Corpoelec e Hidrocapital y el misterio de las diez horas


Por: Ricardo Abud 

Mi relación con la electricidad en Venezuela ha llegado a un nivel de intimidad que jamás imaginé. Ya no necesito saber qué día es; me basta con saber si hay luz. Mi calendario funciona con apagones: seis horas sin electricidad, unas cuantas con ella y, cuando hay suerte, agua en algún momento del día. 

Uno termina planificando la existencia como si dirigiera una pequeña central hidroeléctrica doméstica: “Aprovecha que hay luz, carga el teléfono; aprovecha que hay agua, llena los tanques; y si por casualidad coinciden las dos, resuelve todo lo demás antes de que se arrepientan”.

Durante algún tiempo logré acostumbrarme a las seis horas diarias sin servicio. Ya uno conoce el ritual: antes de que se vaya la luz, se carga todo lo cargable, se prepara lo que se pueda, se abre la nevera por última vez y se contempla el ventilador con la tristeza de quien despide a un ser querido. Después comienza la espera. Pero hoy sucedió algo diferente: pasaron seis horas y la electricidad no volvió. Pasaron siete, ocho, nueve y llegamos a diez horas continuas. Ahí comprendí que ya no estábamos ante un simple apagón. Aquello tenía pinta de reunión estratégica.

Entonces empecé a imaginar a los señores de Corpoelec y del Centro Nacional de Despacho alrededor de una mesa, revisando mapas y pantallas con absoluta seriedad. “¿Cuánto llevamos?”. “Diez horas”. “¿Y la gente?”. “Todavía aguanta”. “¿Seguro?”. “Sí, pero algunos ya están conversando con la nevera”. Se hace un silencio. Alguien pregunta: “¿Y las iguanas?”. Otro responde: “Ninguna”. Todos se miran preocupados. Porque después de tantos años atribuyéndoles a las pobres iguanas buena parte de nuestros problemas eléctricos, su desaparición resulta sospechosa. ¿Será que emigraron? ¿Será que se fueron el el Darien? ¿Estarán ahora en Colombia disfrutando de electricidad continua y burlándose de nosotros? Quizás hasta consiguieron empleo en una empresa eléctrica y ahora miran desde allá nuestras líneas de transmisión con cierta superioridad.

Mientras tanto, en casa comienza la vida primitiva. El ventilador se convierte en una pieza decorativa, el aire acondicionado en un recuerdo de una civilización perdida y el teléfono pasa de ser una herramienta de comunicación a convertirse en un paciente en cuidados intensivos. Cada porcentaje de batería se vigila con angustia. La nevera permanece cerrada porque abrirla ya no es un acto doméstico, sino una expedición científica. Uno calcula cuánto tiempo lleva sin corriente, qué queda adentro y si ese pollo congelado todavía pertenece al mundo de los alimentos o ya está buscando representación legal.

Después de varias horas uno deja de preguntarse cuándo volverá la luz y comienza a negociar con Dios. A las seis horas: “Señor, cuando puedas”. A las ocho: “Señor, te lo estoy pidiendo con humildad”. A las diez: “Señor, yo no quiero interferir en tus planes, pero si tienes cinco minutos disponibles, sería excelente”. Y justo cuando uno está alcanzando un nivel de espiritualidad bastante avanzado, alguien manda por WhatsApp: “Ya viene la luz”. Nadie sabe quién lo dijo, pero ese desconocido se convierte inmediatamente en la persona más importante del país.

Cuando finalmente regresa, no vuelve la electricidad: regresa la civilización. El ventilador comienza a girar y uno siente que acaba de entrar en un resort. La nevera zumba y parece tecnología de la NASA. Los bombillos  se encienden y uno se queda mirándola con una emoción que antes estaba reservada para los grandes acontecimientos de la vida. Hasta el cargador del teléfono adquiere un valor sentimental. En ese momento uno entiende que ha llegado la modernidad y corre a enchufar todo lo que encuentre.

Pero en Venezuela todavía falta superar la segunda prueba: el agua. Porque tener electricidad sin agua es como tener automóvil sin gasolina: técnicamente tienes el vehículo, pero buena suerte llegando a alguna parte. La lavadora lo sabe perfectamente. Puede haber luz, ropa sucia y detergente, pero si no aparece el agua, esa pobre máquina solo puede permanecer allí, contemplando nuestras desgracias. Por eso cuando coinciden electricidad y agua, la casa entra en estado de emergencia. Se llena el tanque, se lavan los platos, se pone una lavadora, se llenan recipientes, se bañan todos y uno siente que debería aprovechar para hacer cualquier cosa que requiera civilización.

Incluso hacer el amor necesita ahora coordinación logística. Antes bastaba con que hubiera ganas; ahora conviene comprobar que haya agua para bañarse, electricidad para que funcione el ventilador y suficiente tiempo antes del próximo apagón. Uno mira a su pareja con romanticismo, pero también con sentido práctico: “¿Tenemos luz?”. “Sí”. “¿Hay agua?”. “Sí”. “¿Y cuánto tiempo llevamos?”. Ese momento no es exactamente una invitación al amor; es una ventana operativa. Cupido, en Venezuela, debería venir equipado con linterna recargable y un pequeño tanque de agua.

Lo verdaderamente absurdo es que nos hemos acostumbrado tanto a esta dinámica que cuando los servicios coinciden durante unas horas sentimos que nos tocó la lotería. Luz, agua, teléfono cargado, ventilador funcionando y una lavadora dando vueltas: uno mira alrededor y piensa que quizá el país comenzó a arreglarse. Cinco minutos después recuerda dónde vive y baja las expectativas.

Por eso las diez horas de hoy me preocupan. El humor ayuda, pero detrás de la risa hay un cansancio real. No es normal que la vida tenga que organizarse alrededor de cuándo aparece la electricidad, cuándo llega el agua y cuánto tiempo tendremos ambas antes de que alguna decida desaparecer. Uno puede acostumbrarse al absurdo, pero eso no significa que el absurdo deje de serlo.

Así que aquí sigo, esperando. Ya no sé si esperar la luz, el agua o una explicación. Tampoco sé qué estarán haciendo en Corpoelec ni qué estará despachando el Centro Nacional. Mucho menos sé dónde están las iguanas. Solo espero que, cuando finalmente decidan devolvernos la electricidad, venga acompañada de agua y permanezca el tiempo suficiente para que podamos hacer algo más que cargar teléfonos y rescatar comida.

Porque después de diez horas a oscuras, uno ya no exige demasiado.

Uno solo quiere luz, agua, un ventilador funcionando y, si los astros se alinean, hasta un poquito de amor. En Venezuela eso ya parece un paquete turístico cinco estrellas.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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1 Comentarios

  1. Todo esto es una locura, si hay agua, no hay luz, y hay que lavar, la espera termina matando las esperanzas. Otra cosa es, preguntar o desear que se vaya la luz en el día, porque en la noche el cansancio del día nos tiene agotados, cuando nos disponemos a dormir, se va la luz, se prende el calor y los batallones de zancudos nos atacan jajajaja. Por cierto, hace 20 minutos se fué la luz, y esperamos que llegue a las 9:30 regrese. Que vida la del venezolano amor. Maria de los Angeles

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