Crónica de un infiel, mi esposa me traiciono


Por: Ricardo Abud 

Las relaciones de pareja son un territorio tan misterioso que ni los mapas, ni la lógica, ni los tutoriales de internet logran explicar por qué algunas personas terminan durmiendo en el sofá mientras otras terminan bloqueadas en todas las redes sociales.

La vida amorosa parece un deporte extremo en el que las reglas cambian justo cuando uno cree que ya aprendió a jugar, y donde la única medalla que te ganas es un diploma en payasería avanzada.

Mi caso merece un estudio científico de la NASA, un documental de Netflix o, al menos, que me internen en un centro de rehabilitación para mentirosos mediocres.

El sábado empecé como un hombre completo, un magnate del afecto. Tenía una esposa que me hablaba, una novia que me esperaba y un WhatsApp con dos conversaciones simultáneas. El nivel de organización era impecable, el equivalente emocional a llevar la agenda al día y un Excel con colores corporativos. Yo no era un infiel cualquiera; era un project manager del amor, un ingeniero de la mentira con refuerzos, coartadas de última hora, doble moral y triple vía de escape.

El domingo ya era un hombre acabado, en bancarrota emocional y pidiendo aventón en la rotonda de la realidad.

Mi novia, convencida de que estaba construyendo un futuro prometedor —mientras me mandaba emojis de corazón y audios diciendo "te extraño, mi vida"— descubre de repente que ya existía una administración anterior, con antigüedad laboral y derechos adquiridos, ocupando el mismo cargo.

¿Y quién fue la responsable de semejante catástrofe diplomática que ni la ONU se atreve a mediar?

Mi esposa. La misma con la que llevo años compartiendo despensa, control remoto, la cobija que jala más hacia su lado y la otra mitad de la existencia.

En un acto que todavía considero de una deslealtad familiar sin precedentes, decidió ejercer un derecho que yo había olvidado que existía: el de abrir la boca. Fue a donde mi novia —supongo que con esa elegancia urbana de quien va a fiscalizar obras públicas— y le soltó la gran verdad quirúrgica, fría y más filosa que un cuchillo de cocina:

"Oiga, él es mi esposo."

Seis palabras. Ni una más, ni una menos. Yo llevo meses montando toda una arquitectura del engaño, invirtiendo en infraestructura de coartadas, y ella la demolió con una sola frase, como si toda mi ingeniería emocional fuera una frágil casa de cartulina mojada. O seja, salí de Guatemala para meterme en Guatepeor, y de pilón me cobraron el pasaje de regreso.

Uno espera traiciones de los enemigos, de los vecinos que ponen reguetón a las tres de la mañana o del compañero de oficina que te roba el yogur del refrigerador. Pero jamás imagina que el golpe definitivo llegará desde el propio hogar. Las familias deberían apoyarse mutuamente, hacerme la segunda, mentir por compasión, ¡no andar divulgando información clasificada como si fueran WikiLeaks con esteroides! Qué absoluta falta de trabajo en equipo.

Desde entonces me pregunto si corresponde reclamarle a mi esposa por semejante comportamiento. ¿Debo mirarla a los ojos y decirle "¿por qué lo hiciste, malvada, no te voy a perdonar nunca?" con ese tono dramático de telenovela turca doblada a las tres de la tarde?

Después de una profunda reflexión y de tomarme tres tazas de té de manzanilla para que no me dé un infarto, la respuesta es un rotundo... probablemente no. Resulta sumamente complicado exigir discreción cuando el dato revelado coincide exactamente con la realidad. Sería como reclamarle al calendario por anunciar que hoy es lunes, o enojarme con la báscula por recordarme que las arepas no se digieren solos.

Si lo pienso fríamente bueno, en un estado de shock absoluto donde mi cerebro es un bolero del Tri de los Panchos, mi esposa me hizo un favor disfrazado de venganza medieval. Me ahorró meses de vivir con un pie en cada casa, de gastar en flores dobles, de sincronizar calendarios para que los aniversarios no se me pisaran y de imaginar un futuro con tres cumpleaños que recordar. Me quitó la oportunidad de seguir haciendo el ridículo por más tiempo, que era, siendo honesto, mi plan maestro de vida a cinco años.

Lo gracioso es que ahora mi novia no quiere saber absolutamente nada de mí, y mi esposa ha pensado hasta en el divorcio. Mensajes en visto, llamadas que suenan una vez directo al buzón y una desaparición digna del triángulo de las Bermudas. Lo peor no es eso; lo peor es que mi esposa descubrió dónde vive mi novia, ni yo lo sabia, un nivel de información logística y de espionaje industrial que actualmente me causa mucho más terror que ternura. Siento que mi casa actual tiene cámaras de seguridad instaladas hasta en el florero.

Al final comprendí que el amor no es ciego; simplemente necesita lentes bifocales nuevos. La sinceridad suele llegar tarde, pero cuando llega, entra por la puerta principal, se presenta con nombre, apellido, número de carnet de identidad y, en ocasiones, con un acta de matrimonio bajo el brazo y una actitud de inspectora de hacienda.

Mientras tanto, yo sigo pensando que las mayores conspiraciones nacen dentro de la familia, como alguien tan cercano puede llegar a cometer una traicion de esa magnitud... aunque, siendo completamente justo y hincado en el suelo, mi esposa únicamente cometió el gravísimo delito de decir la verdad (un pecado imperdonable en el mundo de la duplicidad).

Y aquí estoy, sentado en un sillón que ya no es mío, en una casa que ya no siento mía, buscando las llaves de un auto que probablemente tampoco me pertenecen, redactando la gran conclusión de mi patética existencia:

Moraleja: Si vas a tener una doble vida, mínimo móntala en otro continente y con nombre falso. Y sobre todo sobre todo nunca subestimes a tu esposa. Esa mujer sabe cosas de ti que ni tu subconsciente recuerda, y el día que decide usarlas, no hay firewall, antivirus, ni rezo que te salve.

Bienvenido al club de los project managers que aprendieron tarde. La reunión es los domingos a las ocho. La entrada, una disculpa por escrito y notariada. La salida... bueno, esa creo que la demolieron con seis palabras.


 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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