La Infidelidad


Por: Ricardo Abud

Existe una narrativa muy cómoda sobre la infidelidad: la del villano y la víctima. El que traiciona y el que es traicionado. Esa narrativa tiene la ventaja de la claridad moral, de los roles bien definidos, de saber quién tiene razón y quién no. Pero la realidad de la infidelidad, cuando uno se sienta a mirarla de frente, es bastante más incómoda que eso.

La infidelidad no empieza en el momento en que ocurre. Empieza mucho antes, en todos los silencios que no se dijeron, en todas las conversaciones que se evitaron, en todas las necesidades que se dejaron acumular sin atención. Eso no es una excusa. No hay excusa válida para mentir y traicionar la confianza de alguien que eligió ser vulnerable contigo. Pero entender el contexto no es justificar; es intentar comprender un fenómeno humano que, si nos ponemos honestos, es mucho más frecuente de lo que cualquiera quisiera admitir.

Lo que más duele de una infidelidad no siempre es el acto en sí. Lo que destroza es la reescritura del pasado. Esa sensación de que todo lo que creías real era, al menos en parte, una ficción. Que las fotos del viaje que hicieron juntos, las noches que juraron que eran perfectas, las conversaciones que sentiste más íntimas que ninguna, coexistían con algo que tú no sabías y que la otra persona sí. Esa asimetría es una forma de violencia simbólica que pocas cosas igualan.

Hay algo que también se rompe en la persona que traiciona, aunque el mundo no suele tener mucha tolerancia para esa conversación. Quien engaña carga con un peso que deforma el carácter: la necesidad de sostener una mentira en el tiempo exige una serie de pequeñas violencias cotidianas contra uno mismo. Hay que apagar la empatía, hay que construir compartimentos estancos en la mente, hay que aprender a mirar a los ojos a alguien mientras se le oculta algo fundamental. Ese proceso no deja intacto a nadie.

La decisión de quedarse o irse después de una infidelidad es una de las más complejas que puede enfrentar una persona. Porque no existe la respuesta correcta universal. Hay relaciones que sobreviven a una traición y salen más sólidas, no a pesar del dolor que atravesaron, sino porque ese dolor los obligó a tener las conversaciones que siempre habían postergado. Y hay relaciones que, aunque ambas partes lo intenten, no pueden recuperarse, porque la confianza una vez rota tiene una memoria muy larga.

Lo que sí es cierto es que ninguna de las dos decisiones debería tomarse desde el pánico o desde la presión social. Ni quedarse por miedo a estar solo, ni irse por cumplir con lo que se supone que "la gente con dignidad" hace. La dignidad no tiene un único camino.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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