Por: Ricardo Abud
Rolando tenía una manera muy particular de entrar en una habitación: primero llegaba su risa y después aparecía él. Era como si la casa supiera que estaba llegando antes que nosotros. Bastaba escucharlo para que algo cambiara en el aire, para que las preocupaciones se hicieran pequeñas y las tristezas encontraran, aunque fuera por un instante, un lugar donde descansar.
Nuestro amado hermano fue la luz de nuestra casa. No porque pretendiera serlo, sino porque esa era simplemente su naturaleza. Rolando iluminaba sin darse cuenta. Lo hacía con una ocurrencia inesperada, con una mirada cómplice, con alguna de esas bromas que todavía hoy somos capaces de recordar palabra por palabra. Tenía el maravilloso don de convertir cualquier momento en un recuerdo y cualquier reunión en una historia que después contaríamos riéndonos. Nos llenó de tanto amor que todavía no hemos aprendido qué hacer con todo lo que nos dejó.
Desde que partió, la casa parece guardar sus pasos. A veces creemos escuchar su voz, y por un segundo el corazón se equivoca deliciosamente y piensa que volvió. Algún rincón nos lo devuelve, una fotografía nos sorprende con su sonrisa, una frase nos recuerda alguna de sus ocurrencias y, de pronto, Rolando vuelve a sentarse entre nosotros como si el tiempo no hubiera pasado. Entonces reímos. Y después lloramos. Porque extrañarlo también es una manera de amarlo.
Dicen que el tiempo ayuda a superar las pérdidas, pero quizá el tiempo no sabe qué hacer con un amor tan grande. Nosotros no hemos logrado superar la partida de Rolando, y tal vez nunca debamos hacerlo. ¿Cómo se supera a alguien que fue parte de la alegría de una familia? ¿Cómo se supera a quien dejó su risa sembrada en las paredes, su cariño en nuestros corazones y su manera de querer profundamente grabada en nuestra memoria? Aprendimos a vivir con su ausencia, pero no a vivir sin él. Esa diferencia parece pequeña, pero para nosotros lo significa todo. Vivimos con la silla que ya no ocupa, con las conversaciones en las que su nombre aparece inevitablemente, con las fechas que duelen un poco más, con las fotografías que a veces abrazamos con los ojos y con esa extraña sensación de que, aunque sabemos que no regresará, una parte de nosotros todavía espera escucharlo llegar.
No existe un momento verdaderamente vacío de Rolando. Está en nuestras historias, en nuestras risas, en nuestras lágrimas, en las cosas que hacemos como familia y hasta en aquellas pequeñas costumbres que quizás heredamos de él sin darnos cuenta. Porque las personas que amamos profundamente no desaparecen cuando dejan de respirar. Cambian de lugar. Rolando dejó de estar frente a nosotros y comenzó a vivir dentro de nosotros. Ahora habita en cada hermano que lo recuerda, en cada corazón que pronuncia su nombre, en cada anécdota que vuelve a contarse, en cada risa que nace al recordar alguna de sus locuras. Vive en ese instante maravilloso en el que una familia se reúne y, aunque duela, alguien dice: “¿Se acuerdan de cuando Rolando...?”, y todos sabemos que durante unos minutos volverá a estar allí.
Y entonces sucede algo hermoso. La tristeza abre una pequeña puerta y por ella entra su risa. Porque Rolando era eso: risa, humor, cariño, abrazo, complicidad. Era esa clase de persona que no necesitaba hacer grandes cosas para dejar una huella enorme. Le bastaba querernos. Y nos quiso de una manera tan generosa que todavía sentimos ese amor acompañándonos. Quizás esa sea la razón por la que no podemos olvidarlo. Quizás esa sea también la razón por la que no debemos intentarlo.
Una noche, alguien preguntó en silencio dónde estaría Rolando si pudiera volver por unos minutos a nuestra casa. Y la respuesta llegó sin palabras: estaría exactamente donde siempre estuvo, rodeado de nosotros, haciendo alguna broma, riéndose de nuestras preocupaciones y recordándonos que la vida, incluso con sus golpes más duros, también está hecha para ser celebrada. Entonces comprendimos algo. Rolando no se fue completamente. Se llevó su cuerpo, sí, pero dejó su luz. Y esa luz sigue encendida.
Por eso, aunque algunas noches la nostalgia nos doblegue y sintamos que todavía no hemos aprendido a aceptar su partida, sabemos que nuestro amor por él no necesita aceptación ni explicaciones. Simplemente está. Nos acompaña. Nos duele. Nos sostiene. Seguimos viviendo, sí. Pero llevamos a Rolando con nosotros. Lo llevamos cuando reímos, porque sabemos que él habría reído con nosotros. Lo llevamos cuando nos abrazamos, porque de alguna manera sentimos que sus brazos también forman parte de ese abrazo. Lo llevamos cuando nos reunimos, porque ninguna reunión familiar volverá a ser exactamente la misma sin él, pero todas tendrán algo de él mientras nosotros podamos recordarlo. Y quizá ese sea el verdadero milagro del amor: que puede vencer incluso aquello que parece definitivo.
Rolando ya no está en la casa como antes. Pero la casa sigue teniendo su luz. Porque algunas personas no se marchan de los lugares que amaron. Se quedan convertidas en memoria, en ternura, en historias, en lágrimas, en risas y en ese pequeño latido que aparece cada vez que pronunciamos su nombre.
Rolando. Nuestro hermano. Nuestra risa. Nuestra luz. Nuestro amor. Y mientras uno solo de nosotros pueda recordarlo, seguirá siendo parte de esta familia. Porque hay amores que ni siquiera la muerte sabe cómo llevarse.
Feeliz cumpleaños hermano del alma
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