Una luz que no se apaga


Por: Ricardo Abud 

Mañana se cumple un mes de aquella tragedia que marcó para siempre el corazón de Venezuela. Treinta días han pasado, pero el tiempo no ha sido suficiente para borrar las lágrimas, aliviar el sufrimiento ni llenar el inmenso vacío que quedó en miles de hogares.

Detrás de cada cifra hay un rostro, un nombre y una historia. Niños y niñas con sueños por cumplir, hombres y mujeres que luchaban cada día por sus familias, adultos mayores que construyeron una vida entera, madres y padres que hoy lloran la ausencia de quienes tanto amaban. Familias completas que, en cuestión de minutos, lo perdieron todo: sus seres queridos, sus hogares, sus recuerdos y la tranquilidad que alguna vez conocieron.

Mi corazón se une al de cada venezolano que hoy sigue enfrentando el peso de esta profunda herida. Elevo una oración cargada de amor, esperanza y solidaridad al Padre Celestial, pidiéndole que abrace con su infinita misericordia a quienes viven el duelo, que fortalezca a quienes sienten que sus fuerzas se han agotado y que derrame consuelo sobre cada familia golpeada por esta dolorosa tragedia.

En momentos como estos, la Palabra de Dios nos recuerda una verdad que sostiene nuestra esperanza:

«"Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones."
— Salmo 46:1»

Solo Dios conoce la profundidad del sufrimiento que habita en cada corazón. Solo Él puede transformar el llanto en esperanza, sostener al que siente que va a caer y encender una luz cuando todo parece oscuridad. Mi plegaria es que el Padre Creador les conceda la fortaleza necesaria para levantarse cada día, para seguir adelante aun cuando el camino parezca imposible de recorrer.

Mañana, a las 6:04 de la tarde, miles de corazones volverán a unirse en un mismo sentimiento. Será un momento para detener nuestras actividades, elevar una oración, guardar un minuto de silencio y encender una vela como símbolo de luz, de fe y de homenaje para quienes ya no están, así como de solidaridad con quienes continúan enfrentando las consecuencias de esta tragedia.

Que esa pequeña llama represente la esperanza que nunca debe apagarse. Que cada oración sea un abrazo para quienes hoy lloran. Que nuestro silencio hable más fuerte que las palabras y les recuerde que no están solos, porque el Señor permanece al lado de quienes más lo necesitan.

Como también nos asegura la Escritura:

«"Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu."
— Salmo 34:18»

Las tragedias dejan cicatrices profundas, pero también revelan la grandeza del espíritu humano cuando la solidaridad vence al egoísmo y la fe supera al miedo. Hoy más que nunca, Venezuela necesita corazones unidos, manos dispuestas a ayudar y voces que eleven oraciones por quienes más lo necesitan.

Que Dios bendiga a cada familia afectada, conceda descanso eterno a quienes partieron y fortalezca a quienes continúan luchando por reconstruir sus vidas. Que la esperanza vuelva a florecer en medio del dolor y que el amor de nuestro Padre Celestial sea el refugio donde encuentren paz, consuelo y la fuerza para seguir adelante.

Porque cuando un pueblo sufre, la humanidad entera está llamada a acompañarlo con amor, respeto, solidaridad y esperanza.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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