Por: Ricardo Abud
Jamás imaginé que Tinder terminaría convirtiéndose en un archivo histórico de ficción. Uno entra creyendo que encontrará personas solteras, y resulta que también puede descubrir escritores de fantasía con un talento extraordinario para reinventar su propia biografía. Mi mayor hallazgo no fue una posible cita. Fue el perfil de mi ex.
Durante unos segundos pensé que alguien había robado su identidad. Después comprendí mi error: nadie la había suplantado. Era ella... solo que en versión "director's cut", donde todas las escenas incómodas habían sido eliminadas por razones de autoestima.
La descripción comenzaba con una frase memorable: "Amante de la honestidad". Confieso que tuve que releerla varias veces para asegurarme de que no era una cuenta de humor negro. La honestidad y ella siempre mantuvieron una relación cordial, pero a larga distancia. Se conocían, se saludaban de vez en cuando y procuraban no coincidir demasiado. Por si fuera poco, también se definía a sí misma como "cien por ciento fiel", una afirmación tan audaz que casi me atraganto con el café. Y es que, técnicamente, ella era fiel... a su inquebrantable tradición de mantener, al menos, una relación paralela y simultánea. Esa clase de consistencia y dedicación a la diversificación sentimental, la verdad, es admirable.
Luego venía el inevitable "cero dramas". Esa afirmación merece una candidatura al Premio Nobel de Literatura Fantástica. Convivir con ella era como vivir dentro de una serie de televisión donde cada episodio terminaba con un conflicto nuevo y un avance del siguiente aún más intenso. Si un vaso se rompía, era culpa del destino. Si llovía, era una indirecta del universo. Si el café estaba frío, probablemente Mercurio seguía retrógrado.
También afirmaba ser una mujer sencilla. Nada más sencillo, por supuesto, que una persona capaz de convertir la elección de una pizza en un debate filosófico sobre el sentido de la existencia, los traumas de la infancia y la responsabilidad emocional del repartidor.
Decía amar la paz. Esa parte me conmovió profundamente. No porque fuera cierta, sino porque demostraba una imaginación admirable. Su concepto de paz consistía en que todos estuvieran de acuerdo con ella. Un sistema político innovador: democracia para elegir... exactamente lo que ella ya había decidido.
El perfil continuaba describiendo a una mujer madura, estable y emocionalmente disponible. Era tan convincente que por un instante pensé en enviarle un mensaje preguntándole si conocía personalmente a la mujer que acababa de describir, porque yo también estaría interesado en conocerla.
Las fotografías merecían un capítulo aparte. Había tantos filtros que, si la inteligencia artificial hubiera tenido sentimientos, habría solicitado terapia. Entre luces, retoques y ángulos cuidadosamente calculados, solo faltaba que una nota aclaratoria dijera: "Las imágenes presentadas pueden no representar el producto real."
Entonces apareció la frase que terminó de coronar aquella obra maestra: "Solo acepto hombres auténticos."
Qué extraordinaria costumbre tiene el ser humano de exigir en los demás aquello que jamás ha considerado practicar consigo mismo.
Mientras avanzaba por aquella colección de virtudes recién inauguradas, comprendí que Tinder no era una aplicación para encontrar pareja. Era un concurso internacional de relaciones públicas. Cada quien publicaba la versión de sí mismo que le habría gustado conocer en lugar de la que realmente dejaba los platos en el fregadero y las conversaciones sin resolver.
Lo más admirable era la absoluta serenidad con la que escribía semejante catálogo de milagros personales. Ni una duda, ni un titubeo. La realidad había sido despedida del proyecto desde la primera línea. Todo el perfil transmitía la seguridad de quien lleva tanto tiempo contándose la misma historia que finalmente terminó creyéndosela.
Por un momento estuve a nada de cometer la mayor estupidez de mi historial romántico: darle "match" solo para escribirle: "Oye, creo que te faltó agregar que tu inseguridad emocional". De haberme atrevido, hoy estaría igualmente bloqueado pero en tres dimensiones, con una orden de alejamiento firmada por un juez y probablemente protagonizando un hilo viral en Twitter. Menos mal que el instinto de supervivencia ganó la partida antes de que el dedo traicionara a la decencia.
En ese momento dejé de reírme de ella y empecé a reírme de la condición humana. Tinder estaba lleno de atletas que no hacen ejercicio, viajeros que solo conocen el aeropuerto, empresarios cuyo mayor emprendimiento fue vender una bicicleta usada y filósofos cuya reflexión más profunda consiste en publicar "vibra alto". Mi ex simplemente competía en esa misma liga... aunque con claras aspiraciones al campeonato.
Deslicé su perfil hacia la izquierda con una sonrisa tranquila. No porque guardara resentimiento. Todo lo contrario. Descubrir aquel perfil fue la confirmación de que el pasado había tomado la mejor decisión posible: quedarse exactamente donde pertenece.
Después de todo, uno no siempre tiene la fortuna de sobrevivir a una novela de ficción... y años más tarde encontrarse con la autora intentando venderla como autobiografía.Creo que este es el tipo de ensayo que provoca primero una sonrisa, luego una carcajada y finalmente ese silencio incómodo de quien reconoce que la sátira es demasiado precisa. Demas esta decir que me di de baja de inmediato, de Tinder. Abriré tienda aparte en Juan Sebatian Bar.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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