SALMO 40, La espera que transforma


Por: Ricardo Abud

El Salmo 40 es una síntesis extraordinaria de experiencia espiritual: la espera, el rescate, la gratitud, la misión, y el regreso a la necesidad. 

Es un salmo que describe el ciclo completo de la vida de fe, sin pretender que ese ciclo termina en una felicidad estable y permanente. Termina, de hecho, con un nuevo clamor. Y esa es, quizás, su verdad más profunda.

El salmista comienza en pasado: "Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor." La imagen es poderosa.

 Dios se inclina. No espera que el salmista suba; Él desciende. Esta inclinación divina es el movimiento central de la narrativa de fe en el Salterio: un Dios que no permanece inmóvil ante el clamor humano sino que se mueve hacia él.

Y de ese pozo profundo, que es la imagen que usa el salmo para describir el lugar del que fue sacado, Dios lo levantó y puso sus pies sobre una roca. Le dio una canción nueva. Muchos verán y temerán. Esta es la lógica de la gracia experimentada: el testimonio personal de quien fue rescatado se convierte en argumento para los que aún dudan. La historia de un solo ser humano sacado del barro puede cambiar la perspectiva de muchos.

Luego viene una de las reflexiones más densas teológicamente del salmo: el salmista declara que Dios no quería sacrificio ni ofrenda en el sentido ritual formal, sino oídos abiertos, es decir, disposición a escuchar y obedecer. "Me deleitó hacer tu voluntad, Dios mío; y tu ley está en medio de mis entrañas." 

Esta es una religiosidad interiorizada, que no reside en los ritos externos sino en la orientación profunda del corazón. Es una intuición que anticipará lo que los profetas y más tarde el Nuevo Testamento desarrollarán: lo que Dios busca no es cumplimiento mecánico sino amor genuino.

Desde esa experiencia de haber sido rescatado y transformado, el salmista tiene una misión irreprimible: anunciar. Ha proclamado justicia en la gran congregación. No ha escondido la misericordia de Dios. No ha callado su fidelidad y su salvación. Hay en esto una consecuencia natural e inevitable de la gratitud auténtica: quien ha sido sacado del pozo no puede quedarse callado sobre quien lo sacó.

Pero el salmo no termina en el triunfo. En su segunda parte, el salmista vuelve a estar en necesidad. Males sin número lo rodean. Sus iniquidades lo han alcanzado. No puede mirar hacia arriba. Y entonces clama de nuevo: "Quiera el Señor librarme; Señor, apresúrate a socorrerme." El ciclo completo. La misma persona que comenzó dando gracias por haber sido rescatada termina pidiendo ser rescatada otra vez.

Lejos de ser una contradicción, esta es la descripción más honesta del camino espiritual. No es una línea recta ascendente que va de la crisis a la victoria permanente. Es una espiral que vuelve a pasar por lugares similares, pero con cada vuelta llevando un poco más de historia, un poco más de evidencia de la fidelidad de Dios, un poco más de capacidad para esperar. 

El Salmo 40 termina donde empezó: esperando a Dios. Pero ya no es la misma espera. Es la espera de alguien que ya sabe, por experiencia propia, que la inclinación de Dios hacia el ser humano que clama no es una excepción. Es su costumbre.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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