Por: Ricardo Abud
Un terremoto no solo derrumba edificios. También rompe promesas, interrumpe abrazos, deja conversaciones inconclusas y convierte un "te amo" en un silencio eterno. En Venezuela, miles de personas sintieron cómo la tierra les arrebataba, en cuestión de segundos, aquello que habían construido durante años. Algunas perdieron a la persona con la que soñaban envejecer; otras jamás pudieron despedirse. Muchas salieron con vida, pero dejaron bajo los escombros la mitad de su corazón.
Ninguna estadística logra medir cuántas historias de amor quedaron suspendidas para siempre. Los registros hablan de daños, de evacuaciones y de pérdidas materiales, pero detrás de cada cifra existía alguien esperando un mensaje que nunca llegó, una llamada que permaneció sin respuesta o una puerta que nunca volvió a abrirse. El verdadero saldo también se escribió con lágrimas invisibles.
Desde entonces comprendí que el amor es mucho más frágil de lo que imaginamos. Se vive con la ilusión de que siempre habrá otro día para pedir perdón, otro domingo para visitar a quien extrañamos, otra noche para decir aquello que el orgullo nos obligó a callar. Sin embargo, la vida no firma contratos con el mañana. A veces basta un instante para convertir todos los planes en recuerdos.
Resulta doloroso pensar en cuántas parejas desperdiciaron horas enteras discutiendo por asuntos insignificantes. Cuántos abrazos fueron reemplazados por el orgullo. Cuántos besos quedaron aplazados porque alguien creyó que el tiempo era infinito. Mientras algunos discutían por quién tenía la razón, el destino ya preparaba un escenario donde ninguna explicación tendría sentido.
Esa realidad me obliga a mirar mi propia historia con otros ojos. No viví una pérdida durante aquel terremoto, pero comprendí que el amor también puede desaparecer sin necesidad de que la tierra se abra. A veces basta la distancia, el silencio o las decisiones equivocadas para sentir un vacío parecido. Desde entonces cargo la certeza de que hubo una mujer que llegó a convertirse en un refugio silencioso, y cuya ausencia terminó pareciéndose a una ciudad después del temblor: en apariencia todo seguía en pie, aunque por dentro muchas estructuras ya se habían fracturado.
Nunca sabremos cuántas oportunidades se perdieron aquella tarde. Cuántos "te extraño" quedaron atrapados entre el miedo. Cuántos planes de boda jamás ocurrieron. Cuántos hijos crecieron sin conocer el amor que un día unió a sus padres. Cada historia quedó suspendida en el tiempo como una fotografía rota que nadie pudo volver a completar.
Quizá la enseñanza más profunda de una tragedia así no sea la fuerza destructiva de la naturaleza, sino la fragilidad de nuestra existencia. El reloj nunca se detiene para esperar que resolvamos nuestras diferencias. La vida no pregunta si ya perdonamos, si ya abrazamos, si ya expresamos lo que sentíamos. Simplemente continúa... o, en ocasiones, termina.
Por eso vale la pena amar con menos orgullo y más verdad. Escuchar antes de juzgar. Perdonar antes de que sea demasiado tarde. Elegir los abrazos por encima de las discusiones y las palabras sinceras por encima del silencio. Porque el tiempo que se invierte en el rencor jamás regresa, mientras que un instante de amor puede permanecer para siempre en la memoria de quien lo recibe.
Cada vez que recuerdo aquellas historias entiendo que el amor no siempre muere por falta de sentimientos. En ocasiones muere porque creemos que tendremos otra oportunidad. Y esa es, quizás, la ilusión más peligrosa de todas. La tierra puede temblar una sola vez; el arrepentimiento, en cambio, puede estremecer el corazón durante toda una vida.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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