiar tranquilidad de quien ha llegado a un lugar conocido.

Porque, después de dos vidas, una cosa tengo clara: quizá no he aprendido a hacerme rico, pero al menos me he convertido en un experto mundial en sobrevivir con sentido del humor.

Y eso, queridos lectores, tampoco cotiza en bolsa. Qué desgracia.

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