Mi diairo hoy, domingo 23 de agosto 2026


Querido diario
Domingo 23 de agosto 2026
Decepción

Hoy desperté con una sensación extraña, como si durante la noche algo dentro de mí hubiera cambiado de lugar. No sé exactamente qué fue; quizá una esperanza pequeña, de esas que uno guarda incluso cuando se convence de que ya no espera nada, o tal vez la última parte de mí que todavía se resistía a aceptar ciertas verdades.

Ayer la vida me mostró, durante unos segundos, una escena que mi corazón conocía mucho antes de que mis ojos la encontraran. Qué curioso es eso: uno puede saber algo y, aun así, no estar preparado para verlo. Durante mucho tiempo pensé que conocer una verdad era suficiente para aceptarla, que bastaba con entender que el tiempo avanza, que las personas cambian de camino y que cada quien encuentra nuevos lugares donde sentirse acompañado. Pero ayer comprendí que saberlo es una cosa y encontrarse frente a ello es otra completamente distinta. Hay verdades que solo duelen cuando adquieren forma.

Quizá por eso anoche me costó tanto dormir. La memoria tiene esa crueldad silenciosa de repetir aquello que uno intenta olvidar, devolviendo la escena en pequeños fragmentos: una distancia, un movimiento, una cercanía, una sensación, y sobre todo, esa extraña certeza de que algunas cosas que parecían imposibles finalmente suceden. No sentí deseos de reclamar ni de interrumpir nada, no tenia porque hacerlo; simplemente me quedé con esa tristeza adulta, de esas que ya no golpean las puertas ni levantan la voz, sino que esperan pacientemente en un rincón del alma a que uno tenga el valor de mirarlas.

Pensé mucho en el tiempo, en cómo todo puede cambiar mientras uno sigue siendo por dentro la misma persona que recuerda. El tiempo avanza para todos, pero no al mismo ritmo: hay quienes continúan caminando y quienes permanecen un poco más en ciertos lugares de la memoria. Y no es culpa de nadie. Quizá ese sea el verdadero problema, que algunas historias terminan sin un culpable, simplemente porque llega un día en que dos caminos dejan de encontrarse.

Hoy pensé también en las cosas que nunca dije. No por creer que debí decirlas, sino porque ahora comprendo que algunas palabras pierden su lugar cuando llega demasiado tarde el momento de pronunciarlas; hay sentimientos que nacieron para ser vividos, no explicados. Y es extraño que todavía existan recuerdos capaces de tocar una parte de mí que creía dormida. A veces me pregunto si quienes fueron importantes saben cuándo ocupan todavía un espacio en nuestra memoria. Quizá no. Quizá uno simplemente aprende a convivir con ciertas huellas, porque al final somos las cosas que nos dejaron quienes pasaron por nuestra vida: algunas heridas, algunas canciones, lugares, palabras y miradas que terminaron convirtiéndose en recuerdos permanentes.

Hoy comprendí que no todo lo que se extraña necesariamente quiere regresar. Extrañar no siempre significa querer recuperar; a veces es simplemente reconocer que algo fue importante, que hubo un tiempo en el que una presencia hacía distintos ciertos días y que, aunque la vida continúe, eso no borra lo que alguna vez significaron.

Quizá algún día pueda mirar hacia atrás sin esta pequeña punzada, y esa imagen deje de parecerme una pérdida para convertirse en la prueba de que el mundo siguió girando. Porque eso fue lo que más me impresionó: el mundo no se detuvo. La tarde siguió, la gente caminó, las conversaciones continuaron y las luces permanecieron encendidas. Y yo seguía allí, descubriendo que mientras una parte de mí intentaba entender los recuerdos, la vida ya había escrito páginas nuevas en otra dirección.

Qué injusto parece a veces el tiempo, aunque quizá sea simplemente inevitable. Y en algún momento, yo tendré que escribir mis propias páginas nuevas. No para demostrar nada, ni para olvidar a nadie, ni para provocar una reacción; sino porque nadie puede vivir eternamente mirando una puerta que ya no sabe si volverá a abrirse. Hay puertas que se cierran despacio, casi en silencio, y uno solo se da cuenta cuando intenta regresar y descubre que ya no está en el mismo lugar.

Hoy siento que estoy precisamente ahí, frente a una puerta que alguna vez significó muchísimo. Sin rabia, sin reproches, solo con una nostalgia que todavía no sabe cómo despedirse. Y eso es lo que más me duele admitir: que una parte de mí recuerda con ternura aquello que otra ya sabe que debe dejar atrás. Supongo que crecer consiste en aprender a sostener esas dos verdades al mismo tiempo: recordar sin regresar, querer bien sin poseer, agradecer sin pedir y, finalmente, soltar sin convertir el cariño en resentimiento.

No sé cuánto tiempo me llevará, pero hoy quiero intentarlo. Quizá mañana duela menos, o dentro de unas semanas esta sensación sea apenas un eco. Sería bonito llegar al punto de escuchar una canción o recordar una época y, en lugar de tristeza, simplemente sonreír. Y si alguien me preguntara qué cambió, probablemente no sabría responder, porque los momentos importantes no anuncian su importancia al suceder; solo después comprendemos que fueron una despedida silenciosa, una de esas que ocurren sin abrazos ni palabras, donde alguien acaba de entender algo definitivamente.

Tal vez ayer fue uno de esos momentos. Y tal vez por eso escribo hoy: no para que alguien lo encuentre, ni para culpar a nadie, ni para cambiar nada. Escribo porque necesitaba dejar esta parte de mí antes de continuar, porque algunas cosas deben salir del corazón para empezar a descansar.

A veces amar también significa saber cuándo dejar de mirar hacia atrás. Aunque duela, aunque queden preguntas y aunque una parte muy silenciosa de nosotros siga preguntándose qué habría pasado si la historia hubiese tomado otro camino. Quizá nunca lo sepamos, y está bien. Algunas historias no necesitan otro final; solo necesitan el valor de aceptar el que tuvieron.

Hoy cierro estas páginas con una sensación extraña: no es felicidad ni tristeza completa, es algo parecido a la aceptación. Mientras escribo, pienso que quizá algún día estas palabras ya no tengan un significado especial, o quizá sí, y siempre exista una pequeña parte de mi memoria que recuerde. Pero recordar no significa quedarse. Y eso es lo que quiero aprender: seguir caminando, aunque duela, aunque permanezcan las huellas, hasta que el tiempo logre convertir todo esto en gratitud por lo vivido, por lo aprendido, por lo que fui y por lo que algún día seré.

Prefiero dejar estas palabras aquí, entre el silencio de esta mañana y lo que todavía no sé del mañana. Y si alguna vez estas líneas llegan a los ojos que conocieron mi manera de mirar, quizá no necesite explicar nada; ciertas personas reconocen su lugar en una historia sin que nadie tenga que pronunciar sus nombres.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios