Querido diario:
Prólogo de un reencuentro
Tuve un día de trabajo agotador, de esos que te dejan sin una gota de energía. Me invitaron a tomar algo para despejarme, pero preferí decir que no; la verdad es que no me sentía con ánimo de socializar, solo necesitaba llegar a casa y desconectar
Hoy fue uno de esos días en los que el tiempo parece caminar más despacio. No ocurrió nada extraordinario, y aun así hubo momentos que pesaron más de lo normal. Tal vez porque hay silencios que ocupan demasiado espacio cuando uno ya se había acostumbrado a cierta compañía.
Mientras avanzaba el día, me descubrí pensando en cómo cambian las cosas sin pedir permiso. Hay personas que llegan y, sin hacer grandes anuncios, terminan formando parte de los paisajes cotidianos. Uno se acostumbra a su presencia igual que se acostumbra a la luz que entra por una ventana cada mañana. No la notas hasta que un día deja de estar.
Me sorprendió recordar pequeños detalles que antes parecían insignificantes: una conversación cualquiera, una risa en medio del cansancio, la tranquilidad de saber que al otro lado había alguien. Curioso cómo la memoria guarda con más fuerza lo sencillo que lo espectacular.
Hoy también entendí que algunas ausencias no hacen ruido. No rompen nada de golpe. Se parecen más a una habitación que poco a poco va quedando vacía. Los muebles siguen en su lugar, las paredes siguen siendo las mismas, pero algo en el ambiente cambia y ya no se siente igual.
Aun así, entre tanta nostalgia, encontré cierta paz. Porque hay afectos que dejan enseñanzas incluso cuando dejan de acompañarnos. Personas que pasan por nuestra vida y nos muestran cuánto puede significar un gesto sincero, una mirada tranquila o una presencia que no necesita explicarse.
Quizá crecer también consiste en aceptar que no todo lo que fue importante está destinado a quedarse. Y que, aunque algunas páginas duelan al cerrarse, no por eso dejan de haber valido la pena.
Esta noche me quedo con los recuerdos bonitos. Con lo que fue verdad mientras existió. Con la gratitud por los días compartidos y también con esa pequeña esperanza que se niega a apagarse por completo. No una espera impaciente, sino una luz tenue que permanece encendida en algún rincón del alma, susurrando que tal vez algunos caminos no terminan donde parecen terminar. Que quizá haya conversaciones pendientes, abrazos que aún no conocen su último capítulo y encuentros que simplemente están tomando más tiempo del esperado.
Por ahora no sé qué traerá el mañana, pero me permito creer que algunas distancias son solo pausas y no despedidas definitivas.
Por ahora solo quiero descansar. Dejar que la noche acomode lo que el día removió y confiar en que mañana será un poco más ligero que hoy.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios