Por: Ricardo Abud
Algunos destinos se cruzan. Otros se recuerdan. Y muy pocos logran quedarse a vivir en la memoria. Houston pertenece a esa estirpe rara de lugares que, con los años, dejan de ser una coordenada geográfica para convertirse en un capítulo insustituible de la propia biografía.
Llegué a esa ciudad sin imaginar que terminaría regalándome algunos de los recuerdos más entrañables de mi vida. Su inmensidad impresiona, pero no es el tamaño lo que la hace extraordinaria. Es su capacidad para reunir al mundo entero en un mismo espacio. En sus calles conviven culturas, idiomas, acentos y tradiciones que se entrelazan con una naturalidad admirable. Caminar por Houston era como recorrer varios países en un solo día, descubriendo que las diferencias, lejos de separarnos, enriquecen nuestra manera de entender la vida.
Los domingos tenían un significado especial.
Cruzar las puertas de la Iglesia Lakewood era experimentar una paz difícil de describir. Miles de personas de distintas nacionalidades se congregaban allí con un mismo propósito: fortalecer su fe y renovar la esperanza. En el escenario aparecía Joel Osteen con esa serenidad que lo caracteriza, compartiendo mensajes sencillos y profundamente inspiradores. Nunca apelaba al miedo, sino a la confianza; nunca a la resignación, sino a la certeza de que Dios siempre abre caminos donde el ser humano solo alcanza a ver obstáculos. Escucharlo era recibir una invitación permanente a mirar la vida con optimismo, gratitud y fe.
Cada domingo salía de Lakewood con el corazón más ligero. La música, las oraciones y las palabras de Joel Osteen se convertían en el mejor comienzo para una nueva semana. Aún hoy, cuando evoco Houston, es imposible separar la ciudad de aquellos encuentros que alimentaron mi espíritu y dejaron una huella imborrable en mi vida.
Houston también me enseñó que el arte y la fe pueden convivir en perfecta armonía.
El 15 de marzo de 2024 llegué al Smart Financial Centre de Sugar Land para asistir a la gira Presidante, de Dante Gebel. Aquella noche no fue una conferencia tradicional ni un sermón desde un púlpito. Fue un encuentro con un hombre que domina el difícil arte de hacer reír mientras invita a pensar. Entre anécdotas, humor y profundas reflexiones, Dante nos recordó que la vida siempre merece una nueva oportunidad y que Dios suele hablar con un lenguaje sencillo, cotidiano y cercano. Salí del teatro con una sonrisa en el rostro y con el alma mucho más ligera de como había entrado.
Seis meses después, ese mismo escenario volvería a sorprenderme.
Vi un anuncio que anunciaba la presentación de Sir Tom Jones. No lo pensé demasiado. Averigüé la fecha, conseguí mi entrada y el lunes 23 de septiembre de 2024 regresé al Smart Financial Centre.
Cuando las luces comenzaron a apagarse, el tiempo hizo lo que mejor sabe hacer la música: retroceder.
De pronto ya no estaba solamente en Houston.
Volví a la Venezuela de mi juventud. Regresé a aquellas noches en que el inolvidable Show de Renny llevaba hasta nuestros hogares a los grandes artistas internacionales. Recordé también las veces en que Tom Jones visitó Caracas, cuando su voz era parte de las conversaciones familiares y de los sueños musicales de toda una generación.
Pero aquella noche el recuerdo tenía dos nombres.
Neyeska y Maritza.
Mis hermanas.
Ellas admiraban profundamente a Tom Jones. Era uno de los artistas que más disfrutaban escuchar. Mientras sonaban sus canciones, no podía evitar pensar en ellas. Cada interpretación despertaba una memoria distinta. Era como si la música hubiera construido un puente entre el presente y los años felices compartidos en familia. Por momentos tuve la sensación de que no estaba solo; los recuerdos ocupaban las butacas vacías que la nostalgia siempre reserva para quienes amamos.
Entonces comprendí que la música posee un privilegio que pocas cosas tienen: es capaz de derrotar al tiempo.
La voz de Tom Jones seguía conservando esa fuerza que desafía las décadas. Frente a mí no estaba únicamente un cantante legendario. Estaba contemplando una parte viva de la historia de la música, alguien cuya carrera acompañó la vida de millones de personas y que, sin saberlo, también había acompañado la historia de mi propia familia.
Cuando terminó el concierto permanecí unos minutos sentado, mientras el público abandonaba lentamente el teatro. No tenía prisa por marcharme. Hay instantes que uno intenta prolongar porque sabe que jamás volverán a repetirse de la misma manera.
Hoy, cuando pienso en Houston, no recuerdo solamente sus impresionantes museos, su extraordinaria diversidad cultural o sus imponentes avenidas.
Recuerdo los domingos en Lakewood, donde Joel Osteen fortalecía mi fe con mensajes de esperanza.
Recuerdo la calidez, el humor y la sabiduría de Dante Gebel, que me hizo reír mientras alimentaba mi espíritu.
Y recuerdo aquella noche de septiembre en la que Tom Jones, sin proponérselo, volvió a reunir a mi familia en la intimidad de mis recuerdos.
Comprendí entonces que las ciudades verdaderamente importantes no son aquellas donde simplemente vivimos. Son aquellas donde dejamos una parte del corazón.
Houston hizo exactamente eso conmigo.
Por esa razón, cada vez que escucho una canción de Tom Jones, una reflexión de Dante Gebel o recuerdo la voz serena de Joel Osteen invitándonos a confiar en Dios, regreso inevitablemente a esa ciudad extraordinaria. No con los pies, sino con la memoria.
Y he aprendido que los viajes más hermosos son precisamente esos: los que nunca terminan porque continúan viviendo, silenciosamente, dentro del alma.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.



0 Comentarios