Cuba


Por: Ricardo Abud 

Cada vez que el avión desciende sobre esa isla y aparece el verde intenso entre el mar, algo en el pecho se mueve de una manera que no tiene nombre exacto. No es nostalgia, porque la nostalgia pertenece a lo que se perdió. Esto es otra cosa, más parecida al reconocimiento, como cuando ves un rostro que conoces desde antes de haberlo visto.

He llegado muchas veces. Tantas que he perdido la cuenta. Pero el aeropuerto siempre huele igual, a humedad caliente y a algo dulce que flota en el aire y que nunca he podido identificar bien. Los ventiladores en el techo giran despacio, como si también ellos hubieran aprendido a no apurarse.

Afuera espera la familia. Y eso lo cambia todo.

Cuando se viaja así, no se va a conocer una isla, se va a habitar una vida que podría haber sido la propia. Las calles no son escenarios, son patios extendidos. Las casas con sus puertas abiertas de par en par, con las mecedoras asomadas al umbral, con la televisión encendida de fondo y el café que aparece sin que nadie lo pida, son el verdadero tejido del viaje.

He visto pocas provincias. El mar desde ciertos malecones, alguna carretera larga entre cañaverales, el color ocre de algunas paredes bajo el sol del mediodía. Pero lo que conozco de ese lugar no está en los mapas. Está en las conversaciones largas que se extienden hasta la madrugada, en las historias que se repiten porque repetirlas es una forma de no perderlas, en los silencios también, que allá tienen su propio peso y su propia elocuencia.

La comida es sencilla y contundente. El arroz, los frijoles negros, algún pedazo de carne celebrado como un pequeño lujo. Se come con gratitud genuina, y eso le da a cada plato un sabor que los restaurantes no pueden reproducir.

Las noches en Cuba son sonoras. La música sale de algún lugar impreciso y lo impregna todo, sin esfuerzo, como si el aire mismo llevara ritmo. Los niños juegan tarde en la calle porque el calor recién cede después de las nueve, y los mayores conversan en los portales hasta que la noche los vence.

Me he ido muchas veces también. Y cada despedida tiene esa textura particular de lo que no se sabe cuándo volverá. Los abrazos duran un poco más de lo habitual. Las palabras se quedan cortas, como siempre que la emoción es verdadera. Uno sube al avión con los bolsillos llenos de pequeñas cosas que alguien puso ahí para que no se olvide.

No he recorrido esa isla. La he sentido desde adentro, desde lo más doméstico y lo más humano. Y creo que esa es, sin saberlo, la forma más honesta de conocer un lugar.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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