Por: Ricardo Abud
Algunas historias no terminan porque el amor desaparece, sino porque quedan suspendidas entre palabras que nunca se dijeron, abrazos que no llegaron a tiempo y un orgullo que levanta muros donde antes habĆa puentes.
Las relaciones no se desgastan de un dĆa para otro; lo que realmente las hiere son los pequeƱos silencios, las conversaciones aplazadas, las heridas escondidas y la costumbre de esperar que sea el otro quien dĆ© el primer paso. Primero se dejan de hacer las preguntas importantes, luego se guardan las palabras por miedo o enojo, y la distancia ocupa el lugar de la confianza, haciendo que el corazón se sienta solo incluso al lado de la persona amada.
Mirar hacia atrĆ”s con honestidad exige valentĆa. Escuchar lo que el otro sintió, aunque resulte incómodo, es un acto de amor y madurez. Del mismo modo, hablar desde el corazón y expresar el propio dolor sin convertirlo en reproche o en un arma, permite que dos personas vuelvan a verse como un equipo y no como adversarios.
El amor nunca ha necesitado vencedores; necesita dos corazones capaces de dejar el ego y el orgullo a un lado para entenderse, perdonarse y volver a cuidarse. El orgullo puede ganar una discusión, pero casi siempre pierde lo que mĆ”s querĆa conservar, pues jamĆ”s abrazó a nadie cuando mĆ”s se necesitaba.
A veces, la diferencia entre un final y un nuevo comienzo no depende de cuĆ”nto amor queda, sino de cuĆ”nto orgullo sobra. Cuando dos personas deciden cambiar la forma en que se escuchan, dejan de buscar quiĆ©n tenĆa la razón y empiezan a transformar el dolor en aprendizaje, convirtiendo las diferencias en puentes en lugar de muros.
No se trata de buscar un reemplazo para olvidar lo que fue importante, ni el destino espera que aparezca alguien nuevo. Las historias que realmente valen la pena y perduran no son las que jamÔs enfrentaron dificultades, sino las que encuentran el valor de reparar lo que se rompió, aprender de los errores y elegirse una vez mÔs.
QuizÔ la vida nos invita a cambiar la forma de amar. A comprender que pedir perdón, extender la mano, tender puentes o dar un paso al frente no son señales de debilidad o derrota, sino de grandeza y humanidad.
Las historias que valen la pena buscan razones para sanar y oportunidades para reencontrarse. El gesto mĆ”s grande no siempre es decir "te amo", sino tomar la sencilla y difĆcil decisión de dejar el orgullo a un lado, abrir el corazón y recordar que quien realmente importa nunca deberĆa convertirse en un extraƱo por culpa de aquello que ninguno de los dos se atrevió a soltar.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y mƔs allƔ, y sobre todo de gratis.

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